El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO TRES. ÚLTIMA TRANSMISIÓN.

HORI.

Esta mañana cientos de personas fueron atacadas a lo largo de la ciudad. Se desconoce la identidad de los agresores o el motivo por el que lo hicieron. Pero según los informes de algunos testigos e imágenes en vivo que logramos captar. Los sujetos se encontraban en una especie de trance agresivo.

Las primeras teorías dicen que puede tratarse de un nuevo tipo de rabia, pues muchos de los residentes que fueron mordidos, segundos después, adoptaron el mismo comportamiento violento.

La policía y el resto de las autoridades ya se encuentran trabajando para controlar la situación.

Les pedimos que se resguarden en un lugar seguro para evitar ser atacados e infectados.

Seguiremos transmitiendo nuevos informes mediante este canal.

Aún no es seguro, pero puede que la ciudad tenga que ser evacuada.

La televisión se tornó oscura por un segundo, y nuevamente volvió a emitirse el mismo mensaje.

Reno y yo nos miramos. Aunque la información no había sido muy específica, y ya sabíamos la mayoría de esos datos por experiencia propia, había algo preocupante en aquel mensaje. La reportera había dicho que era probable que la ciudad tuviera que ser evacuada. Lo que quería decir que la situación estaba volviéndose crítica de manera rápida y que Carval llegaría al punto de ser inhabitable. Además, si la nueva infección se transmitía mediante una mordida, sería complicado que no continuara esparciéndose.

No podía creer que todo eso estuviera ocurriendo con tanta rapidez. Por la mañana todo parecía tan trivial. Tan rutinario, que en ese momento me costaba asimilar que estábamos en peligro de muerte.

Era probable que las cosas no volverían a la normalidad por un tiempo.

Si evacuábamos la ciudad, quería decir que no volvería a la universidad, ni a mi trabajo de medio tiempo en la cafetería. Quería decir que las cosas que antes me preocupaban pasarían a segundo plano, pues tendríamos que comenzar a enfocarnos en no ser infectados y cuidar de nosotros hasta que la policía o el ejército vinieran a rescatarnos.

—Deberías llamar a tu madre —me sugirió Reno, mientras sacaba su teléfono, pues seguramente ella haría eso.

—Tienes razón —asentí.

Volví a sentarme en la cama. El cansancio estaba apoderándose de mi cuerpo. Estar bajo situaciones estresantes solo me hacía sentir más débil de lo que ya era.

Apenas pasaron unos segundos cuando mi madre respondió.

—Hori, ¿estás bien? Estaba por llamarte —cuestionó preocupada.

Sabía que ella estaba lejos de la ciudad y de todo el caos, pero aun así, me sentí aliviado al escuchar su voz.

—Tranquila, mamá, estoy bien. Estoy con Reno —respondí sin entrar mucho en los detalles de la situación, pues no quería tener que explicarle por qué ambos estábamos en una habitación de hotel.

—¿Ella está bien? ¿No están heridos? Es que vi las noticias de lo que está ocurriendo en Carval —podía escuchar la angustia en su voz.

Sabía que mi madre era capaz de viajar hasta Carval para asegurarse de que estuviéramos a salvo, y eso era lo último que yo quería, pues no deseaba que nada malo le sucediera.

—Está bien, está hablando con sus padres —respondí y volteé a mirar a Reno, quien se movía de un lado a otro y sonreía. Me sorprendía mucho cómo, a pesar de la situación, intentaba no perder la cabeza.

—Podría ir en auto por ustedes si lo necesitan —sugirió mi madre y volví de inmediato la atención a la llamada.

—No, ni siquiera lo pienses —respondí haciendo esfuerzos por no sonar alterado. Pues la simple idea de que ella se pusiera en riesgo me daba miedo. —La policía ya se está encargando. Además, puede que ni siquiera te permitan entrar a la ciudad —mentí, aunque en realidad lo segundo podía ser cierto.

—¿Estás seguro, Hori? —No se escuchaba muy convencida.

—Sí, mamá. Tú no te muevas de donde estás. En cuanto sea seguro, regresaré. —Solo espérame, ¿sí?—pedí. Aunque no tenía idea de si podría regresar a casa en un tiempo. —Por favor —agregué, pues sabía que ella estaba dudando.

—Está bien, Hori. Solo cuídense mucho —respondió no muy convencida— y mantente en contacto.

—De acuerdo, mamá. No te preocupes, por favor. Voy a estar bien y estaría más tranquilo, sabiendo que te encontrarás en casa cuando yo vuelva —dije, para asegurarme de que cumpliera su palabra.

—Calma, Hori. Mensaje entendido —respondió más tranquila y soltó una leve risa—. ¿Tú y Reno tienen suficiente comida?

—Sí, mamá. Estaremos bien —mentí nuevamente—. Te llamo en un rato; se está haciendo de noche y ayudaré a Reno con la cena.

—De acuerdo. Solo espero que con cena no te refieras a comida instantánea o pizza. —Tienen que comer más saludable, Hori —me reprendió.

—Tranquila, señora Violet. Reno ha estado practicando algunos platillos, y son muy comestibles —bromeé.

Reno volteó a verme y levantó ambas cejas, mientras me decía mentiroso en voz baja. La verdad era que ninguno de los dos éramos buenos para la cocina, y mucho menos ella.

—De acuerdo. Dale un saludo de mi parte, cuídense mucho, por favor —pidió.

—Lo haré, tú también cuídate mucho, mamá.

—Te quiero, Hori —dijo mi madre.

Ella siempre solía despedirse de esa manera, pero en esa ocasión sentí algo extraño en el pecho. Estaba asustado y, aunque los últimos años las muestras de cariño se habían reducido de mi parte, en ese momento quería estar junto a ella para poder abrazarla.

Sentí un enorme nudo en la garganta, pero respiré con discreción para intentar tranquilizarme. Sabía que si lloraba, todos mis esfuerzos porque ella se mantuviera a salvo serían en vano.

—También te quiero, mamá —respondí, mientras apretaba mi mano con fuerza, intentando que mi voz no temblara—. Te llamo luego —dije y finalmente colgué.

Reno aún estaba al teléfono. Lucía mucho más relajada que yo. Sabía que, aunque sus padres se preocupaban tanto como mi madre. Ellos accedían mucho más rápido a lo que Reno les decía, pues sabían que si su hija realmente necesitara ayuda, no dudaría en pedírselos. Su nivel de confianza era algo que no había visto en otra familia, y eso siempre me había gustado de los Adkins.




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