HORI.
En cuanto terminé de acomodar las colchonetas en las que dormiría, fui el primero en bajar. Al igual que al resto, me asustaba un poco el hecho de pasar la noche en aquel lugar, con un tipo desconocido, pero Julia e Iván también lo habían sido, así que para mí estaba bien darle el beneficio de la duda al señor Guillermo. Después de todo, había dejado que nos quedáramos.
Las luces del pasillo y de la cafetería estaban encendidas, y en cuanto ingresé pude ver al vigilante colocar algunos trastes sobre la barra, y después caminar hasta los refrigeradores.
Se percató de mi presencia y me sonrió, así que decidí avanzar hasta donde se encontraba.
—¿Prefieres el cerdo o la res? —preguntó mientras observaba algunas bolsas de carne dentro del refrigerador.
—La res. —No lo pensé demasiado, pues para ese punto cualquier cosa que fuese comestible me parecía una buena opción.
—Perfecto —respondió y colocó la bolsa sobre la barra que estaba frente a nosotros—. No sé mucho de cocina, pero con algo de salsa y algunas papas, puede que esto se considere una cena. Mientras tanto, ¿te gustaría algo de café? —cuestionó y reparé en la olla que estaba sobre la estufa. Cuando la destapó, un olor agradable inundó el lugar.
—Sí, gracias —asentí, mientras le sonreía.
El mayor tomó dos tazas negras con el logo de la escuela y comenzó a llenarlas del líquido negruzco. Me tendió una y después me indicó dónde se encontraba el azúcar.
Estaba por darle el primer sorbo, cuando vi cómo sacaba una pequeña botella de la chamarra de su uniforme y vertía un poco en su bebida. En cuanto se percató de que lo observaba, pareció un tanto avergonzado.
—Me ayuda a no perder la calma —me explicó—. Por momentos, siento que estoy enloqueciendo, y eso que ha pasado menos de una semana desde que todo esto inició. —Asentí y él continuó hablando—. No he sabido nada de mi esposa e hijos, y aunque mi casa solo está a unas calles de aquí, aún no me atrevo a salir a buscarlos.
Lucía angustiado, y mientras hablaba, sus manos temblaban con ligereza.
No sabía con exactitud qué podía decirle. Entendía su temor a no querer tener que dejar un lugar seguro como lo era la escuela, pero no podía mentirle y asegurarle que su familia estaba a salvo.
—Sabe, de hecho nosotros vamos a las afueras de la ciudad. Si quiere, podría venir; quizá antes podríamos ayudarlo a llegar a su hogar —sugerí y él sonrió, para después darle un sorbo a su café.
—Voy a considerarlo. Es solo que pensar en lo que le sucedió a Harry, mi compañero, me provoca un terror intenso —dijo y una expresión de miedo surgió en su rostro—. Y no me refiero solo al hecho de que logren morderme y me convierta, sino más bien a que pueda llegar a salvo con mi familia, pero ellos ya no lo estén, ¿entiendes?
Asentí, pues aunque mi madre y la familia de Reno se encontraban lejos de Carval, era posible que los infectados ya estuvieran llegando hasta otros lugares, y eso podía incluir a Dumbra. No quería ni imaginar que ellos tuvieran que enfrentarse a los zombies.
—Pero si lo sigue prolongando, nunca lo sabrá —no pude evitar ser honesto, y él asintió mientras cerraba los ojos.
—Lo sé, gracias de todas maneras por la oferta, Hori —respondió e intentó poner un semblante más animado—. Ahora dejemos de hablar de eso; ustedes deben haber pasado un infierno estando allá fuera, y no quiero tener que angustiarte con mis cosas.
—No se preocupe, señor Guillermo, gracias por dejarnos quedar aquí —dije y le di un trago a mi bebida.
—¿Quieres que le ponga un poco a tu café? —cuestionó señalando mi taza. Estaba por negarme cuando vi, a través de la ventana, cómo Iván bajaba las escaleras, y una idea tonta cruzó por mi cabeza.
—Claro —respondí.
Después de todo, solo sería un chorro, así que no habría forma de que eso pudiera embriagar a nadie.
—Ya eres mayor de edad, ¿cierto? —cuestionó alejando la botella por un segundo.
—Tengo 22 —respondí, y el mayor volvió a acercar el objeto para terminar por rellenar mi taza.
Iván llegó finalmente hasta la entrada de la cafetería; sin embargo, el señor Guillermo ya había vuelto a guardar la botella en su chamarra.
—Con permiso —habló el de negro antes de entrar y después caminó, hasta la mesa más cercana a las vitrinas.
—Acércate, muchacho —lo invitó el guardia.
Iván nos observó por algunos segundos; parecía indeciso. Seguramente pensaba en algo como que iba en contra de las reglas, el estar en la cocina del instituto; no obstante, decidió avanzar hasta la primera barra.
—Café —le ofrecí, acercándome a él y tendiéndole la taza. Creí que se negaría, pero terminó por tomar el objeto.
Sabía que era demasiado inmaduro hacerle ese tipo de bromas, pero siempre parecía demasiado tenso. Además, esperaba que al acercarlo a su rostro pudiera percatarse de que aquello contenía alcohol y me regresara la taza con un gesto molesto o cualquier otra expresión que indicara que no era un robot, o que me reclamara por estar bebiendo en un momento como ese; sin embargo, llevó el objeto hasta sus labios y le dio un sorbo.
Lo observé con atención, mientras me mordía el labio inferior.
Iván hizo una mueca apenas perceptible y continuó bebiendo.
—Saben, quizás tarde un poco haciendo la cena, así que estaba pensando que, mientras tanto, si quieren, pueden tomar un baño en las regaderas del área de deporte. —Intervino el señor Guillermo y ambos desviamos la mirada hacia él.
—¿No habría problema con eso? —cuestionó Iván.
—Ninguno —dijo el mayor, negando.
—¿En serio hay agua caliente? —pregunté con asombro.
—Sí, aún hay gas, así que puedo llevarlos en cuanto vengan sus compañeras.
—Gracias —respondí y nuevamente centré mi atención en Iván, quien estaba por terminar la bebida. —Será mejor que me des eso —dije y le quité la taza, pues mi plan de molestarlo no había funcionado, aunque era de esperarse. La bebida tenía 3/4 de café y uno de alcohol; seguramente por eso ni siquiera lo había notado.