El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO SEIS. FRITURAS, HELADO Y ZOMBIES AL ACECHO.

IVÁN.

Cuando amaneció, Alex ya se había marchado. Yo no conseguí dormir en absoluto; sin embargo, no intenté convencerlo de que se quedara. Aunque me preocupaba lo arriesgado que era lo que pretendía hacer, sus palabras me frenaron de impedirle que se fuera. Era verdad, él estaba tomando sus propias decisiones. Su futuro dependía completamente de él. Así que no hubo despedida, ni nada parecido. Solo pude escuchar cuando abrió la puerta y segundos después volvió a cerrarla.

Julia y yo habíamos pasado la noche en el pequeño cuarto donde se guardaban las cosas del negocio. Un par de carritos para las ventas en el exterior, utensilios para servir el helado, uniformes extras y más de ese tipo de objetos, además del baño ubicado en uno de los rincones.

Todo el lugar estaba frío debido a los productos que ofrecían, pero ese pequeño espacio en particular lo era aún más, a causa de los congeladores. Aun así, debíamos tolerarlo, pues nada nos aseguraba que las ventanas resistieran lo suficiente como para protegernos de los infectados.

Me levanté, un tanto adolorido. El suelo era en verdad incómodo, y lo único que habíamos encontrado para aminorar su dureza fueron un par de botargas, que sirvieron como cama para Julia.

Intenté estirarme un poco. La cabeza me dolía, y comenzaba a tener hambre, pero el helado no me apetecía debido al frío que sentía.

Volví a revisar mi celular, pero aún no había señal. Quizás no volvería en un largo tiempo. Me preocupaba el hecho de que de esa manera no podría saber nada sobre Sam o mis padres, pero era consciente de que debía tomar las cosas con sensatez e intentar encontrar la mejor solución para el problema en el que nos encontrábamos.

Un sonido en el lugar llamó mi atención. Pretendía ir hasta donde se hallaban las mesas, pero unas voces y pasos me lo impidieron.

Con lentitud y siendo lo más silencioso posible, me acerqué a Julia y la moví para que se despertara.

—Creo que alguien entró —susurré en cuanto abrió los ojos, haciéndole un gesto para que no hiciera ruido.

La de cabello naranja se levantó al instante. Abandonando todo rastro de sueño y cambiando su expresión a una de preocupación.

Cuando el ruido fue más fuerte, y lo que pareció ser una de las ventanas se rompió, Julia miró a los lados, buscando algo para defenderse, hasta que dio con un largo cuchillo. Lo sujetó con fuerza, mientras apuntaba hacia la puerta. La perilla comenzó a moverse y, por instinto, me coloqué a su lado, cubriendo gran parte de su cuerpo.

En cuanto la puerta fue abierta, una chica entró; se escuchaba agitada, y tras de ella no tardó en llegar un chico más bajo y delgado, de un llamativo cabello platinado, quien cerró la puerta con fuerza, mientras respiraba de forma acelerada y dejaba caer su cabeza contra el metal.

—Hori —soltó la más alta, con lo que me pareció ser un tono de preocupación.

Al igual que su amigo, tenía parte del cabello teñido, solo que el de ella era rosa, y unas cuantas figuras de estrella resaltaban en su trenza.

El mencionado volteó, y al vernos abrió sus gatunos ojos con sorpresa. (Probablemente, les asustaba el hecho de que Julia sostenía un cuchillo)

Aunque no parecían muy sofisticados, tampoco me daban la impresión de ser una amenaza; sin embargo, ya antes habíamos estado en peligro al dejar entrar al novio de Natalia a la heladería y, como resultado, ella terminó muriendo.

No podíamos correr el riesgo de que estuvieran infectados e intentaran mordernos.

—No se acerquen —pedí esforzándome por mantener en control la situación.

La de morado levantó ambas manos con lentitud, pero su compañero me observó fijamente a los ojos y aquello causó una extraña sensación en mi pecho.

—Solo intentábamos huir de los zombies, no queremos problemas —habló el chico, con una mezcla de nerviosismo y molestia.

Lo analicé durante unos segundos. Era más joven que nosotros. Tenía un aspecto algo desaliñado. Utilizaba pantalones negros, que estaban rotos a la altura de los muslos, una curiosa playera de basquetbol y una sudadera negra que llevaba abierta. Tenía ambas orejas perforadas, donde resaltaban unos pequeños aretes circulares de color negro.

Pareció notar que lo miraba y frunció el ceño. Dio un paso hacia adelante, provocando que me tensara. Era como si ya no le importara el hecho de que Julia tuviera un arma, y aquello solo me hizo desconfiar más de ellos, pues quizás sí estaban infectados y por eso no les preocupaba salir heridos.

Lo imité y acortamos aún más la distancia. Aunque yo le sacaba como mínimo 10 centímetros, no pareció inmutarse.

Yo no quería que pensara que estaba intentando pelear con él, o que hacía eso solo para intimidarlo, pero tenía que proteger a Julia en caso de que intentaran atacar.

Su amiga lo tomó por el brazo y lo obligó a retroceder. Se colocó delante de él y volvió a levantar las manos. Ella era casi de mi altura y me daba la impresión de ser verdaderamente fuerte.

—Sé que somos unos extraños para ustedes, pero no teníamos idea de que estaban aquí. No somos malas personas, solo queremos salir de este lugar sin que los zombies nos muerdan el trasero —explicó.

Julia finalmente bajó el cuchillo y se colocó a mi lado. Era cierto que no parecían querer causar problemas, pero aun así debía cerciorarme de que fuera seguro que ellos estuvieran ahí.

—¿Los mordieron? —cuestioné y la morena negó.

—Ya estaríamos transformados de ser así —respondió el de cabello platinado con fastidio.

—No sabemos realmente cuánto tiempo tarda una persona en transformarse —dije y volví a analizarlo, intentando buscar rastro alguno de sangre o alguna mordedura. —Puedes quitarte la sudadera, por favor —quería verificar que no tuviera heridas en los brazos, ni en el cuello.

—¿Así sin más? ¿Sin tener primero una cita? —se burló y su amiga intentó contener la risa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.