IVÁN.
Cuanto más corríamos intentando perder a la horda de infectados tras nosotros, más de ellos aparecían e interferían en nuestro camino.
Julia y Reno iban a la cabeza, esforzándose por encontrar una salida del laberinto de calles infestadas en el que nos encontrábamos.
Aún no entendía por qué Hori estaba herido, pero tampoco era un buen momento para intentar averiguarlo.
Recorrimos unas cuantas cuadras más, hasta que nos topamos con una pared de lo que parecía ser una escuela. Estábamos por girar hacia la derecha cuando otro grupo de infectados nos interceptó. Sabíamos que no podíamos retroceder, pues la horda nos seguía persiguiendo, y al intentar ir hacia el otro extremo, nos encontramos con una situación similar.
Nos habían rodeado, y si no nos movíamos pronto, estaba más que claro que nos terminaríamos uniendo a ellos.
Intentamos mantener tanta distancia como nos fue posible, pero muy pronto nos vimos acorralados contra el largo muro.
—¡Tenemos que hacer algo! —soltó Reno con desesperación mientras veía a los lados.
Uno de los infectados corrió con rapidez hacia nosotros. No había forma de que pudiéramos huir, y sabía que nos acabarían mordiendo si no hacíamos nada para defendernos.
Conforme el sujeto se acercaba, mi corazón latía con más rapidez. Tenía sus ojos rojos puestos en mí. Las pequeñas venitas negras a su alrededor, la palidez en su rostro y la forma en que su quijada colgaba lo hacían ver realmente atemorizante.
Voltee a mirar a Julia, quien se encontraba tras de Reno y Hori. Ambos chicos lucían igual de angustiados.
—Hori, ¿por qué traes un martillo? —cuestioné observando la herramienta que estaba atorada en uno de los costados de su mochila.
Ni siquiera esperé a que respondiera, tomé el objeto y, aunque estuve a punto de dudarlo, lo estrellé contra la cabeza del infectado que estaba por abalanzarse sobre nosotros.
Más y más sujetos comenzaron a acercarse; parecía que ese sería nuestro fin.
—¡Hay que saltar la barda! —gritó Hori alterado—. Y sí, Iván, ya sé que a eso se le llama invadir propiedad, pero puedes sermonearme cuando los zombies no estén a punto de comernos el cerebro.
Otro infectado llegó hasta Hori, y una vez más levanté el martillo hasta estrellarlo en su rostro. La sensación de la herramienta, al impactar, me provocaba un terrible escalofrío. El sonido de la piel y el hueso rompiéndose era sin duda algo que me costaría olvidar, al igual que la sangre salpicando en mis manos.
—De acuerdo —asentí, sabiendo que de no hacerlo todos moriríamos, y continué alerta para frenar a cuantos me fuera posible.
—Bien, Julia, tú serás la primera —indicó Hori y tanto él como Reno ayudaron a la de café para que pudiera trepar.
La pared no era muy alta, pero Julia jamás había hecho algo similar, y con la presión que teníamos al estar rodeados, seguramente estaba más que nerviosa. Julia se sujetó de lo más alto de la barda y se impulsó torpemente, pero solo consiguió quedar colgada, por lo que Hori tuvo que impulsarla de los pies, para que terminara de trepar.
—Vamos, Hori, tú nos ayudarás desde arriba —dijo Reno.
El chico no parecía convencido de querer abandonarla, pero debido a la situación no le quedó más que seguir la orden de su amiga. Se impulsó con la ayuda de las manos de la de morado y con una rapidez asombrosa subió junto a Julia.
No pude darme cuenta cuando Reno subió, pues dos infectados se acercaron al mismo tiempo, y me vi obligado a patear a uno de ellos en las rodillas para hacer que retrocediera, mientras seguía usando el martillo para frenarlos. Sin embargo, la herramienta terminó por atorarse en el cráneo de uno de ellos.
—¡Iván, sube ya! —gritó Julia con preocupación.
Hori extendió sus manos hacia abajo, intentando no perder el equilibrio. Sabía que solo tendría una oportunidad, pues más infectados estaban acercándose, y no podría frenar a todos a la vez.
Suspiré asustado y me di la vuelta para saltar y tomar las manos de Hori, quien se esforzó por jalarme. Uno de los infectados logró tomarme por el tobillo. Sacudí mi pie con fuerza, para lograr liberarme y evitar que me arrastrara hasta la horda. Julia gritaba preocupada, pero no había mucho que ella y Reno pudieran hacer; la pared era muy delgada y solo conseguirían caerse si intervenían.
Hori jaló con fuerza una vez más, y el zombie finalmente me soltó, pero el chico perdió el equilibrio y ambos caímos al otro lado. Algunos arbustos aminoraron el golpe; sin embargo, sentía un ardor intenso debido a las ramas que me arañaban las manos y el rostro.
Todo el cuerpo me dolía, y no quería moverme, pero al desviar la mirada, pude ver a Hori, tendido en la tierra, cerca de un árbol. Tenía los ojos cerrados y estaba quieto.
Gateé con rapidez hasta él, mientras sentía la preocupación expandirse por mi cuerpo.
—Hori —lo llamé, pero no me respondió.
Nervioso, acerqué mi oreja hasta su pecho, para saber si su corazón latía, pues las manos me temblaban debido a la caída y el miedo.
Estaba perdiendo el control de mis emociones, debido a la situación, y eso me hacía sentir patético. Toda mi vida me habían preparado para actuar bajo presión, pero nunca en un contexto similar. Tenía que comenzar a adaptarme o me quebraría, y no era momento para eso.
—Estoy bien —soltó en apenas un susurro—, solo que el impacto me sacó el aire.
—Bien —. Respondí y comencé a respirar más calmado.
Julia y Reno finalmente llegaron hasta donde nos encontrábamos. La más alta se hincó junto a Hori, con semblante angustiado.
—Tranquila, aún no he muerto —habló el menor, abriendo los ojos y mirando a Reno con diversión, para que esta se tranquilizara.
—Pues qué mala suerte la mía —respondió la de morado, y sonrió, mientras ayudaba a Hori a ponerse de pie.
Nos encontrábamos en el que parecía ser el patio del instituto. La escuela era grande, y estaba dividida en varios edificios, seguramente para separar los salones de las áreas deportivas y las directivas, como en la mayoría de los colegios de Carval. Al principio pensé que era muy probable que no hubiese nadie, puesto que, hasta donde sabía, la infección comenzó a propagarse el fin de semana, y normalmente las escuelas no laboraban durante esos días; sin embargo, resultó ser lo contrario.