IVÁN.
4:57 pm.
Julia me miraba con una expresión que no lograba entender del todo. Sus ojos parecían llorosos después de decirle que debíamos terminar nuestra relación de 4 años, pero estaba más tranquila de lo que esperaba.
Siendo sincero, incluso yo parecía más sorprendido.
Aquellas palabras habían salido de mi boca sin poder evitarlo. Se suponía que me reuniría con ella en aquel restaurante para invitarla a la cena que mi madre había estado organizando desde una semana antes, con el fin de que yo pudiera proponerle matrimonio. Sin embargo, algo extraño se había apoderado de mí. Por una vez en mi vida había rechazado seguir lo planeado. Había actuado sin pensar y puesto fin a algo que era bueno para mi vida.
Se suponía que Julia y yo pasaríamos toda nuestra vida juntos. Ella era la hija del socio de mi padre. La conocía desde que éramos bebés. Nos veíamos constantemente y desde muy jóvenes estábamos al tanto de que en el futuro tendríamos que casarnos. Más que nada para fortalecer la conexión de nuestras familias.
Ambos éramos amigos. Asistíamos a los mismos colegios y, en cuanto ella cumplió 21, comenzamos a salir oficialmente. No fue un gran cambio para mí, quiero decir, siempre estábamos juntos, nos conocíamos casi por completo y ya sabíamos que era nuestro deber casarnos. Además, Julia era muy hermosa. Su cabello era de un tono naranja que nunca en mi vida había visto en otra persona, y que hacía sobresaltar sus almendrados ojos verdes. Tenía un montón de pecas que le daban un toque adorable y su sonrisa era muy contagiosa. Y ni hablar de su personalidad, pues aunque a veces parecía ser reservada, en realidad era muy amable y siempre se mantenía positiva ante cualquier circunstancia. Se esforzaba por ayudar a todos a su alrededor, y esas cualidades eran lo que más me gustaban de ella. Sin embargo, aun con todas sus virtudes, yo no era capaz de amarla de la forma que todos esperaban. Sí, la amaba. Mi aprecio por ella nunca se acabaría. Yo sería capaz de dar mi vida si eso implicaba que ella estuviera a salvo, pero aun así me sentía muy incómodo cuando la besaba, como si aquello fuera algo incorrecto. Y de solo pensar que en algún momento ella y yo tendríamos que tener intimidad, me invadía un terrible escalofrío y mi cabeza rechazaba cualquier tipo de imagen de ella en una situación parecida.
—Así que terminamos —habló después de unos largos segundos de incomodidad, y solo pude asentir—. Bien —añadió y le dio un sorbo a su vaso con agua.
—¿Bien? —pregunté extrañado, pues me desconcertaba su forma de actuar. No sabía si en cualquier momento se levantaría y me golpearía o me diría lo imbécil que era. (Era consciente de que me lo merecía).
—Sí, bien —volvió a responder.
—Julia, está bien si decides enojarte conmigo. No me gustaría que reprimieras lo que sientes. El que yo decidiera esto no es por ti, la culpa es mía —dije—, pues lo último que quería era que ella pensara que había hecho algo mal.
—Lo sé, sé que es por ti —respondió, pero no lo dijo con tono enojado, más bien sonaba sincera.
Aun así, no pude evitar sentirme incrédulo.
—¿Qué?
—¿Quieres que sea sincera? —cuestionó y asentí. —La verdad, aunque no lo parezca, esto me duele —dijo y me sentí aún más culpable—, pero antes de poder responder, volvió a hablar—. Quiero decir, prácticamente hemos estado juntos casi 25 años, y sería inhumano que yo no hubiese sentido algo por ti. Iván, tú eres bueno, eres amable, responsable y atractivo. Mucho, para ser sincera. —Julia sonrió de lado y no pude evitar hacer lo mismo—. Eres el tipo de hombre que a muchas chicas les gustaría tener, y el que de alguna forma yo fuera la elegida me hacía sentir especial. No voy a negar que hubo un tiempo en el que deseaba que el día en que tú y yo nos casáramos ocurriera rápido. Que formáramos una familia y fuéramos felices por el resto de nuestras vidas, pero estar por tantos años a tu lado no solo hizo que conociera todo lo bueno que hay en ti, sino también tus defectos. Y uno de ellos es que nunca eres sincero con lo que sientes —dijo y me miró a los ojos con detenimiento.
—¿Qué quieres decir con eso? —cuestioné nervioso.
—Siempre voy a agradecerte por ser todo un caballero conmigo, por estar ahí cuando te necesito, por nunca olvidar fechas importantes y jamás dejarme plantada en nuestras citas, a pesar de tu trabajo, pero, ¿sabes cuántas veces me has dicho que me amas en los 4 años que llevamos como pareja?
Tenía razón, no recordaba haberlo hecho ni una sola vez.
—Pero sí lo hago —respondí con rapidez.
—Pero no de la forma en que deberías amar a quien será tu futura esposa. Y no te estoy culpando por eso. Sé que el que me pidieras salir contigo fue más una decisión de nuestros padres que tuya, y el que yo aceptara también estuvo influenciado por eso. Así que cuando digo que no eres sincero, me refiero a eso. A que todo lo que has hecho y dicho en tu vida siempre ha sido para satisfacer a otros, nunca has actuado por tus propios deseos. Bueno, a excepción de hoy —dijo y una vez más sonrió.
—La verdad, no sé por qué lo hice —respondí con honestidad.
Julia tenía razón, era la primera vez que actuaba por impulso, pero el pensar en la idea del compromiso y de hacer oficial una unión que duraría el resto de nuestras vidas me atemorizó demasiado y no pude controlar mis decisiones.
—Porque no siempre podrás actuar como todo el mundo espera, Iván —contestó—. Y para ser honestos, aunque me siento herida, gran parte de mí está aliviada —confesó y volvió a mirarme a los ojos. —Creo que siempre estuve esperando a que este momento llegara. Creo que soy igual que tú y por eso es que te entiendo. Yo jamás hubiese podido terminar contigo, pero no solo porque te amaba y porque estar contigo era algo a lo que ya me había acostumbrado. Si no también, porque no quería cargar con esa responsabilidad, no quería ser yo quien tuviera que explicarle a los demás el porqué de nuestra ruptura. Yo no quería cargar con tu corazón roto. Ni con las críticas de todos los demás. —Julia se quitó sus anteojos redondos y los colocó en la mesa. —Así que, aunque ahora sea yo a quien dejaron, aunque un pedazo de mí sienta que gran parte de mi vida acaba de ser desechada. Me alegra y me tranquiliza que fueras tú quien decidiera acabar con todo esto.