Cuando una tormenta se acerca, o sabes que algo malo va a pasar, tu cuerpo empieza a sentir cosas sutiles que no sabes cómo explicar. No es miedo, exactamente, ni tampoco es solo cansancio. Es algo más parecido a un instinto antiguo, enterrado en algún lugar de nosotros que la vida moderna nos ha enseñado a ignorar. Pero solo tú sabes cómo se siente esa pequeña sensación, una que no te deja tranquila, una que te mantiene despierta en la noche mirando el techo, esperando a que pase algo que ni siquiera puedes nombrar.
Ya habíamos terminado el examen. Lucía discutía las respuestas conmigo mientras caminábamos por el extenso pasillo de la universidad hacia los estacionamientos, con esa mezcla de cansancio y adrenalina que deja un examen importante —esa sensación de vacío en el estómago que se queda ahí horas después de haber entregado la última hoja. Por fortuna, ambas coincidimos en varias respuestas, y eso nos hizo sentir aliviadas. Sabíamos que teníamos buenas probabilidades de entrar a la carrera, y lo más importante para mí era que, si todo salía bien, estaríamos juntas en esto. En un mundo que ya empezaba a sentirse un poco menos seguro, esa certeza —la de no estar sola en lo que viniera— pesaba más de lo que hubiera imaginado.
Sin embargo, por debajo de ese alivio, esa sensación extraña que había cargado desde la madrugada seguía ahí, agazapada, como una sombra que no terminaba de disiparse por completo. La ignoré, como se ignoran esas cosas cuando uno tiene la cabeza llena de otros pendientes.
Ambas subimos a nuestros autos, nos despedimos de lejos con la mano, y me dispuse a ir a recoger a mi hermana. Ya eran casi la 1 de la tarde; habíamos llegado a la universidad a las 7 a.m., y el examen había durado casi cinco horas. Una prueba larguísima, y eso que solo era de admisión —no quería ni imaginarme cómo serían los exámenes reales una vez dentro de la carrera. Manejé con la radio apagada, algo que casi nunca hacía, solo con el ruido del tráfico de mediodía y mis propios pensamientos dándome vueltas: el examen, mi padre en cama, Lucía con la mascarilla puesta, la mirada de mi madre esa mañana.
De tanto pensar en la prueba, no me había percatado de que ya estaba a pocos metros del colegio de mi hermana. Estacioné el auto lo más cerca posible, aunque resultó casi imposible: la cantidad de buses escolares y autos de padres atestaba casi toda la calle, como cualquier otro día de salida. Todo se veía exactamente igual que siempre —niños gritando, madres impacientes revisando el reloj, el bullicio normal de una salida de clases— y por un momento, viendo esa escena tan cotidiana, casi logré convencerme de que esa sensación pesada en el pecho no era más que cansancio acumulado.
Casi.
Después de recoger a mi hermana del colegio, nos dirigimos a casa. Mamá estaba en la cocina, como de costumbre, preparando una sopa cargada de verduras —algo caliente para aliviar los síntomas de mi padre. Ya saben cómo dicen siempre: que una buena sopa ayuda a reponer hasta al más moribundo.
El olor a caldo y cilantro llenaba toda la casa desde la puerta principal, ese aroma que de niña asociaba con los días de gripe, con quedarse en cama viendo televisión mientras mamá entraba cada rato a tomarte la temperatura. Por un segundo, ese olor tan familiar me hizo sentir que todo iba a estar bien, que era solo eso: una gripe fuerte, unos días en cama, y la vida volvería a la normalidad de siempre.
Natalia entró corriendo directo a la cocina, como hacía todos los días, ansiosa por contarle a mamá cómo le había ido en la escuela. Yo la seguí más despacio, con la mochila del examen todavía colgando de mi hombro, y me quedé un momento en el marco de la puerta, observando a mi madre revolver la olla con esa expresión de quien intenta mantener la calma por el bien de los demás, aunque por dentro esté rezando para que las cosas no empeoren.
Noté a mi madre más preocupada de lo normal. Nos saludó sin esa sonrisa cálida con la que siempre nos recibía; se le veía ansiosa, y también un poco agripada —los ojos algo hinchados, la voz un tanto congestionada. Dejé la mochila en una de las sillas del comedor y me dispuse a ayudarla con la comida. Le platiqué lo que había sucedido en el examen, tratando de animarla un poco con las buenas noticias, y hasta le propuse que fuéramos al salón de belleza después de comer, algo que sabía que a ella siempre le levantaba el ánimo.
—No puedo, mija —respondió, sin despegar la vista de la olla—. No puedo dejar a tu papá así, cada día está peor.
Esas palabras, dichas casi en un susurro, me cayeron encima con más peso del que debían. "Cada día está peor" no era algo que se dijera de una gripe común, y mi madre no era de las que exageraban las cosas. Sentí que algo se me apretaba en el pecho.
Dejé lo que estaba haciendo y subí a la habitación donde estaba mi padre, con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal, sin saber muy bien qué esperar al abrir esa puerta.
Toqué la puerta, pero no escuché el típico "puedes pasar". Simplemente había un silencio enorme, de esos que sabes que no son buena señal.
—¿Papá, estás bien? ¿Puedo pasar? —pregunté, con la voz un poco más baja de lo que hubiera querido.
Nada. Ni un solo sonido al otro lado.
Abrí lentamente la puerta y asomé un ojo por esa pequeña abertura que quedaba entre la puerta y el marco.
—Solo quiero ver cómo sigues —dije, casi en un susurro, como si hablarle demasiado fuerte pudiera empeorar lo que fuera que estuviera pasando ahí dentro.
La habitación estaba en penumbras, las cortinas cerradas a pesar de que afuera todavía era de día. Pude distinguir el bulto de mi padre bajo las cobijas, inmóvil, y por un segundo interminable no supe si estaba dormido o si algo mucho peor había pasado mientras yo estaba en la universidad, ajena a todo, discutiendo respuestas de examen con Lucía como si el mundo no se estuviera resquebrajando poco a poco a mi alrededor.
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Editado: 29.07.2026