HORI.
El tipo que se había presentado como Iván levantó ambas cejas en cuanto escuchó mi sugerencia. Para ser honestos, incluso a mí me parecía algo arriesgado, pero era evidente que, aunque no lo fuera, él se negaría a cualquier cosa que propusiéramos.
Había notado su mirada recriminatoria desde que entramos. Puede que Reno y yo fuéramos un tanto desaliñados, pero ser juzgados por alguien como él me parecía irritante. Era una lástima que los hombres más atractivos con los que me topaba fueran con los que menos posibilidades tenía de salir. Es que, físicamente, podía ser el tipo de cualquiera. Era demasiado alto; casi debía llegar al metro noventa. Tenía unos penetrantes ojos grises, y su cabello corto y negro estaba peinado hacia los lados. No era el típico sujeto de grandes músculos y un montón de abdominales, pero era evidente que sí se ejercitaba (al menos más que yo). Tenía la nariz recta, de un tamaño perfecto, al igual que sus demás facciones. Sus labios eran de un bonito tono rosado y no había ni una sola marca en todo su rostro, ninguna imperfección; daba la impresión de que su piel era de porcelana. Aunque dejando eso de un lado, tenía todas las vibras de ser el tipo de persona que presume su posición o riqueza cada vez que tiene oportunidad, o al menos eso me pareció a mí cuando dijo que pagaría las papas que Reno le había obsequiado.
En cuanto a Julia, al principio me pareció intimidante, pero una vez que sonrió y comenzó a hablar, me di cuenta de que era más amable que su acompañante.
—No creo que sea seguro —soltó Iván finalmente.
—Apuesto que repites esas palabras de forma constante —intervine.
Esperaba que me respondiera algo como "apuesto que tú nunca lo haces", pero solo me miró de manera impasible.
—Si usamos las botargas como armaduras, tendremos menos movilidad y todos los infectados se nos irán encima —debatió—. Además, solo hay dos, y nosotros somos cuatro.
—También pensé en eso —respondió Reno con calma —. Puede que nos movamos con lentitud, pero usando las botargas evitaremos que nos muerdan, y además podríamos vaciar dos de los carritos para helados, y así saldríamos todos. —dijo apoyando mi plan, aunque sabía que si solo estuviéramos nosotros dos solos, ya me hubiese recalcado lo estúpido que sonaba hacer lo que proponía.
—Creo que agregar al plan lo de los carritos solo lo empeoraría —volvió a opinar Iván—. Por el ruido es evidente que allá afuera hay docenas de infectados; en cuanto salgamos y se percaten de nosotros, intentarán atacarnos, y con el peso de los disfraces terminaremos cayendo; solo será cuestión de tiempo para que nos muerdan.
—Quizás si añadimos una distracción al plan, pueda funcionar —intervino Julia, quien se había mantenido en silencio hasta entonces.
—¿Una distracción? —cuestioné y ella asintió.
—Ayer pude notar que hay bocinas en el lugar; si conectamos un teléfono mediante Bluetooth y logramos llegar hasta la salida de la heladería sin que nos devoren, podríamos poner algún sonido o canción para atraer al resto de los zombies que se encuentran en la plaza, y de alguna forma despejar nuestro camino.
—De esa manera, si logramos salir del local y alejarnos mientras los zombies son atraídos por la música, podríamos dejar la plaza sin problemas. —dijo Reno, analizando la propuesta de la mayor.
—Aun así, no tenemos idea de cómo funciona el cerebro de los infectados, de si les atraerá más los sonidos o la figura y el color de las botargas. —Iván no parecía querer ceder ante nuestro plan. —Además, las bocinas ya debieron apagarse y hay que poner la música estando aún en la heladería o la conexión se perdería.
—Bueno, tendremos que arriesgarnos —respondí con impaciencia. A mí también me causaba terror la idea de morir, sobre todo si sería a causa de mordidas, y sabiendo que después me convertiría en un muerto viviente, pero si dejábamos pasar más tiempo, se haría de noche, y entonces toda la valentía que sentía en ese momento se evaporaría, y me terminaría quedando a morir en esa heladería.
—Además, podríamos poner una alarma y dejar el teléfono aquí, para evitar que se pierda la conexión y tener tiempo de huir —añadió Reno.
—Es una buena idea —dijo Julia, asintiendo—. En cuanto a las bocinas, estoy segura de que hay una justo al lado de la puerta —Julia desvió su mirada hacia la salida—. Si tenemos suerte, podríamos salir un segundo y pulsar el botón de encender.
Creí que Iván seguiría negándose, pero solo dejó escapar un corto suspiro de resignación.
—Aún me parece un plan imprudente, pero ya que la mayoría está de acuerdo, no tiene caso discutir. —cedió finalmente—. Ahora bien, solo debemos asignar quién ocupará las botargas y quién irá en los carritos.
Estaba seguro de que él ya sabía que terminaría usando una de las botargas, y que decía aquello solo para intentar ser amable.
—Bueno, creo que es evidente que Hori irá en uno de los carritos —se burló Reno y entrecerré los ojos en su dirección. —¿Tienes algún problema, pequeñín? —dijo sonriendo ampliamente, mientras se acercaba a mí y me abrazaba por los hombros.
—Espero que esa botarga huela realmente mal y termines asfixiándote —dije regresándole el gesto.
—Bueno, entonces yo iré en el otro —intervino Julia.
—Solo debo advertirte que no creo que sea un viaje cómodo —dijo Reno, sonriéndole a la chica con nerviosismo.
De cualquier manera, no podría ser diferente, pues Reno era casi tan alta como Iván y sería casi imposible que entrara en uno de los carritos. Julia, por otro lado, apenas debía pasar el metro con sesenta.
—Bueno, una vez tuve que viajar en clase turista, junto a un tipo que se la pasó todo el vuelo enterrándome su codo y roncando, así que creo que puedo tolerarlo —soltó la de cabello naranja, y antes de que Reno o yo pudiéramos opinar, Iván intervino.
—Entonces, hay que pensar cómo llevar a cabo la primera parte del plan —habló mirándonos con seriedad—. Debemos prender la bocina.