«El mundo es perfecto cuando estamos totalmente lejos de él» pensó Marco Gonzales mientras se reía por su propio e irónico pensamiento.
—Mierda, porque soy gracioso cuando estoy solo —suspiró alejándose de aquella ventana.
Como capitán, líder y ex militar de aquella nave, quería mantener su semblante serio, pero no soportaba más de cinco segundos.
El “Apocalip 515” tenía una pintoresca y clara misión, los ocho integrantes deben reconocer y alertar cualquier inconveniente. Aunque no ha pasado nada durante más de 15 años.
El espacio sigue igual de espacioso.
El vacío igual de vacío.
La oscuridad no tenía cara de querer iluminarse.
Y algún BigBang, no tenía ganas de explotar y crear todo de nuevo para confirmar teorías religiosas.
Nada.
Lo único que parecía implosionar en caos, era entre sus compañeros.
Frente a Marco pasó un joven de lentes que tenía una infusión en la mano, tomaba de la bombilla.
—Al fin, adiós dolor de cabeza —decía hablando para sí mismo.
Ese era Lautaro Lunch, L.L. para los amigos, cosa graciosa ya que no tenía amigos en esa tripulación. Bueno…
¿Quién querría ser amigo de un lingüista ingeniero?
Curiosamente era el único con una sonrisa en ese lugar. Casi como si vivir en una cápsula gigante de metal en medio de la nada, era mejor que el lugar tercermundista de dónde venía este sujeto.
L.L. caminó por los pasillos, mientras se servía mate, vino de contrabando, pero después de una larga reflexión sobre cómo no podría afectar el mate a las consolas y todo, la tripulación no tuvo más opción que aceptarlo. No podían echarlo al espacio y fingir que fue un accidente, porque necesitaban un ingeniero en aeroespacial, y el centro de control alguien que cumpla la cuota de inclusión, cobre barato y sea medianamente útil.
—Lo siento, Chabon, no te ví —dijo mientras cruzaba al lado de Zero.
No era su nombre real, pero todos le decían Zero. Por dos razones. En primera, debido a que había dos militares y un ex militar, un lingüista ingeniero, una física tartamuda, un piloto con vibras de adolescente emo que escribe poemas insufribles que nadie leería ni por asomo, y un calvo que al parecer hacía algo de reparación, Zero era… pues el más normalito, y por ende el más aburrido. Siempre con su lógica, sus alergias, sus raros estornudos, su piel pálida y su obvia necesidad de demostrar que nadie entendía, mejor que él, los algoritmos de la nave.
Y en segunda, porque en binario el Zero es equivalente a un “no”. Y Zero era el tipo que en la primera cita respiraba fuerte en los silencios incómodos y espantaba tanto a hombres como mujeres desesperadas. Y se volvería algún tipo de anécdota graciosa por el que le harían bullying a un amigo.
Laila salía del gym de la nave, usaba su top negro ajustado y sus pantalones de ejercicio. Ella a diferencia de todos los hombres disfrutaba de mostrar ese cuerpo tonificado que había sobrevivido a la Guerra de los Cuatro, tenía sus cicatrices con orgullo y al estar rodeada de nerds, ñoños y claramente alérgicos al bienestar físico, se sentía superior.
Su coleta alta, a la que se escapaba algunos mechones de un flequillo mal cortado que se hizo en un ataque de ansiedad antes del viaje, y luego lo volvió a recortar después de cinco años sabiendo que llegaría a los cuarenta sin hijos, se movía suavemente empujando las gotas de sudor por todos lados.
Aranda, la cruzo, saco inmediatamente un pañuelo negro para limpiarse, con la mirada baja y su cabello negro cubriendo la mitad de su rostro, suspiraba por enésima vez, mientras miraba el espacio, buscando alguna rima para bruma, que no sea puma, espuma, o diurna.
Como capitana y piloto siempre tenía buen ojo, literal, el otro siempre estaba tapado en algún tipo de intento de flequillo emo, y debajo de su mano tenía una pequeña libreta donde anotaba sus cosas. Por dentro quería que los demás encontrarán su libreta sola, y leyeran sus poemas y se conmovieron y le rogaron que les enseñe más de su talento. Pero estaba rodeado de egocéntricos que, por más que deje su libreta en la cocina, solo le devolvía para seguir con sus cosas. Para ella siempre les pareció que no apreciaban su arte.
Al alejarse del rociador de sudor que era Laila, una de las compuertas se abrió, y por unos segundos pudieron escuchar murmullos tartamudos raros.
Claro, Salomé estaba ahí, sacando cálculos o haciendo alguna cosa rara de física, mientras tartamudeaba intentando completar una idea. Salome era la típica a la que en todos los de la tripulación la apodaban como “Ya, déjalo, cariño”. Con ella la condescendencia tenía otra cara, y la paciencia se disparaba al subsuelo cuando intentaba explicar algo y todos tenían que esforzarse para completar sus palabras. Llegaron al punto en que se volvía un juego de mímica entre nerds que entendía “el idioma científico”, a menos que hable de armas, ahí estaban los militares.
Cuando todos sintieron la turbulencia de la nave, escucharon la frase “Quien mierda ideo esto tan mal” y escucharon el vacío chupar algo, y en dos segundos Rodrigo estaba fuera, con su calva reflejando el sol, su barba mal cortada, y empezó a reparar algo. Nadie quería preguntar que hacía, ni L.L., por más parlanchín que sea, el calvo siempre contestaba “es la cosa, de la cosita, solo se soltó un poco, pero con eso le arregle y la cosa está bien”.
Nadie sabía cómo entrar al programa, pero la nave seguía bien, y nadie podía quejarse.
—¿Vinieron por nosotros? —preguntó una joven de cabello mal rapado, mientras tomaba con fuerza de los hombros de L.L. provocando que un poco del agua caliente del termo barato que aun tenía la etiqueta de “150,00”—. ¡Ah! Un arma láser.
—¿Qué? No, no, no —dijo L.L. sorprendido—. Solo tiraste mi agua, no es nada de esas cosas de ciencia ficción, amiguita —decía mientras se alejaba rápido.
Cintia, histérica, alterada, ansiosa, y siempre tenía la idea de que iban a venir extraterrestres a destruirlos. Era una militar que estuvo en el accidente del “vacío marino”, según los informes, vio al vacío, el vacío la miró, enloqueció, y tuvieron que ponerle en algún trabajo que la mantenga lejos del océano, y de cualquier conspiranóico metido que quisiera meterse donde no debía.