IVÁN.
Toda mi vida la gente me ha considerado aburrido, distante y hasta insensible. Lo cierto era que mis habilidades para socializar más allá del trabajo eran nulas.
A diferencia de lo que muchos creían, durante mis años como estudiante jamás tuve demasiados amigos. No iba a fiestas, no me reunía con nadie después de clases y ni siquiera podia pensar en consumir alcohol o fumar cigarrillos. No tenía permitido hacer nada que me distrajera de mis deberes como hijo único y futuro heredero de los negocios de mi padre.
Mi rutina se basaba en estudiar para adquirir los conocimientos básicos. Llegar a casa y recibir más clases de lo que mi padre consideraba esencial para poder lidiar con cualquier circunstancia que se me presentara en el camino. Desde exhaustivas horas dedicadas a la teoría económica, política, derecho, moda, idiomas, hasta lecciones de equitación, karate, defensa personal, esgrima e incluso piano y violín. Apenas me quedaba tiempo para poder visitar a Julia y su familia, que, por supuesto, también era una actividad impuesta por mi padre. Así que, desear ir de paseo al parque, jugar videojuegos, ver alguna película en el cine o quedarme a los partidos de fútbol después de clases, no era una opción.
Los fines de semana para otros eran lo más esperado; para mí, los dos días que más rápido quería que transcurrieran. Los sábados y algunos domingos, mi padre se encargaba de supervisar mis avances en cada una de mis lecciones. Se paraba a un metro de mí, cerca de una figura de madera con forma de lobo, mientras yo le decía algunas definiciones o leyes que él consideraba importantes, o me obligaba a tener largas conversaciones en inglés y francés. Si él detectaba cualquier mínimo error, estrellaba con fuerza una larga vara de roble sobre la cabeza del lobo.
El sonido que aquello hacía al impactar y la forma en que las pequeñas astillas volaban me dejaba paralizado.
Aunque procuraba no equivocarme, la simple presencia de mi padre me causaba un pánico enorme, a pesar de que solo una vez uno de esos golpes había sido dirigido hacia mí.
Tenía 14 años, pasaba de mediodía y mi padre me escuchaba atento, mientras le recitaba las aduanas consideradas más importantes en el mundo. Sabía que su humor en esa ocasión no era bueno, pues un día antes había llegado media hora más tarde a casa. Los eventos deportivos de la escuela estaban llevándose a cabo durante esa semana, y algunos compañeros habían insistido para que me quedara un rato, viendo las carreras de los chicos de atletismo. Aunque solo había accedido a unos minutos, pues sabía que mi padre solía llegar dos horas después que yo, al final terminó enterándose y me regañó durante un buen rato.
La cuestión fue que su tolerancia hacia mis equivocaciones durante ese sábado era incluso más baja que veces anteriores.
—Frontera entre China y Rusia —dije, esforzándome porque mi voz no temblara; apretaba con fuerza mi puño derecho y tenía fija la mirada en la figurilla de madera frente a mí.
Mi padre levantó su brazo y estrelló con fuerza el largo objeto de madera sobre la cabeza del lobo.
—Habla más fuerte que no puedo oírte —me ordenó y asentí, pero volvió a lanzar otro golpe—. Y levanta el rostro, Iván, se supone que debes ser alguien firme y seguro.
—Claro, papá... padre —me corregí y, un tanto rígido, enderecé la cabeza—. Frontera entre Estados Unidos y Canadá —continué, pero mi nerviosismo solo aumentó—. Sus aduanas claves son... Detroit y...
Mi mente comenzó a quedarse en blanco. Yo estaba seguro de que me sabía aquel tema a la perfección; sin embargo, tener a mi progenitor tan cerca, con un semblante severo y aquella vara en la mano, aceleraba mi pulso de una manera terrible y hacía que las manos me sudaran de forma incontrolable.
—Detroit y...
Intenté continuar, pero al percatarme de la profundidad de las marcas en la cabeza del lobo, mi garganta empezó a cerrarse.
—¿No lo recuerdas? —cuestionó, juzgándome con la mirada, y apreté mi puño aún más nervioso.
—No, yo...
—¡Deja en paz tus malditos dedos! —subió su tono de voz, y sentí el frío extenderse por mis extremidades. Mi padre casi nunca maldecía. Aquel tipo de palabras estaba prohibidas en mi casa.
El hombre negó con la cabeza por unos segundos y después me miró sin poder ocultar su enojo.
—Súbete la manga derecha de tu suéter —ordenó y abrí los ojos con miedo, pero no me atreví a contradecirlo. Con las manos temblorosas hice lo que me pedía. —Ahora extiende el brazo hacia mí.
—Te prometo que no volveré a equivocarme —dije en apenas un susurro, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban por salir de mis ojos.
—Ni se te ocurra llorar, Iván —me advirtió y negué con miedo—. Uno no debería golpear a sus hijos —continuó hablando, mientras me miraba a los ojos—. Pero no puedes esperar a que me quede de brazos cruzados, cuando aún cometes tantos errores. Yo no voy a dejar que todo mi patrimonio quede en manos de un inservible.
—Perdón—solté, sintiendo un nudo en mi garganta.
—Solo será uno —dijo con el mismo tono serio. —Estoy seguro de que bastará para que pienses mejor en las decisiones que tomarás en el futuro, y logres aclarar tu mente con respecto a lo que debe estar ahí, y lo que no.—mi padre continuó mirándome a los ojos, y estuve a punto de agachar la cabeza, pero sabía que aquello solo lo empeoraría. —¿Entiendes de lo que hablo, verdad? —cuestionó y solo pude asentir.—Bien—soltó finalmente y levantó la vara.
Mis brazos y piernas comenzaron a temblar y tuve que morder el interior de mi labio inferior para evitar gritar.
El extremo del objeto de madera finalmente impactó con fuerza sobre mi piel, y pude sentir cómo el ardor se extendía con rapidez por la zona. No pude evitar gemir de dolor, pero no me moví de mi lugar, pues temía que aquello molestara aún más a mi padre y terminara por volver a golpearme.