El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO CATORCE. 26.

HORI.

—¿Es que Hori, aún no entiendo en qué estabas pensando cuando hiciste eso? —cuestionó Reno, mientras acomodábamos los platos sobre la mesa de la cafetería, y el señor Guillermo preparaba jugo en una de las barras. —Sé que dijiste que él te irritaba, pero la verdad no creí que fuera en serio.

—Que no lo hice por eso —insistí. —Ya sé que fue estúpido, lo admito, pero yo no quería hacerle daño, solo...

—¿Solo qué? —cuestionó, levantando una de sus cejas.

—No lo sé... No sé por qué actuó de esa manera cuando lo veo, es que el corazón se me acelera y mi cerebro empieza a funcionar de forma extraña —respondí sin pensar y me dejé caer en una de las sillas.

—Pues porque te encanta, y te lo dije —soltó Reno con satisfacción—. Por eso actúas más idiota de lo normal.

—No me encanta —me defendí, entrecerrando los ojos, y ella me miró con incredulidad—. Bueno, quizá me gusté un poco —acepté avergonzado—, pero es solo algo físico —añadí, aunque no estaba seguro de que en realidad solo fuera eso.

—Sí, claro —respondió Reno con tono sarcástico—. Porque has actuado como un tonto con cada chico que te ha parecido lindo.

—Da igual lo que me pase con él —suspiré cansado—. De todas maneras, una vez que ellos lleguen a su destino, terminaremos por separarnos, y yo no tendré que lidiar más con esto —añadí, agachando la cabeza.

Reno parecía querer seguir discutiendo, pero Julia e Iván finalmente entraron, y tomaron asiento junto a nosotros. La chica nos sonrió con amabilidad, pero el mayor mantuvo el gesto inexpresivo de siempre, lo que me hizo sentir nervioso, pues de esa forma no podia saber qué tan molesto estaba conmigo.

El señor Guillermo se acercó hacia nosotros con una jarra y algunos vasos, y finalmente se sentó para que todos pudiéramos desayunar.

Fue un desayuno un tanto incómodo, pues por algún motivo nadie dijo nada, y solo podía oírse el sonido de los cubiertos al ser utilizados. Cuando todos terminamos, pensé que sería el momento indicado para poder hablar con Iván; sin embargo, en cuanto Reno se ofreció a lavar los platos, él se levantó para ayudarla.

—No me parece que él esté acostumbrado a lavar nada —dije, observando a Julia, y ella me sonrió de manera nerviosa.

—Bueno, en realidad no, pero no creo que sea algo que le moleste —respondió encogiéndose de hombros.

—Si no les importa, ustedes podrían acompañarme a prender las calderas, así puedo aprovechar para mostrarles dónde están las regaderas, y también podríamos buscar algunos uniformes deportivos, para que puedan estar más cómodos —intervino el señor Guillermo, llamando nuestra atención.

—Está bien —asentí parándome de mi lugar y Julia me imitó.

—Por supuesto —dijo la chica, y ambos seguimos al vigilante al exterior.

Aunque el sol estaba oculto tras algunas nubes, la brisa era bastante cálida.

Recorrimos algunos metros hasta que quedó a la vista la cancha de fútbol de la secundaria. Era demasiado grande, y el pasto tenía un intenso color verde. Pasamos junto a ella y continuamos caminando en dirección al que debía ser el edificio de deportes, pero no entramos. Rodeamos la enorme estructura, hasta toparnos con cinco escalones que daban hacia una puerta negra. El señor Guillermo los bajó y nos indicó que lo siguiéramos, mientras abría, y entraba a una pequeña habitación.

En cuanto encendió la luz, quedaron a la vista las calderas. El sitio olía a humedad, y apenas había espacio para que entráramos los tres. Además, el techo estaba muy bajo.

—Solo debemos presionar estos botones —nos explicó, pulsando tres círculos verdes.

Julia y yo asentimos, aunque ambos sabíamos que no nos quedaríamos por mucho tiempo en la escuela, así que aquello en realidad no era algo que obligatoriamente necesitáramos saber.

—Bueno, ahora hay que volver a subir. Los llevaré al área de los equipos para buscar los uniformes. —El señor Guillermo salió y lo seguimos a la entrada del edificio. —¿Eres fanático del basquetbol? Podríamos pasar por la cancha si quieres —dijo el hombre, mientras observaba mi camiseta.

—En realidad no sé jugar —respondí apenado—. Mi padre me regaló esta camiseta cuando tenía 13. Él solía jugar cuando era joven, usaba el número 26, y quería que yo entrara al equipo de la secundaria, así que me mandó a hacer un uniforme.

—Vaya, aún te queda muy bien —dijo Julia, observando la prenda, mientras caminábamos por un pasillo de paredes azules.

Recién habíamos pasado lo que parecía ser una especie de recepción, pues en una de las paredes había una hoja pegada donde se podía leer: "Favor de mostrar su credencial de estudiante; de lo contrario no se le permitirá el acceso a las instalaciones. Si eres visitante, pide tu pase como invitado".

—Sí, es que cuando me la dio me quedaba enorme, y creo que no crecí tanto como él esperaba —respondí un tanto decepcionado.

—Mi hijo y yo también tenemos playeras iguales, con el número 10 —intervino el señor Guillermo—. Los domingos solemos ir a jugar béisbol —el hombre sonrió con nostalgia—. ¿También sueles pasar tiempo con tu padre, Hori?—cuestionó el vigilante.

—En realidad no —dije algo incómodo—. De hecho, solía pasar más tiempo con mi madre, bueno, antes de entrar a la universidad, pero aún nos llevamos muy bien. —Continúe, observando hacia los lados. Nos desviamos al extremo derecho, hasta dos enormes puertas grises; de ellas colgaba una placa donde estaban grabadas las palabras "equipo de voleibol". —¿Y tú, Julia? —miré a la de cabello naranja—. ¿Practicabas algún deporte antes de que todo esto empezara?

—Estaba en el equipo de tenis y de natación cuando iba en la preparatoria, y mi padre me obligó a tomar durante un tiempo karate, pero ahora solo voy de vez en cuando al gimnasio —explicó y asentí sorprendido.

—Veo que soy el que tiene menos posibilidades de sobrevivir —bromeé, aunque en el fondo sí me sentía un poco preocupado, por mis pocas habilidades físicas.




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