Eran las 4 de la mañana y ya yo estaba despierta, sentada en la letrina del baño, envuelta en ese silencio pesado que solo existe a esas horas, cuando el mundo entero parece contener la respiración. Trataba de reunir la energía y las fuerzas necesarias para por fin adentrarme a la ducha, aunque mi cuerpo pedía a gritos quedarse quieto un rato más.
Un leve frío recorrió mi nuca, como si algo —o alguien— me hubiera rozado la piel sin motivo aparente. No le di importancia; a esas horas, con los nervios del examen carcomiéndome por dentro, cualquier sombra parecía tener vida propia. Decidí ponerme de pie de una vez y entrar a ducharme antes de que la ansiedad terminara por paralizarme por completo.
El agua estaba helada. Apenas tocó mi piel sentí que cada músculo se me tensaba de golpe, pero no podía darme el lujo de esperar a que saliera tibia; no había tiempo, y el boiler llevaba semanas dando problemas. Aguanté lo que pude —no más de quince minutos— antes de que el frío se volviera insoportable y saliera de allí con la piel erizada y los labios casi morados.
Tomé mi cepillo y el secador con movimientos rápidos, casi mecánicos. Sequé mi cabello solo a medias; no tenía tiempo que perder, no ese día. Hoy presentaba mi examen de admisión, la puerta hacia todo lo que había soñado desde que tenía memoria: convertirme en ingeniera informática. Desde niña, algo en los códigos, en las pantallas llenas de líneas verdes y símbolos que para otros no significaban nada, me hacía sentir que ahí, en ese mundo silencioso de lógica y estructura, había un lugar hecho a mi medida.
Mis padres, sin embargo, tenían otros planes para mí. Desde que tenía memoria, mi madre repetía con orgullo que yo sería "la doctora de la familia", la que llevaría una bata blanca y salvaría vidas como ella siempre había soñado hacer y nunca pudo. Pero yo no sentía nada de esa pasión que ella describía con tanta fe. Cada vez que intentaba imaginarme en una sala de hospital, rodeada de batas y medicinas, solo sentía un vacío indiferente —el mismo vacío que ella sentía, estaba segura, cuando yo le hablaba de programación y ella asentía sin realmente escuchar.
Aquella madrugada, mientras terminaba de alistarme con las manos aún temblando por el frío del agua, no tenía idea de que ese examen —ese futuro que tanto había imaginado— jamás llegaría a importar. No sabía que en cuestión de semanas, el mundo que conocía dejaría de existir, y que ese miedo pequeño y cotidiano por un examen de admisión sería reemplazado por un miedo mucho más grande, uno que no se estudiaba en ningún libro: el miedo a no sobrevivir un día más.
Ya estaba casi lista. Tomé mis cosas y me apresuré a bajar a la cocina, donde me encontré con mi madre preparando el desayuno y terminando de alistar la merienda de mi hermana. Yo debía acompañar a Natalia a la escuela, y de allí iría directo a la universidad; así lo habíamos organizado desde hacía días, para que mi madre pudiera quedarse en casa cuidando a mi padre.
Porque mi padre, sin embargo, aún se mantenía en cama. Parecía que había tenido una mala noche: presentaba fiebre y escalofríos, y ni siquiera era capaz de ponerse de pie sin que las piernas le temblaran. Mi madre me contó, con la voz baja y el ceño fruncido de preocupación, que había pasado la madrugada empapado en sudor, murmurando cosas que ni ella entendía bien.
Verlo así, tan débil, tan distinto al hombre fuerte y bromista que siempre había sido, me heló algo por dentro que el agua fría de la ducha no había logrado tocar. De inmediato me vino a la mente la noticia que había visto dos días antes, esa que hablaba de precauciones ante una nueva enfermedad respiratoria que empezaba a propagarse en otras ciudades. En su momento la había visto de reojo, sin prestarle mayor atención —otra noticia más, de esas que aparecen y desaparecen sin dejar huella real en la vida de nadie.
Pero ahora, viendo a mi padre tiritando bajo las cobijas, esa noticia dejó de sentirse lejana.
—Debe ser solo una gripe fuerte —dijo mi madre, más para convencerse a sí misma que a mí, mientras guardaba el último sándwich en la lonchera de Natalia—. Con unos días de descanso va a estar bien.
Yo asentí, aunque algo en el fondo de mi estómago no terminaba de creerle del todo.
Una vez listas, tomé las llaves del carro y preparé todo dentro para irnos de una vez. Tenía el tiempo justo y no podía retrasarme ni un minuto más. No me tomó más de diez minutos dejar a mi hermana en la escuela; por suerte quedaba a solo unas cuantas calles de donde vivíamos.
Tomé la mochila de Natalia y la acompañé hasta la puerta del colegio. Allí nos recibió el conserje, quien esa mañana tuvo que tomar también el rol de celador, ya que este último se había enfermado. De hecho, Peter —el conserje de toda la vida, ese que llevaba años saludando a los niños con la misma sonrisa cansada— nos comentó que el celador llevaba varios días muy enfermo: una tos horrible y seca que no paraba, y una fiebre tan alta que, según sus propias palabras, "podría hacer convulsionar a cualquiera."
Le resté importancia en ese momento —o al menos lo intenté—, aunque no pude evitar que un nudo se me formara en el estómago. Primero mi padre, ahora el celador del colegio. Dos casos en menos de un día, tan parecidos entre sí, empezaban a sentirse menos como coincidencia y más como el inicio de algo que aún no tenía nombre.
Le di un beso rápido a Natalia en la frente, le recordé que la recogería más tarde, y la vi entrar corriendo hacia el patio, mochila rebotando en su espalda, ajena por completo a la sombra que empezaba a extenderse silenciosamente sobre Ashwood.
Subí nuevamente al auto con prisa y continué mi marcha hacia la universidad. Las calles empezaban a llenarse del ajetreo típico de la mañana, gente caminando de un lado a otro, buses repletos, el ritmo normal de una ciudad que aún no sabía lo que se avecinaba.
Justo al llegar, observé a Lucía estacionándose cerca de la Facultad de Informática. De inmediato intenté estacionar cerca de ella para poder bajarme y saludarla con un gran abrazo; después de todo, no la veía desde hacía casi dos semanas, entre exámenes finales y la locura de prepararme para el examen de admisión.
#617 en Thriller
#131 en Ciencia ficción
thriller misterio, apocalipsis zombi, thriller distópico post apocalíptico
Editado: 29.07.2026