El día cero

Capítulo 41

Correr era instinto.

Pensar era lujo.

Pero esa noche necesitaban ambas cosas.

El grupo avanzó por calles secundarias, evitando avenidas abiertas donde los transformados ya comenzaban a concentrarse. El humo formaba corredores densos, como si señalara rutas invisibles.

Vera miraba el patrón con creciente certeza.

—Nos están empujando —dijo entre respiraciones agitadas—. No es persecución directa. Es redirección.

Tomás apretó la mochila contra su pecho.

—¿Hacia dónde?

Nadie quería saber la respuesta.

Gael caminaba unos pasos detrás. Cada vez que el humo se espesaba, el zumbido en su cabeza aumentaba. No era dolor.

Era llamado.

Lía lo notó cuando él redujo el paso en una esquina.

—Gael —susurró.

Él levantó la mirada. Sus ojos seguían siendo suyos.

Por ahora.

Doblaron hacia una estación subterránea abandonada. Oscura. Silenciosa. Podía ser refugio temporal.

O trampa.

Al bajar las escaleras, el sonido de pasos sincronizados resonó sobre el concreto.

Demasiados.

—Tenemos que separarnos —dijo Vera de pronto.

El silencio fue inmediato.

—No —respondió Tomás.

—Si el patrón nos está siguiendo como grupo —insistió ella—, dividir variables altera el seguimiento. Forzamos error en el sistema.

Lía entendió la lógica.

Gael también.

Y ahí estaba la decisión imposible.

Si se mantenían juntos, eran más fuertes.

Si se separaban, podían sobrevivir más.

Pero dividirse significaba aceptar que quizá no volverían a reunirse.

Gael dio un paso atrás.

—Soy el imán —dijo con voz baja—. Lo sabemos.

—No —respondió Lía de inmediato.

—Sí. Si me voy en dirección contraria, el patrón cambia.

Era matemático.

Brutal.

El hambre dentro de él rugía con fuerza creciente. Cada minuto bajo el humo lo acercaba a algo que no quería nombrar.

Tomás miró a Vera.

Vera miró a Lía.

El sonido de pasos arriba se multiplicó.

Decisiones imposibles no tienen opción correcta.

Solo consecuencias.

Gael sostuvo la mirada de Lía por un segundo más largo de lo necesario.

—Si cruzo la línea, no duden —repitió.

Y antes de que alguien pudiera detenerlo, subió por el acceso lateral opuesto, perdiéndose en la neblina negra.

Arriba, varios transformados cambiaron de dirección al mismo tiempo.

Lo habían sentido.

El patrón se rompió.

Pero el precio fue inmediato.

Lía dio un paso hacia la escalera.

Tomás la sostuvo.

—Si lo sigues, todo esto se pierde.

Vera apretó los dientes.

—Tenemos datos. Tenemos prueba. Eso también importa.

Los pasos sobre ellos se alejaron, siguiendo otra ruta.

Gael.

En la estación subterránea quedó un silencio espeso.

Decisiones imposibles dejan huecos.

Y en ese hueco, la ciudad respiró bajo el humo mientras una verdad quedaba suspendida entre ellos:

Salvar al mundo y salvar a una persona rara vez es la misma elección.



#198 en Ciencia ficción

En el texto hay: locura, zombies

Editado: 11.02.2026

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