El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO NUEVE.LAS LIBRERÍAS PUEDEN SER TERRORÍFICAS.

RENO.

Jamás creí que tendría que agregar las tiendas de libros a mi lista de "lugares que me causan miedo", pero después de ser testigo de cómo una enorme horda de zombies con ansias de devorarnos se estrellaban una y otra vez contra el ventanal, dejando rastros de sangre, vísceras y carne a su paso. Era más que evidente que la palabra "librería" debía estar justo abajo de los baños de la preparatoria y los de la universidad.

Apenas habíamos podido abandonar la plaza central, y para ser honesta, aún dudaba que en verdad hubiera salido con vida de ahí. Tal vez al final sí había sido la cena de los muertos vivientes que se abalanzaron sobre mí y ya me encontraba en el más allá. Aunque de ser ese el caso, era un horrible más allá, así que seguramente se trataba de mi propio infierno personal. Uno repleto de libros, sillones vintage y mucho polvo, y que además debía compartir con dos riquillos a los que de nada conocía y con mi mejor amigo.

Hori era lo único bueno de ese lugar. Si me hubiesen dado la oportunidad de elegir con quién sobrellevar el apocalipsis, no dudaría en escogerlo. Quizás eso suene un tanto egoísta, porque nadie cuerdo quiere que su mejor amigo tenga que verse obligado a huir de muertos vivientes. Sin embargo, no había forma de que yo pudiera pasar tanto tiempo sin él. Estábamos juntos desde los 5 años, así que nuestra relación era tan profunda que casi lográbamos comunicarnos telepáticamente. (Bueno, tal vez exageraba un poquito, pues hasta nosotros no hablábamos de ciertos temas). El punto era que me alegraba que nos tuviéramos mutuamente, incluso en momentos como esos.

Poco a poco nos fuimos alejando del ventanal. Todos estábamos bastante agitados, y era más que evidente que tendríamos que quedarnos ahí por un largo tiempo, mientras los infectados despejaban el perímetro.

—Bueno, me parece que lo mejor sería pasar la noche aquí. —Iván rompió el silencio, y Julia y yo asentimos. Aunque en realidad no teníamos otra opción.

Iván no me parecía un mal tipo; sí era un tanto austero, tal vez hasta santurrón, pero era mejor que habernos topado con alguien desagradable, y Julia, aunque daba esa impresión de ser una chica engreída, en realidad era muy flexible y amable.

Ninguno me molestaba, pero, si las circunstancias en algún momento empeoraban y tenía que elegir entre salvarlos a ellos o a Hori. Ni siquiera lo dudaría; optaría por mi amigo.

—¿Hori, estás bien? —cuestioné al ver al chico llevarse ambas manos a las rodillas mientras intentaba regular su respiración.

—Sí —respondió aún agitado—. Aunque creo que necesitaré nuevos pulmones.

Sonreí de lado, mientras levantaba ambas cejas.

—Lo que necesitas es empezar a tomarte en serio lo de hacer ejercicio —respondí—. Y tener caminatas en tu mundo de Minecraft no cuenta —añadí, poniendo ambas manos en mi cintura, y él hizo un gesto de desagrado, mientras se enderezaba.

—Pues yo creo que hoy hice el ejercicio de toda mi vida —se defendió—. Pero, está bien, quizá considere salir a correr contigo por las mañanas —dijo no muy convencido.

—Bien —sonreí ligeramente, y extendí mi mano hacia él—. Ahora pásame mi mochila, necesito tomar mis pastillas.

Hori asintió y aflojó los tirantes.

Abrí la mochila y rebusqué entre las cajas de medicamentos, hasta dar con el estradiol. Desde que había iniciado la terapia hormonal, acostumbraba a cargar siempre con las pastillas e inyecciones. Me gustaba traerlas cerca por si algo se presentaba y no podia regresar a tiempo al departamento. Había sido una suerte que pudiera tenerlas estando en esa situación. Aunque me ponía nerviosa al pensar que eran limitadas y si el mundo seguía empeorando, dudaba mucho poder visitar pronto a mi endocrinóloga.

Hori abrió la botella de agua que había sacado, y me la ofreció.

—Un sanitario, qué suerte —dijo Julia, y tanto Hori como yo desviamos nuestra atención a los dos mayores.

Iván ayudaba a la chica a quitarse su esponjoso abrigo café. Me sorprendía que pudiera correr con esa cosa puesta, y que hubiese entrado en el carrito de helados.

Julia se metió al baño, y el más alto solo se dedicó a esperarla con el semblante serio y una postura tan recta que casi me daba la impresión de que había sido entrenado en el ejército. Aunque no era el caso, pues sus bien cuidadas manos sostenían la prenda de forma elegante.

—Ese tipo —soltó Hori. Iván no podia escucharnos, pues estábamos a un par de metros de distancia. —Creo que es insoportable —dijo sin apartar la mirada del de negro.

—Pero también crees que es atractivo —le aseguré y él resopló, pero no se atrevió a contradecirme.

Estaba más que segura de que Iván era el tipo de Hori, al menos físicamente. Pues incluso para mí era difícil saber con claridad qué era lo que buscaba mi amigo en un hombre, en cuanto a sentimientos y personalidad se trataba, pues durante toda su vida, Hori no había tenido algo serio con nadie. Al menos nada que durara más de dos meses, y desde que ingresamos a la universidad, había optado solo por tener encuentros casuales. La verdad era que ninguno de los dos teníamos suerte para las cuestiones amorosas.

Aunque si lo pensaba bien, a pesar de que Hori tenía ese aspecto de chico rebelde, en el fondo sabía que le gustaban las cursilerías y eso solo gracias a las películas que a veces veíamos los fines de semana. Aunque sus gustos variaban drásticamente, pues en su lista de crushes de películas románticas se encontraban desde personajes como Patrick Verona de 10 cosas que odio de ti, el Sr. Darcy de Orgullo y prejuicio, hasta Colin Shean de Contando a mis ex.

—Sí, pero eso no le quita lo presumido —soltó Hori—. Quería pagarte las papas que le regalaste, como si no pudiera permitirse recibir algo de unos simples mortales. —se quejó y solté una risa.

—Yo creo que aún no lo conocemos lo suficiente como para poder juzgarlo —dije y Hori levantó una de sus cejas, mientras me observaba fijamente.




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