El cambio no fue inmediato.
No hubo transformación violenta ni gritos desgarradores anunciando la mutación. Fue más sutil. Más cruel.
Comenzó con detalles pequeños.
La temperatura corporal que subía sin razón aparente. Pupilas que reaccionaban más lento a la luz. Hambre constante… pero no por comida común. Una sensación incómoda, difícil de describir, instalada bajo la piel.
Gael lo sintió primero como un cansancio profundo.
No el agotamiento físico de días sin dormir, sino algo más denso, como si su propio cuerpo estuviera recalibrándose. El dolor del brazo dejó de ser punzante y se volvió sordo, distante.
Eso fue lo que más lo inquietó.
La herida no sanaba… pero tampoco empeoraba. Simplemente estaba ahí, como si perteneciera a otra persona.
En hospitales aún funcionales, los médicos empezaron a notar patrones.
La presión arterial descendía antes del colapso.
El ritmo cardíaco se volvía irregular.
La actividad cerebral mostraba picos extraños justo antes de apagarse.
Y luego… silencio.
Durante minutos que parecían eternos.
Hasta que el cuerpo volvía a activarse.
No con vida normal.
Con algo distinto.
La rigidez muscular aumentaba. Los reflejos primarios dominaban. Las funciones superiores desaparecían como si alguien estuviera desconectando partes del sistema.
El cuerpo cambiaba, pero no moría del todo.
En el refugio, Lía observaba a un hombre recién mordido. Tomaba notas mentales, registrando cada variación. La piel se volvía más pálida. La respiración, superficial. El pulso, errático.
—No es una infección común —susurró—. Es una reconfiguración.
La palabra la asustó.
Porque implicaba intención.
En otro barrio, Vera analizaba muestras de aire recogidas antes del colapso total de la red eléctrica. El humo contenía partículas microscópicas que no coincidían con ningún contaminante industrial conocido.
No eran bacterias convencionales.
No eran virus identificables.
Eran estructuras nuevas.
El cuerpo humano estaba reaccionando a algo diseñado para interactuar con él.
Gael se miró las manos bajo la luz intermitente de una linterna. Durante un segundo, juró que sus venas se marcaban más oscuras. Parpadeó. Volvieron a la normalidad.
O eso creyó.
El cuerpo cambia aunque la mente resista.
Se adapta.
Se transforma.
Sobrevive de maneras que la conciencia no aprueba.
Y bajo el humo negro que nunca se dispersó, la ciudad comenzaba a entender que el verdadero enemigo no siempre venía desde afuera.
A veces despertaba desde dentro.