El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO OCHO. DANZANDO CON EL SR. CONO DE HELADO.

IVÁN.

Miré mi reloj; eran casi las cuatro de la tarde cuando el silencio nuevamente se hizo presente en aquella heladería.

Reno se acercó a mí y me tendió una de las botargas. Tomé el disfraz y lo observé unos segundos. A excepción de los guantes, el resto era una sola pieza, hecha de esponja. La parte de abajo era amarilla, asemejando a uno de los típicos conos, y arriba, lo que se suponía era el helado, tenía tonos cafés, blancos y rosados. Además de una carita sonriente y un curioso bigote.

La botarga de Reno era casi idéntica, a excepción de sus guantes, que eran rosados, y los míos amarillos, y en la cabeza del helado, llevaba un enorme moño rojo.

Dejé caer el objeto un momento. Aunque parecía grueso, no era tan pesado como uno pensaría, pero estaba seguro de que apenas me lo pusiera, me abochornaría, por lo que opté por quitarme el grueso abrigo que llevaba encima.

Julia se acercó a mí y extendió su mano.

—Dame, lo llevaré en el carrito —dijo con voz tranquila.

—Colócalo al fondo, quizá así sea menos incómodo para ti —le sugerí.

—¿Seguro? —cuestionó—. Es tu favorito.

—No hay problema.

Julia me sonrió y se volteó hasta donde se encontraba el carrito de helados, para comenzar a acomodar la prenda.

Me llevé una de las manos hacia la corbata, pensando por un momento en aflojarla. Suspiré con cansancio y al final me detuve. Sabía que deshacerme de ciertos hábitos sería más difícil de lo que pensaba.

—No se te ocurra dejarme —escuché decir a Hori, mientras le lanzaba lo que se suponía era una mirada amenazante a Reno. Aunque en realidad parecía más bien angustiado.

—Eso jamás, amigo —respondió Reno, dándole una palmada en la espalda al más bajo y ambos sonrieron.

Me costaba un poco entender su actitud, sobre todo la de Hori. Por ratos me parecía relajado y otros demasiado a la defensiva, aunque quizás se debía a lo impulsivo que era. No obstante, solo unos minutos atrás me había parecido ver otra faceta suya. Cuando ambos caímos al suelo, y nuestras miradas se cruzaron, me dio la impresión de que estaba nervioso. Quizás solo se debía a mis propias emociones, pues tampoco había sabido cómo reaccionar debido a su cercanía. Probablemente, era porque nunca me había encontrado en una situación similar. Ni tampoco había conocido a alguien como él.

Hori se dio cuenta de que los observaba y tuve que volver a concentrarme en prepararme. Tomé la botarga y abrí el cierre que se encontraba en la parte trasera para poder meter los pies, pero antes de que pudiera hacer lo mismo con el resto de mi cuerpo, Julia habló, haciendo que desviáramos la atención hacia ella.

—Saben, estaba pensando en que deberíamos reforzar sus brazos con algo. Los guantes son muy delgados y no detendrán una mordida.

—Quizás esto ayude —dijo Reno, levantando unas largas tiras de cartón que estaban cerca de los congeladores.

—Y esto —intervino Hori, estirándose para tomar la cinta gris colgada en uno de los clavos de la pared.

Hori y Julia comenzaron a envolver los brazos de Reno con el cartón y la cinta, de forma que solo quedaron a la vista sus manos.

—Pues ya no puedo moverlas con tanta facilidad, pero creo que aún seré capaz de sostener el carrito —dijo la chica, intentando doblar una de sus extremidades.

—Más te vale no soltarme —le advirtió Hori.

—Lo consideraré —bromeó la más alta—. Por cierto, aún no hemos decidido qué teléfono dejaremos —nos recordó.

Hori sacó el suyo y lo miró por unos momentos. No había forma de comunicarnos con nadie debido a la señal, pero seguramente no quería tener que separarse de él. Quizás esperaba que en algún momento su familia lo contactara, pues yo mismo dudé en ofrecer el mío, con la esperanza de que pronto Sam fuera capaz de llamarme.

—Yo lo dejaré —ofreció Julia, y Hori la miró con asombro.

—¿De verdad? —cuestionó.

—Sí, no hay problema. La batería está a menos de la mitad, y si en algún momento vuelve la señal, es muy probable que mis padres me contacten mediante el teléfono de Iván. —Julia me miró y yo asentí.

—Pero debe costar una fortuna —dijo Reno, observando el aparato que Julia había sacado del bolsillo de su abrigo.

—Está bien, eso no importa —insistió Julia.

—Pues gracias —volvió a hablar el de cabello plateado y Julia asintió mientras le sonreía.

—Bueno, es tu turno —dijo la de café, cambiando de tema y acercándose a mí, con la cinta.

Tras unos segundos, Hori tomó el resto de los cartones y caminó hacia nosotros. En cuanto empezó a envolver la primera de las tiras, no pude evitar tensarme. Su presencia no dejaba de alterarme, y tenía que poner todo mi empeño para que no se notara. Hori levantó su rostro y me observó. Hice lo mismo, aunque manteniendo una expresión neutra. No sabía si sonreírle o desviar la mirada. Hasta ese momento recaí en que no era para nada bueno, intentando actuar como alguien normal frente a personas que recién conocía.

Durante todo mi tiempo en el colegio e inclusive en los últimos años trabajando para la empresa de mi padre, me había dedicado a solo ser formal. A limitarme a saludar, hablar de lo que fuera necesario y enfocarme en mis asuntos. Nunca me había tomado el tiempo para entablar conversaciones triviales. Al inicio, porque mi padre así me lo exigía, o porque el tiempo apenas me alcanzaba con todas las actividades y clases extras que mis padres me forzaban a tomar. Después, ya me había excluido demasiado de las vidas de los demás, que ya no me sentía capaz de involucrarme en ellas, a menos que en verdad lo requiriera.

El menor volvió a centrarse en lo que hacía, y en cuanto terminó, sentí que nuevamente respiraba con normalidad.

Con dificultad moví una de mis manos hacia uno de los bolsillos de mi pantalón y saqué mi cartera. Tomé un par de billetes y se los di a Julia.

—Por favor, mételos en la funda de tu teléfono —pedí y la más baja frunció el ceño.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.