No todos cambiaban.
Esa fue la primera grieta en el patrón.
En una sala improvisada del refugio, tres personas mordidas yacían sobre colchonetas separadas por apenas un metro de distancia. La fiebre las había consumido durante horas. El sudor empapaba sus ropas. Sus cuerpos temblaban con espasmos irregulares.
Lía observaba en silencio.
Había aprendido a medir el tiempo no por relojes, sino por respiraciones.
El primero dejó de respirar a las 03:17.
Sin sobresalto.
Sin ruido.
Su pecho simplemente dejó de moverse.
Esperaron.
Nadie habló. Nadie lloró aún. Todos sabían lo que estaban esperando.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Nada.
El segundo entró en paro poco después. Esta vez hubo un intento desesperado de reanimación. Compresiones torácicas. Llamados inútiles a una ambulancia que no llegaría.
El corazón no respondió.
Esperaron otra vez.
Silencio.
El tercero, una mujer joven con una mordida superficial en el hombro, dejó de temblar a las 03:42. Su pulso se volvió imperceptible. Sus ojos quedaron abiertos, fijos en el techo.
Esperaron.
Diez minutos.
Quince.
Veinte.
Nada.
El hombre que había sido mordido en la calle equivocada se había levantado en menos de tres.
Ese detalle lo cambió todo.
No todos despertaban.
En otro sector de la ciudad, cuerpos permanecían inertes en hospitales abandonados. En apartamentos cerrados. En autos detenidos en medio del tráfico.
Algunos regresaban.
Otros no.
Vera, revisando registros incompletos que había logrado rescatar antes del colapso digital, comenzó a notar algo inquietante: la profundidad de la herida no parecía determinar el resultado. Tampoco la edad. Tampoco el estado físico previo.
No era simple contagio.
Era selección.
La palabra era peligrosa, pero inevitable.
Gael sintió una punzada fría recorrerle el pecho cuando escuchó la noticia. Si no todos despertaban… entonces había dos posibilidades.
O el humo decidía.
O el cuerpo lo hacía.
Ambas eran igual de aterradoras.
En el refugio, finalmente alguien rompió el silencio y comenzó a llorar. No por los que habían muerto.
Sino por la incertidumbre.
Porque si no todos despertaban, significaba que nadie sabía quién lo haría.
Y en ese nuevo orden brutal, el sueño ya no era descanso.
Era una apuesta.