JULIA.
Reno parecía tensa mientras caminábamos hacia las regaderas. Abría y cerraba su mano izquierda de forma inquieta. Incluso si recién nos conocíamos, podía saber que esa actitud no era normal en ella, por lo que algo debía estarle afectando.
No me gustaba el hecho de que las personas estuvieran tristes o pasando por un mal rato y yo me quedara de brazos cruzados, pero tampoco quería actuar de forma imprudente y que ella terminara pensando que sus sentimientos no me importaban.
Apenas llevaba un par de días tratando a Reno y Hori, pero ya me agradaban. Reno era de esas personas que te daban la impresión de ser carismáticas y divertidas desde el primer momento en el que las veías, y al conocerla también podías notar lo fuerte e inteligente que era, y Hori, aunque tenía el aspecto de un rebelde, me parecía que en el fondo en realidad era un chico muy dulce y noble. Si bien era verdad que llegaba a ser un tanto impetuoso y Reno no dudaba en seguir sus locuras, ambos nos habían ayudado a salir de la heladería. De no haber sido ese el caso, probablemente aún estaríamos en la plaza rodeados de zombies.
—¿Estás segura de que no te sientes incómoda con que yo esté aquí? —cuestionó la más alta, mientras nos deteníamos cerca de las bancas, que estaban frente a las regaderas.
—Estoy bien —respondí con honestidad, colocando mis cosas en el largo asiento—. ¿Tú estás cómoda? —pregunté, observándola a los ojos.
—Sí —dijo y sonrió un tanto más relajada.
—Bien —solté y le sonreí de vuelta.
Ambas entramos a las regaderas.
Seguía sin asimilar del todo el hecho de que cuerpos infectados hubiesen caído desde el cielo, como si de una llovizna infernal se tratara. En realidad, Ivan y yo ni siquiera habíamos sido testigos de cómo descendían, pero tras escuchar a Hori y Reno, un terrible escalofrío había invadido mi cuerpo y en ese momento en mi mente solo rondaron las palabras <<¿Por qué?>> y <<no quiero morir>>. Así que me parecía una suerte que, en pleno apocalipsis, hubiésemos podido llegar hasta la secundaria y darnos el lujo de tomar un baño, y es que en ese momento podía caer en cuenta de que lo que días atrás eran trivialidades, dejarían de serlo conforme la infección se propagara. Si las cosas empeoraban, el solo hecho de seguir respirando sería una de nuestras mayores preocupaciones, pero, por más cierto que fuera todo eso, no quería atormentarme pensando en lo que podía pasar. Lo mejor era vivir momento a momento, y para alguien como yo, que siempre tuvo la impresión de solo estar siendo consumida por el paso del tiempo, sin sentirse satisfecha con lo que ocurría en su vida. El hecho de saber que allá afuera había tipos dispuestos a morderme y convertirme en parte de su ejército solo me hacía apreciar más los momentos simples y el tener la oportunidad de conocer a nuevas personas.
En cuanto terminé de desvestirme, giré la llave del agua caliente y, al cerciorarme de que la temperatura me agradaba, me moví para que el líquido pudiera empaparme por completo.
El contacto del agua de cierta manera era reconfortante. Aminoraba la tensión en mis músculos, provocada por todo el estrés y miedo de los últimos días.
—Por cierto, creo que nunca les dimos las gracias por ayudarnos a salir de la plaza —hablé mientras me lavaba el cabello.
—No tienen por qué —respondió Reno al otro lado—. Fue un trabajo en equipo.
—Aun así, me alegra que aparecieran —dije con honestidad—. Salir de ahí, sin duda fue de lo más terrorífico que he vivido, pero pudimos hacerlo y ahora todos estamos a salvo.
—Lo sé, sobre todo con la introducción a escena del lago de los cisnes de fondo —respondió con diversión y soltó una risa, por lo que no pude evitar imitarla.
—¿Conoces la pieza? —indagué después de unos segundos.
—Sí, mi hermana menor toma clases de ballet —explicó.
—Oh, tienes hermanos —solté con curiosidad.
—Sí, dos hermanos menores; de hecho son mellizos —aclaró. Sonaba feliz al hablar de ellos: —Son Renly y Riley.
—Con esos nombres suena a que son adorables —dije con sinceridad, intentando imaginarme cómo lucirían aquellos niños.
—Ocasionalmente. La mayor parte del tiempo son un desastre —respondió con tono divertido—, pero solo tienen 11 años, así que supongo que es normal.
—Supongo que sí —sonreí—. ¿Están en Dumbra con tus padres?
—Sí —respondió Reno—. ¿Tú tienes hermanos?
—Tengo un hermano mayor, llamado Spencer —contesté, sintiendo cómo la preocupación invadía mi pecho.
Me asustaba no saber nada de mis padres, ni de él. Spencer y yo en realidad no éramos muy unidos, debido a sus responsabilidades y al hecho de que él ya empezaba a formar su propia familia, pero sin duda lo quería y suplicaba porque estuviera a salvo. Lo más seguro era que se encontrara en casa, con sus guardaespaldas y su esposa. Pensar en que era así me ayudaba a mantenerme tranquila, aunque en el fondo una parte de mí quería salir corriendo, hasta encontrarlos, y asegurarme de que nada les hubiera sucedido.
—Espero que puedas ver pronto a tu familia —habló Reno, como leyendo mis pensamientos.
—Lo mismo espero para ti —respondí y sonreí para intentar tranquilizarme.
(...)
Al salir de las regaderas, me sentía mucho más relajada. La mejilla aún me dolía debido a la herida que me había hecho al golpearme en la mesa, cuando el caos dio inicio en la plaza, pero estaba segura de que sanaría con el paso de los días.
Los uniformes realmente eran cómodos. El color no me agradaba del todo, ni la idea de que le perteneciera a otra persona, pero era cierto que nos permitiría movernos con más libertad. Además, mi ropa de antes estaba llena de sangre y suciedad, y aunque yo amaba mi abrigo, lo mejor era dejarlo junto con mi suéter de cachemira y mi pantalón de edición especial.
Por otro lado, Hori e Iván se habían abstenido de abandonar sus pertenencias. Aunque se la pasaban reparando en lo distintos que eran, también tenían similitudes, como el hecho de que ninguno de los dos quería dejar su playera y abrigo favorito. Incluso los habían lavado en las regaderas.