Nadie espera que su vida cambie de un segundo para otro, que todo se desmorone sin sentido ni advertencia. Eso me estaba pasando ahora. No podía explicar lo que pasaba, no había una lógica a la que aferrarme, ninguna palabra en mi cabeza que le diera forma a lo que tenía frente a mí. Simplemente estaba pasando, y yo era apenas una espectadora paralizada de mi propia pesadilla.
Mi padre se mantuvo de espaldas a nosotros por varios segundos que se sintieron eternos, como si el tiempo mismo se hubiera espesado dentro de esa habitación. No se movía. No hacía ningún sonido. Solo estaba ahí, de pie, con mi madre desplomada a sus pies y ese silencio pesado que lo envolvía todo.
Mateo se mantenía junto a mí, completamente anonadado, la respiración entrecortada, sin atreverse siquiera a parpadear, como si moverse pudiera hacer que aquello —fuera lo que fuera— reparara en nosotros. Mi hermana sostenía mi mano cada vez con más fuerza, sus dedos pequeños clavándose en los míos. Pude escuchar cómo, poco a poco, su voluntad se quebraba; pequeños sollozos empezaron a salir de su cuerpo diminuto, ahogados, como si incluso ella entendiera, a su manera, que algo terrible estaba a punto de suceder.
Mis labios apenas se movieron.
—¿Mamá? —mi voz salió tan baja, tan quebrada, que apenas si se pudo escuchar en medio de aquel silencio absoluto, como si tuviera miedo de que la sola palabra pudiera romper lo que fuera que sostenía esa habitación en una calma tan antinatural.
Los tres permanecíamos inmóviles, tensos ante tal situación, como si el más mínimo movimiento pudiera desatar algo que ninguno de nosotros estaba preparado para enfrentar.
Mi padre empezó a girarse lentamente, con una lentitud extraña, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo se hacía ese movimiento tan simple. Cuando por fin quedó de frente a nosotros, pude notar su mirada vacía, dos pozos oscuros donde antes había calidez, donde antes había estado el hombre que me enseñó a andar en bicicleta, que me abrazaba después de un mal día. Nada de eso quedaba ahí. Nada de lo que solía ser mi padre estaba ya en esos ojos.
Sus manos se extendieron hacia el frente, hacia nosotros, con los dedos curvados como garras, buscando algo que no lograba alcanzar del todo. Su cuerpo empezó a moverse, los pies avanzando de forma errática, torpe, como si apenas estuviera aprendiendo a caminar por primera vez —o como si algo dentro de él estuviera reaprendiendo a usar ese cuerpo que ya no le pertenecía del todo.
Tomé a Natalia de un tirón y la coloqué detrás de mí, con el corazón desbocado, mientras empezábamos a retroceder de manera lenta y cautelosa hacia la puerta. Mi padre seguía avanzando, un paso arrastrado tras otro, sin prisa, sin urgencia, con la seguridad espeluznante de una criatura que sabe que tarde o temprano alcanzará su presa. Mi cuerpo estaba paralizado por dentro aunque mis piernas se movieran; no sabía qué hacer, no había ningún manual, ninguna experiencia previa para algo así. Todo se estaba saliendo de control a una velocidad que mi mente no lograba procesar.
Mateo quebró el silencio, con la voz quebrada por el terror:
—Hay que irnos. Esto... esto no está bien.
Pero sus palabras fueron ahogadas de golpe por un grito gutural, un sonido que no debería salir de ninguna garganta humana, un rugido rasposo y profundo que provenía de esa cosa que alguna vez había sido mi padre. Fue tan fuerte, tan cargado de una furia que no tenía nombre, que erizó cada centímetro de piel de nuestros cuerpos, que se metió en los huesos como un eco que no quería irse.
Natalia, desbordada por el miedo y el horror, empezó a gritar también, un grito agudo y desgarrador, como si de esa manera pudiera expulsar todo el terror que la estaba ahogando por dentro. Su pequeño cuerpo temblaba contra el mío, y en ese instante, en medio del caos, solo pude pensar en una cosa: sacarla de ahí, sin importar qué más tuviera que dejar atrás.
Todos corrimos escaleras abajo, sin pensar ni dudar por un segundo que lo más seguro era salir de esa casa y subir al auto hacia cualquier otro lugar, cualquiera que no fuera ese que hasta hacía unas horas había sido nuestro hogar.
Mi hermana comenzó a tropezar a mitad de la escalera, las piernas fallándole por el pánico. Mateo, sin dudarlo un segundo, la tomó en brazos y siguió bajando, protegiéndola contra su pecho como si con eso pudiera blindarla de todo lo que estaba pasando.
Abrí la puerta principal sin titubear y salimos corriendo hacia el auto, pero las puertas no abrían. El seguro no cedía por más que tiraba de la manija una y otra vez. Ya sabía lo que eso significaba, aunque mi mente se resistiera a aceptarlo: no podía creerlo, no en ese momento, no con todo lo que estaba pasando.
—¡No puede ser, las llaves están en la casa! —grité, casi fuera de mí, con la voz alterada al borde del quiebre.
Todos escuchábamos el sonido de esa criatura arrastrándose hacia la entrada de la casa, cada paso resonando como una cuenta regresiva. No podía dudar más ni un segundo. Corrí de vuelta hacia adentro sin pensarlo, con el pulso retumbándome en los oídos, y alcancé a ver cómo esa figura bajaba las escaleras con esos mismos movimientos torpes y erráticos, como si estuviera aprendiendo paso a paso a dominar de nuevo su propio cuerpo.
Intenté visualizar dónde había dejado las llaves, pero los nervios no me dejaban pensar con claridad; era como si mi propia mente se hubiera vuelto un lugar hostil, borroso, incapaz de encontrar algo tan simple en medio de tanto pánico. El agobio me consumía por completo. Ya desesperada, un destello de claridad me golpeó: la mochila. Las llaves estaban en la mochila, justo en la cocina, donde la había dejado al llegar de la universidad, hacía apenas un puñado de horas que ahora se sentían como toda una vida atrás.
Corrí hacia allá con las piernas temblando, mis pies tropezando entre sí, pero logré mantener el equilibrio a duras penas. Vi la mochila sobre la silla, exactamente donde la había dejado, y la tomé sin dudar, apretándola contra mi pecho como si fuera lo único sólido que me quedaba en ese momento.
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Editado: 04.08.2026