No fue inmediata.
Al principio fue solo una sensación incómoda, como si el estómago estuviera vacío incluso después de comer. Una necesidad persistente que no desaparecía con pan, ni con agua, ni con las últimas latas rescatadas del supermercado saqueado.
Luego se volvió más clara.
Más específica.
En el refugio, algunos comenzaron a notar cambios en quienes habían sido mordidos pero aún no mostraban signos extremos. No era agresividad abierta. Era algo más sutil.
Miradas demasiado largas.
Respiraciones que se aceleraban ante el olor de una herida.
Lenguas que humedecían labios resecos sin darse cuenta.
Gael despertó con la boca seca y una sensación ardiente en la garganta. Había comido la noche anterior. Sabía que su cuerpo tenía energía suficiente.
Pero el hambre no se iba.
Era profunda.
Visceral.
Diferente.
Cerró los ojos y trató de ignorarla. Pensó en comida real. En café caliente. En pan recién horneado. Imágenes normales.
Nada funcionó.
El hambre no pedía alimento.
Pedía algo más.
En hospitales que aún resistían, algunos pacientes comenzaron a morderse los propios labios hasta sangrar. Otros presionaban los dientes con fuerza contra sus brazos, como si intentaran probar algo que aún no entendían.
Los médicos hablaron de delirios.
De desorientación sensorial.
Pero la palabra correcta nadie la decía.
Vera, revisando registros incompletos, notó otro patrón: la mayoría de los que despertaban mostraban actividad cerebral elevada en zonas primitivas, aquellas asociadas con impulso y supervivencia.
El hambre era primaria.
No era racional.
No era emocional.
Era instinto.
En la calle, un grupo reducido de los que ya habían cambiado caminaba sin rumbo fijo. No parecían buscar refugio ni escapar de nada. Sus movimientos eran lentos, erráticos… hasta que detectaban algo.
Entonces aceleraban.
El humo seguía suspendido sobre la ciudad, y bajo él, la necesidad comenzaba a dominar sobre cualquier recuerdo de lo que fueron.
Lía observó a Gael durante unos segundos más de lo necesario. Notó la tensión en su mandíbula. La forma en que evitaba mirar directamente a quienes tenían heridas abiertas.
Ella no dijo nada.
Él tampoco.
Pero ambos entendieron.
El hambre no era solo física.
Era el primer indicio de que la transformación no empezaba con la muerte.
Empezaba con el deseo.
Y cuando el deseo cambia, lo que queda de humano empieza a desvanecerse.