El día cero

Capítulo 43

Gael no corrió.

Caminar era suficiente.

Cada paso bajo el humo era más fácil que el anterior. Su cuerpo respondía con una eficiencia nueva, inquietante. El hambre ya no era solo deseo.

Era dirección.

Podía sentirlos.

No con claridad humana, sino como presión en el aire, como vibración sutil que le indicaba movimiento cercano. Y lo más perturbador era que también podía sentir cuándo se alejaban del refugio subterráneo.

Funcionaba.

La redirección estaba activa.

El sacrificio no fue impulsivo.

Fue cálculo.

Si era la anomalía, si su variación alteraba el patrón, entonces convertirse en foco significaba desviar la concentración.

Salvar tiempo.

Salvarlos.

Un grupo de transformados emergió desde una calle lateral. No atacaron de inmediato. Se detuvieron.
Lo observaron.

Gael levantó la cabeza lentamente.

Por un segundo, la presión interna intentó imponerse. Un impulso de unirse, de sincronizarse, de dejar de resistir.

Cerró los ojos.

Pensó en la estación. En la forma en que Lía analizaba en silencio. En Vera dibujando mapas. En Tomás guardando memoria para un mundo que quizá no existiría.

Humanidad residual.

Eso era lo que estaba defendiendo.

Abrió los ojos.

—Todavía soy yo —murmuró.

Los transformados avanzaron al unísono.

Gael dio un paso atrás, luego otro. No huía. Los guiaba hacia avenidas abiertas, lejos de accesos subterráneos, lejos de zonas donde la concentración de humo disminuía.

Más aparecieron desde distintos puntos.

La convergencia era rápida.

Su cabeza vibraba con intensidad creciente. Su visión comenzó a fragmentarse en flashes de calor y movimiento. El hambre ya no pedía. Exigía.

El sacrificio no siempre es morir.

A veces es quedarse lo suficiente para que otros escapen.

En la estación, Vera notó el cambio en el patrón del mapa improvisado.

—Se están desplazando en masa hacia el norte.

Lía supo inmediatamente lo que significaba.

No dijo nada.

Tomás bajó la mirada.

Arriba, Gael cayó de rodillas por un instante cuando la presión se volvió insoportable. Un transformado se acercó, tan cerca que pudo oler la sangre seca en su piel.

No atacó.

Esperó.

Como si esperara confirmación.

Gael respiró profundo.

Recordó quién era.

Y en ese acto simple, casi insignificante en medio del apocalipsis, sostuvo la línea invisible entre dos estados.

—No… —susurró.

El sacrificio no era definitivo aún.

Pero el punto se acercaba.

Y bajo el humo negro que nunca avisó, una sola conciencia luchaba contra una red diseñada para absorberla.

Porque mientras él resistiera, el patrón no sería perfecto.

Y un sistema imperfecto siempre tiene grietas.



#198 en Ciencia ficción

En el texto hay: locura, zombies

Editado: 11.02.2026

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