La ciudad no cayó de golpe.
Se quebró.
Primero fueron los servicios. La electricidad dejó de ser constante. El agua comenzó a fallar en algunos sectores. Las líneas telefónicas murieron en silencio. La infraestructura que sostenía la ilusión de orden se fue apagando pieza por pieza.
Después fue la gente.
Las calles, antes llenas de tránsito y voces, ahora estaban marcadas por restos: autos abandonados con puertas abiertas, mochilas tiradas en la acera, zapatos sin dueño. Señales de huida interrumpida.
El humo seguía ahí, flotando sobre todo como una sentencia suspendida.
En algunos barrios, grupos improvisados intentaron organizarse. Bloquear accesos. Vigilar entradas. Crear reglas. Pero el miedo no es buen arquitecto de comunidades. Las discusiones estallaban rápido. La desconfianza crecía más veloz que cualquier cooperación.
Porque ahora el enemigo no siempre estaba afuera.
Podía estar dentro.
Las mordidas comenzaban a mostrar consecuencias. No inmediatas. No siempre visibles. Pero algo cambiaba en quienes habían sido alcanzados. Fiebre que iba y venía. Miradas más largas de lo normal. Silencios densos.
Gael lo sabía.
Sentía el calor irregular bajo su piel. La presión en las sienes. La fatiga que no correspondía solo al agotamiento. Aun así, seguía moviéndose. Ayudando. Negándose a aceptar lo inevitable.
En un hospital parcialmente evacuado, los pasillos estaban cubiertos de manchas secas y camillas volcadas. En una escuela convertida en refugio, el llanto de los niños era constante, como un recordatorio de que la inocencia no ofrece inmunidad.
La ciudad estaba herida.
Pero lo más peligroso no eran las grietas visibles.
Era la fractura invisible que recorría a cada persona, la pérdida definitiva de confianza en el sistema, en la autoridad, en el mañana.
La ciudad rota no era solo edificios dañados o calles vacías.
Era la certeza de que nadie tenía el control.
Y bajo el humo negro, que nunca se fue, los restos de lo que fue una metrópolis vibrante ahora parecían un organismo que luchaba por mantenerse consciente.
El Día Cero había pasado.
Ahora comenzaba algo peor.
La adaptación.