El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO DIEZ. LO MALO DE LOS CAMBIOS Y LOS SUPERMERCADOS.

HORI.

Siempre he tenido un conflicto con los cambios, incluso con los más pequeños.

Me asustan en serio.

Pensar en que las cosas sean de otra manera a la que acostumbro me provoca cierto pánico. Aunque claro, me esfuerzo porque nadie más lo note, así que cuando tengo que tomar una decisión, no me la pienso mucho, y por eso a veces parezco impulsivo.

Creo que eso me pasa desde que era más joven. Quiero decir, la primera vez que se me ocurrió la grandiosa idea de hacer un cambio relevante en mi vida, tenía 14 años, y todo se fue al diablo. En cuanto le dije a mi padre que me gustaban los chicos, él cambió su actitud hacia mí por completo; fue como si simplemente yo hubiese muerto aquel día. Decidió irse de la casa, y solo una semana después le pidió el divorcio a mi madre.

Si bien una parte de mí se liberó y supo reconocer quién realmente soy, la otra quedó atemorizada. Asustada de saber lo que podía suceder cuando se me ocurría turbar el ritmo de mi vida. Y después de eso vinieron más y más cambios, y ya sé que probablemente esté usando mucho esa palabra, pero es que, ¡malditos cambios!, me han jodido la vida en más de una ocasión.

Como todas esas veces en las que intenté salir con alguien, pero nunca parecían satisfechos con mi persona. Lo acepté. Tuve que considerar que realmente yo era el problema y cambiar mi forma de ser, porque a veces, o era demasiado tierno, o me pasaba de salvaje, o me vestía como un ñoño, o parecía sacado de una película de pandilleros. Fuera cual fuera el caso, los chicos nunca parecían estar conformes conmigo. Así que modifiqué una y otra vez mi forma de ser, hasta que en cierto momento ya ni siquiera yo era capaz de reconocerme. Llegó el punto en el que me harté, y simplemente decidí enfocarme en encuentros ocasionales.

Estaba cansado de que todo el mundo me rechazara, porque ya de por sí debía lidiar con el rechazo de mi propio padre, con toda la culpabilidad que conllevaba haber destruido mi familia.

Así que tener que batallar con una infestación de zombies, sí, me asustaba, pero al mismo tiempo me distraía de tener que lidiar con mis sentimientos, que a veces me parecían demasiado complejos. Era una locura, pero, de alguna forma, también era una pausa para dejar de pensar en el temor que me daba mi futuro. En lo que pasaría cuando terminara la carrera, en si después de eso mi vida sería prometedora. Si seguiría contando con el apoyo de Reno.

En si mi padre finalmente dejaría de odiarme, o si mi madre comenzaría a hacerlo, por haber provocado que la persona que amaba se fuera de su lado. En si en algún momento alguien me amaría justo tal y como era, y si algún día dejaría de tener esa horrible sensación de que la vida estaba resultando demasiado para mí, y de que el mundo estaba a punto de comerme.

(...)

Me vi obligado a abrir los ojos, debido a los rayos del sol que entraban a través del ventanal y que daban directamente en mi rostro. El cuello me dolía y sentía los pies muy fríos. Sin embargo, me sorprendía lo cálida que se encontraba la parte inferior de mi cuerpo, y tras unos segundos, pude notar que una prenda negra cubría mi pecho y brazos. Se trataba del abrigo de Iván. No pude evitar sentirme un poco aturdido, pues no esperaba encontrarme con algo así al despertar. Apreté el cuello de la prenda con mis dedos, y al estar tan cerca de mi nariz, pude percibir un olor agradable. Era algo terroso y amaderado, pero al mismo tiempo parecía cítrico. Cerré los ojos un instante, pero al sentir cómo alguien se removía a mi lado, terminé por sobresaltarme y me quité el abrigo de golpe.

Reno comenzó a despertar, estiró los brazos por algunos segundos y después se volteó hacia mí.

—Bienvenido a nuestro tercer día apocalíptico —habló la chica, mientras sonreía.

—Linda forma de dar los buenos días —respondí con sarcasmo.

—Al final, sí se quedó dormido. —Reno ignoró mi comentario y desvió la mirada hacia Iván, quien dormía con la cabeza sobre el mostrador.

Un mechón de cabello negro le caía sobre uno de sus párpados, y pude darme cuenta de lo largas que eran sus pestañas.

Incluso durmiendo se veía demasiado atractivo.

—A ti no te hará falta desayunar si te lo sigues comiendo con los ojos —se burló Reno y volteé a mirarla con enojo.

—Cállate, yo solo estaba pensando en lo malo que es vigilando —me defendí, pero la mayor no parecía querer ceder, pues volvió a sonreír con diversión.

—Y en lo lindo que fue que te diera su abrigo, ¿no? —dijo levantando las cejas de manera juguetona.

—Yo no le pedí que lo hiciera —respondí sin mucha importancia, pero mi corazón no pudo evitar sobresaltarse. Parecía que ese tipo comenzaría a darme problemas.

—Pero eso lo hace mejor.

No alcancé a responder, pues Julia terminó por despertarse. En cuanto nos miró, sonrió un tanto adormilada.

—Buenos días —nos saludó.

—Hola, Julia —dije únicamente y me crucé de brazos en mi lugar.

—¿Lograste descansar? —cuestionó Reno levantándose del sillón.

—Un poco —respondió la chica. Aunque era claro que mentía, probablemente solo lo decía para ser amable, pues los sillones en realidad eran muy incómodos.

—Parece que los zombies se fueron. —Reno se acercó hasta el gran ventanal y observó el exterior por unos segundos.

—Entonces deberíamos darnos prisa y salir de aquí—sugerí y Julia asintió.

—Despertaré a Iván —dijo caminando hacia el mostrador—. Lo mejor será que aprovechemos el día tanto como podamos. Estoy segura de que a un par de cuadras debe haber un supermercado. Podríamos conseguir las provisiones que necesitamos, y después, según lo que pude ver en el mapa, si nos damos prisa, no nos tomará mucho adentrarnos en el bosque.

—De acuerdo, entonces hay que prepararnos.

(...)

Tras unos minutos, los cuatro nos encontrábamos listos para salir. Reno estaba en la puerta comprobando que la calle estuviese libre de infectados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.