Hay un tipo de silencio que solo se conoce después de perderlo todo. No es la ausencia de ruido -el mundo seguía gritando a nuestro alrededor, el motor del auto, el caos de la carretera, el eco distante de gritos que no cesaban-. Es un silencio interior, un vacío que se instala en el pecho cuando la mente, incapaz de procesar tanto horror de golpe, decide simplemente apagarse. Ese fue el silencio que me habitó durante las horas siguientes. Un silencio que dolía más que cualquier grito.
Todo pasó tan rápido. De repente, mi hermana y yo éramos huérfanas.
Mateo conducía mi auto mientras yo iba en los asientos de atrás con mi hermana. Ella se había quedado dormida después de todo lo que había pasado; tanto temor y angustia debieron dejarla completamente exhausta, su pequeño cuerpo por fin rindiéndose al cansancio que ni el miedo pudo seguir sosteniendo.
Acaricié su cabello despacio, casi sin darme cuenta de que lo hacía, mientras mi rostro se llenaba de lágrimas silenciosas que no me molesté en limpiar. Mantuve la mirada fija en la ventana por un buen rato, aunque no estaba viendo realmente el paisaje que pasaba borroso al otro lado del cristal. Los sonidos del auto, del tráfico, de la respiración pausada de Natalia contra mi brazo, se escuchaban lejanos, amortiguados, como si mi mente se negara a procesar nada de lo que había a mi alrededor.
Simplemente se limitaba a repetir, una y otra vez, la misma escena: la de mis padres muertos.
Mateo empezó a hablar, pero no podía entender lo que decía. Su voz me llegaba amortiguada, como si estuviera hablando desde el fondo de una piscina, distorsionada por esa nebulosa espesa en la que mi mente seguía atrapada. Aún no era capaz de volver a la realidad; una parte de mí seguía en esa habitación, viendo caer a mi madre, viendo esos ojos vacíos que alguna vez pertenecieron a mi padre.
-¿Amelia? ¿Estás bien? Necesito que veas esto -dijo, esta vez con más firmeza, mirándome por el retrovisor con una mezcla de preocupación y urgencia que finalmente logró atravesar esa nube en la que estaba envuelta.
Sacudí la cabeza levemente, intentando anclarme de vuelta al presente, obligándome a respirar y a enfocar la vista. Cuando por fin logré centrarme, mis ojos se toparon con algo que terminó de arrancarme del todo de mi propio duelo: una cantidad enorme de autos detenidos en la carretera, una fila interminable que se perdía en el horizonte, tan larga que no lograba distinguir dónde terminaba.
Las personas habían empezado a bajar de sus vehículos, unas cuantas al principio, después más y más, todas caminando hacia adelante con esa misma mezcla de impaciencia y desconcierto, tratando de averiguar qué era lo que estaba deteniendo el tráfico por completo. El ruido de motores encendidos, cláxones sonando sin ritmo, y voces alzándose unas sobre otras empezó a llenar el aire, un caos que contrastaba brutalmente con el silencio en el que había estado sumergida hasta hacía apenas un segundo.
Natalia había despertado por todo aquel alboroto. Se frotó los ojos despacio, todavía atrapada entre el sueño y la confusión, intentando entender qué estaba pasando a nuestro alrededor. Su preocupación se notó de inmediato en la forma en que su pequeño rostro se contrajo, y se aferró a mi brazo con fuerza, con ese mismo miedo instintivo de un niño que percibe que algo anda mal aunque no sepa nombrarlo. Intenté tranquilizarla con un abrazo, susurrándole que todo estaría bien, aunque en ese instante ni siquiera yo era capaz de creerme mis propias palabras.
Mateo decidió bajar del auto para averiguar qué estaba pasando. Intenté detenerlo, estirando la mano hacia su brazo, pero fue inútil.
-Debo ver qué está pasando. No podemos quedarnos aquí varados -dijo, cerrando la puerta detrás de él antes de que pudiera insistir.
No logré emitir palabra alguna. Tenía tanta angustia y pavor acumulados en el pecho que las palabras simplemente se negaban a salir. Solo pude resignarme a esperar dentro del auto junto a Natalia, abrazándola con fuerza, con la mirada clavada en la puerta por donde Mateo había desaparecido entre la fila de autos, rogando en silencio que regresara pronto con alguna respuesta que le diera sentido a todo aquel caos.
Pasaron varios minutos y Mateo aún no regresaba. Cada vez la fila detrás de nosotros se hacía más larga, un río interminable de luces traseras que se perdía en la distancia, autos que llegaban uno tras otro sin saber que se dirigían directo hacia el mismo callejón sin salida en el que ya estábamos atrapados. La noche empezaba a caer, tiñendo el cielo de un naranja apagado que agonizaba lentamente hacia la oscuridad, y con cada minuto que pasaba, esa luz menguante parecía llevarse consigo la poca calma que aún quedaba en el ambiente.
Podía sentirlo incluso desde dentro del auto: el estrés y el miedo de la gente a nuestro alrededor crecían al mismo ritmo que las sombras se alargaban sobre el asfalto. Voces que antes solo se quejaban del tráfico ahora sonaban más agudas, más urgentes. Alguien tocaba el claxon sin razón aparente, solo por descargar la ansiedad. Otros se habían bajado de sus autos y caminaban de un lado a otro, hablando por teléfono con las manos temblando, mirando hacia adelante como si esperaran ver aparecer una respuesta entre las luces rojas de los frenos.
Natalia se asomó por la ventana, con la nariz casi pegada al cristal frío, sus ojitos siguiendo el movimiento extraño que empezaba a formarse más adelante en la fila. De pronto se tensó contra mí, su cuerpecito rígido de golpe.
-Amelia... esas personas están corriendo -dijo, con la voz pequeña y confundida.
Miré hacia donde señalaba y ella tenía razón. No caminaban, corrían, con esa urgencia desesperada de quien huye de algo que no quiere ni voltear a ver. Portazos, gritos ahogados, el sonido metálico de alguien intentando arrancar su auto una y otra vez sin éxito. Algo estaba pasando más adelante, algo que ya no se sentía como un simple embotellamiento de tráfico.
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Editado: 04.08.2026