El día en que te encuentre

Capítulo 33. Te perdono

Emma Myers

—Sé que ya se los dije, pero nuestro primer partido fue un buen juego —la entrenadora se mostró orgullosa al decir eso—. A pesar de todos los inconvenientes, se lograron recuperar y sacaron adelante el juego.

—Fue todo gracias a Emma, entrenadora —todas me voltearon a ver ante la mención de Aly—. Ninguna sabe que te paso en los tres minutos de descanso que tuvimos, pero regresaste imparable y nos hiciste sentir de la misma manera.

—Solo necesitábamos calmarnos y respirar —les aclaré para quitarle importancia—. Además, necesitaba pensar cómo quitarnos de encima al número 26.

—Se comportó muy perra —opinó Brenda y todas asintieron.

—Eso ya no importa chicas —intervino la entrenadora para que no nos desviáramos del tema—. Lo importante es que ganamos. Ahora, el siguiente juego se acerca y voy a necesitar que practiquen todos los días.

Al escucharla una mueca se formó en mi rostro. Entrenar todos los días implicaba que no estaría tanto tiempo en casa como quería, pero tenía un compromiso con las chicas y no les iba a fallar.

La entrenadora explicó otras cosas acerca de las jugadas, tácticas y posiciones, cuando terminó nos dejó ir a descansar.

—Emma, necesito hablar contigo —pidió, antes de que saliera hacia los vestidores.

—¿Sí?

—Manejaste bien lo del anterior juego. La manera en que dirigiste a las chicas demuestra mucho de ti, Emma. Deberías considerar lo de la capitanía.

—Entrenadora sigo pensando lo mismo y en este momento es imposible que acepté ser la capitana. Mi mamá está enferma y quiero concentrarme en ayudarla.

La entrenadora pareció sorprendida ante la noticia, pero terminó asintiendo ante mi negativa.

—Lamento lo de tu madre y respetó tu decisión. No volveré a insistir, pero ese no era el tema que quería conversar contigo. En realidad, lo que quería preguntarte es: ¿Qué carrera vas a estudiar en la universidad?

De inmediato me tensé por el tema.

—Aún no lo sé entrenadora.

—Bueno, una amiga mía que es reclutadora de una de las mejores universidades del país, vendrá pronto a la ciudad —me explicó y no voy a negar que eso llamó mi atención—. Le hablé de ti y si seguimos ganando, ella podría estar en uno de los juegos, por lo cual te podría ver jugar y tal vez podrías conseguir una beca deportiva en la carrera que tú quieras.

La noticia me tomó muy desprevenida. No sabía que estudiar, pero lo que sí sabía era que una beca deportiva me ayudaría mucho. Serian menos gastos los que mi mamá tendría que cubrir, por lo cual ese dinero lo podríamos usar para su tratamiento.

—¿Te interesa? —preguntó la entrenadora al ver que me quedaba en silencio.

—Sí —balbuceé—. Me interesa mucho.

—De acuerdo —expresó satisfecha—. Entonces necesito que te prepares y que lleguemos a ese último juego para que la reclutadora te pueda observar. ¿Entendido?

—Entendido.

—¿Cómo le fue? —le pregunté a mi papá en cuanto llegué a la casa.

Dejé mi mochila en el sillón individual de la sala y observé a mi mamá que se encontraba en el sillón continuo, dormida. Lucia pálida y llevaba un turbante oncológico azul para cubrir el hecho de que se había tenido que rapar.

Dorian la observó unos segundos y la forma en que la miró, la forma en que sus ojos brillaron me recordó a cuando estaban juntos.

—Está muy cansada —me explicó aún con los ojos fijos en ella—. Las náuseas y dolores fueron más fuertes hoy. No fue un buen día para ella.

—¿Te dijo el doctor cómo iba?

—Es malo. El cáncer en los pulmones está siendo muy agresivo y el tumor está creciendo rápido. Están examinando la posibilidad de una cirugía.

Llevé una mano a mi pelo, intentando calmarme y no desmoronarme con la nueva información. Era mucho que procesar, pero lo prefería a que me mintieran.

Papá y yo habíamos llegado a un acuerdo, en donde no me mentiría acerca de la situación de mamá. No importaba cuan malo fuera, él me lo diría. Sería totalmente sincero conmigo y yo con él, para que pudiéramos llevar una relación relativamente sana.

Sabía que, para cumplir nuestro acuerdo, tendría que contarle sobre mis pequeños ataques, tenía que ser honesta en ese sentido, pero aún no me sentía lista. Me había negado a decírselo a todos durante mucho tiempo, siempre con el pensamiento de que no quería ser una carga y tener que sincerarme precisamente con él me costaba trabajo.

Volver a confiar en alguien que te decepciono de la manera en que él lo hizo, no era sencillo.

—¿Tienes hambre? Te preparé algo de comer —mencionó acercándose a la cocina y cambiando de tema para aligerar el ambiente—. Es tu comida favorita.

En la encimera de la cocina se encontraba un recipiente enorme con lasaña que emanaba un olor tan rico y apetitoso que casi me pongo a babear ahí. Había olvidado cuanto me gustaba la lasaña. Mi estómago gruñó en respuesta y mi padre me miró sorprendido antes de soltar una risa.




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