El día cero

Capítulo 40

La puerta no resistió el tercer impacto.

La madera cedió con un crujido violento y la barricada improvisada se desplazó apenas unos centímetros. Suficiente.

—¡Ahora! —gritó Tomás.

No hubo debate.

El grupo se movió por el pasillo trasero que habían identificado días antes como ruta de escape. Escaleras de servicio. Oscuras. Estrechas. Sin ventanas.

El edificio vibró cuando los transformados comenzaron a entrar.

No corrían.

Avanzaban.

Con determinación.

Gael fue el último en cruzar la puerta de emergencia. La cerró con fuerza y empujó un contenedor metálico frente a ella. Sus manos temblaban.

El zumbido en su cabeza era más fuerte ahora.
Más claro.

Por un segundo, supo exactamente dónde estaban los otros.

No por vista.

Por conexión.

Sacudió la cabeza.

—No tenemos mucho tiempo —dijo.

Al salir al callejón trasero, el aire estaba más denso que nunca. El humo parecía concentrarse en líneas invisibles, como si trazara caminos sobre la ciudad.

Vera lo notó.

—Están creando corredores —susurró—. Moviendo concentración hacia zonas específicas.

—¿Hacia nosotros? —preguntó Lía.

Vera no respondió.

No hacía falta.

Doblaron la esquina justo cuando el edificio detrás de ellos estalló en un ruido de metal y concreto al ceder otra puerta.

Ya no era supervivencia pasiva.

Era cacería.

En la avenida principal, varios transformados levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Giraron.

En dirección al callejón.

Gael sintió el tirón interno como una orden que no provenía de su mente. El hambre se mezcló con algo nuevo.

Reconocimiento.

—Si me pierdo —dijo de pronto, con voz grave—, no duden.

Lía lo miró fijamente.

—No.

—Si cruzo la línea —insistió—, no duden.

El punto de no retorno no siempre es un evento visible.
A veces es una decisión interna.

Seguir huyendo significaba aceptar que no había vuelta atrás.

Que el refugio estaba perdido.

Que la ciudad ya no era recuperable.

Que el experimento había escalado.

Tomás ajustó la mochila con los dispositivos.

—Si nos dividimos, perdemos todo.

—Si nos quedamos, también —respondió Vera.

Los pasos arrastrados comenzaron a resonar más cerca. No desorganizados.

Sincronizados.

El humo descendió un poco más, como si sellara el cielo.
Gael dio el primer paso hacia la calle abierta.

No hacia escondite.

Hacia movimiento.

El punto de no retorno no fue cuando el humo apareció.
Fue ahora.

Cuando eligieron enfrentar lo que venía, aun sabiendo que no había garantía de sobrevivir.

Y mientras las figuras bajo el humo comenzaban a cerrar el cerco, la ciudad dejó de ser territorio humano.

Se convirtió en campo activo.

Y ellos acababan de cruzar la línea definitiva.



#198 en Ciencia ficción

En el texto hay: locura, zombies

Editado: 11.02.2026

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