El día que la humanidad perdió

Capítulo 3: El inicio del Fin

Solo Dios sabe el caos que estaba a punto de suceder, el horror que iba a invadir a toda una ciudad, o mejor dicho, a toda la humanidad.

El grito de mamá no paraba de escucharse por toda la casa. Yo subía las escaleras desesperada, el miedo incrementándose cada vez más con cada escalón. Esa sensación volvía a aparecer, la misma que había cargado desde la madrugada, pero esta vez era diferente. Esta vez iba a ser real.

Abrí la puerta deprisa, tanto que el sonido de la madera estrellándose contra la pared retumbó en toda la habitación. Mamá estaba ahí, de pie frente al borde de la cama, sosteniendo la cabeza de papá entre sus manos. Su cuerpo se movía sin control, sus ojos estaban en blanco, sus manos y pies temblaban sin parar.

Mi padre estaba teniendo una convulsión.

—¡Mamá, ¿qué pasa?! —hablé con la voz temblorosa, sintiendo que las piernas apenas me sostenían.

Mi madre, con la voz totalmente quebrada, entre lágrimas y desesperación, me suplicó que llamara a una ambulancia.

Tomé deprisa mi celular y llamé a los servicios de emergencia, pero fue inútil: no había respuesta. Comencé a desesperarme y marqué una y otra vez, sin éxito, mientras el corazón me golpeaba el pecho con cada tono de espera que no llevaba a ningún lado.

Mi hermana subió a la habitación. Estaba en el marco de la puerta con los ojos de par en par, sin entender muy bien la situación, la mirada fija en el cuerpo convulsionando de papá. La observé por unos segundos y la saqué de la habitación de inmediato; no quería que viera más de lo que ya había visto. Le pedí que empezara a hacer sus deberes de la escuela, que después yo la iba a ayudar. Ella, dudosa, sin saber muy bien qué responder, asintió con la cabeza y salió corriendo hacia su cuarto.

Volví al cuarto de mis padres y me senté junto a papá para ayudar a sujetarlo junto con mamá. Su cuerpo seguía con esos movimientos bruscos y violentos, incontrolables. Mi madre me miró desesperada, con las lágrimas inundándole el rostro; ninguna de las dos sabía qué hacer.

—Voy... voy a ir a buscar al vecino para que nos ayude a subir a papá al auto y llevarlo al hospital —dije, con los nervios a flor de piel, intentando mantener la calma aunque era casi imposible.

De repente, mi padre empezó a salivar demasiado, una espuma espesa de un color extraño, casi verde, con hilos de sangre entremezclados, que no paraba de salir de su boca.

—¡Ve rápido! ¡No hay que perder más tiempo! —me gritó mamá, aún más desesperada, sin soltar a papá ni un segundo.

Bajé las escaleras como si no hubiese un mañana, abrí la puerta de par en par y corrí hacia la casa del vecino. Pero algo no estaba bien. Miré alrededor del vecindario y todo era un caos: personas socorriendo a sus familiares en plena calle, desesperación y miedo ahogando cada casa por igual, gritos que se mezclaban unos con otros sin que pudiera distinguir de dónde venían.

Me paralicé por unos segundos. Mi mente estaba en blanco; no sabía qué hacer, hacia dónde correr primero, a quién pedirle ayuda en medio de un vecindario que parecía haberse convertido, de un momento a otro, en una escena que no le pertenecía a mi realidad.

De repente sentí una pequeña mano tomando la mía. Miré al costado y era mi hermana.

—Vamos, hay que pedir ayuda, papá está muy mal —dijo Natalia, con esa voz tan dulce e inocente, incapaz de entender del todo la magnitud de lo que estaba pasando a nuestro alrededor.

Ambas comenzamos a dirigirnos a la casa de Mateo, un amigo de la infancia. Habíamos crecido en el mismo vecindario; él era mayor que yo, nos llevábamos un par de años. Además, mis padres y los suyos se llevaban muy bien, tanto que cada navidad acordábamos hacer la cena en una de nuestras casas, turnándonos año tras año, y pasábamos algunas de las mejores noches de esa época del año juntos, como una sola familia extendida.

Toqué la puerta sin parar, golpe tras golpe, cada uno más fuerte que el anterior.

—Por favor... por favor —supliqué en voz baja, casi sin aire.

La puerta se abrió despacio y ahí estaba Mateo, frotándose los ojos, tratando de acoplarse a la luz del día.

—¿Qué pasa? ¿Por qué tanto escándalo? Recién me levanto, hoy no fui a la universidad, estoy un poco agripado —dijo, con la voz aún pastosa de sueño.

—Necesito que me ayudes, mi padre está muy mal, debemos llevarlo al hospital —dije sin respirar apenas, tomándolo del brazo y jalándolo sin control hacia mi casa—. No puedo explicarte ahora lo que pasa, solo apresúrate. Mi papá está muy mal y tengo miedo de que sea demasiado tarde.

—Aguarda, Amelia, más despacio. No entiendo nada, ¿por qué el vecindario parece un caos? ¿De qué me he perdido? —preguntó Mateo, todavía con el cabello revuelto y el rostro cargado de más de cien dudas encima, mirando de reojo hacia la calle, donde los gritos y el llanto ajeno seguían escuchándose a lo lejos como un eco que no terminaba de apagarse.

No pude responder. Era como si mi mente quisiera decirlo todo de golpe —mi padre, la convulsión, la espuma verdosa, el vecindario entero desmoronándose en cuestión de minutos— pero mi cuerpo estaba rígido, atrapado entre la urgencia de correr y la parálisis del terror. Mis labios no se movieron ni por un segundo, como si el miedo mismo me hubiera robado la voz, dejándome solo con la fuerza de mis piernas para seguir tirando de su brazo.

Al llegar a casa, algo había cambiado. No sabría explicar bien qué fue lo primero que lo delató —quizás fue el aire mismo, más pesado de lo normal, o quizás fue ese silencio espeluznante que nos recibió apenas cruzamos el umbral. Un vacío enorme, absoluto, como si todo lo de afuera —los gritos, el caos, la desesperación de las calles— hubiera quedado silenciado de golpe en cuanto la puerta se cerró detrás de nosotros. Ni siquiera el sonido habitual de la casa —el tictac del reloj de la sala, el zumbido lejano del refrigerador— parecía existir ya. Solo silencio. Un silencio que se sentía en la piel, como si la casa entera estuviera conteniendo el aliento junto conmigo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.