RENO.
La arquería siempre ha sido uno de los grandes amores en la vida de mi padre. (Los otros eran mi madre, mis hermanos y yo, y los waffles con cajeta y helado que preparaba los domingos). Así que desde muy joven él solía regalarme arcos de juguete, de esos que vienen con flechas de punta de goma naranja.
Cuando cumplí 8 años y la fuerza en mis brazos aumentó, y fui capaz de seguir mejor sus indicaciones, decidió que era momento de llevarme al campo de tiro donde solía dar clases.
Amaba demasiado esos momentos que él y yo pasábamos practicando. Su paciencia al enseñarme y el cómo se alegraba por mis triunfos, incluso los más pequeños. Como cuando mi flecha pasó de caer del color negro al azul.
Me hubiese gustado decir que yo era una de esas personas superdotadas, a las que les bastaba una sola vez para hacer algo a la perfección. Lo cierto fue que volverme medianamente buena en la arquería requirió de muchas horas de clase, pero aquello me gustaba, era algo especial entre los dos.
En la actualidad, tenía sentimientos encontrados con respecto al tema, pues desde que entré a la universidad dejé la arquería a un lado. Aunque tenía que admitir que no solo se debía al hecho de mudarme a otro lugar y querer enfocarme en las clases, sino que también, en el fondo, una parte de mí no podía evitar sentir que había arruinado esos momentos con mi padre.
Desde que fui capaz de ser más consciente de mí misma, pude darme cuenta de que algo no cuadraba conmigo. Sabía que físicamente era un chico, pero en mi interior, en lo que los demás llamaban alma o "el verdadero yo", siempre supe que era una mujer. Aquello me aterró al principio, porque ni siquiera yo era capaz de entenderlo del todo, y después, el imaginar lo que mis padres podrían pensar me hacía sentir un pánico enorme.
Anhelaba que los demás fuesen capaces de verme justo como era, que se percataran de lo encerrada que me sentía, como si estuviera dentro de un cascarón, o en un capullo. Lo desesperante que era querer salir de ahí, ante todos.
Lo cierto fue que no me atreví a hacerlo hasta que tuve 16. Un par de días antes se lo había confesado a Hori, y el hecho de que él me hubiese escuchado y ofrecido su apoyo me había motivado a hablar con mis padres. Sabía que Hori no me juzgaría. Él siempre había sido más de lo que esperaba poder encontrar en una persona, y me alegraba tanto que fuéramos unidos.
Recuerdo a la perfección la tarde en la que se lo dije a mi padre. Lo sofocante que estaba el calor ese día. A Clara, la otra instructora, y a Michael, el chico de cabello rubio al que se encargaba de instruir. Ellos se encontraban hasta el otro extremo, en la última de las dianas, así que sabía que no podían escucharnos.
Mi padre y yo llevábamos una playera blanca con negro, que tenía el logo del instituto en la parte derecha del frente, lo que nos identificaba como miembros. Para ese entonces ya tenía el cabello por encima de los hombros, pero a mi padre no le molestaba, pues era un fanático de Nirvana y otras bandas de rock, así que las cabelleras largas, según él, tenían mucho estilo.
—Sabes, agradezco que pasemos tiempo juntos —habló mi padre cuando lancé la última de las flechas, y esta dio casi en el centro. —Muchos chicos de tu edad odian pasar tiempo con sus padres, así que el hecho de que mi hijo mayor haga esto conmigo, me pone muy feliz. —dijo sonriendo.
No pude evitar sentirme un tanto nerviosa, pues desde temprano buscaba el momento ideal para hablarle de lo que sentía, pero al final el miedo seguía dominándome.
Mi padre siempre había sido alguien tranquilo y amable. A veces le gustaba hacer bromas y también era muy alegre. Era de esos adultos en los que podías confiar, y aun así me costaba demasiado sincerarme, porque temía decepcionarlo de alguna forma.
—También me gusta pasar tiempo contigo, papá —respondí con sinceridad, sonriendo de lado—. Y cada vez, entiendo más tu amor por la arquería.—Añadí y apreté el lomo del arco, pues mi ansiedad no hacía más que aumentar.
—Me alegro, yo ya no pude cumplir mi sueño de ser el Hawkeye de Dumbra, pero tú podrías serlo —bromeó, y me hizo una seña para que nos alejáramos del campo de tiro un momento, pues necesitaba un descanso.
—Bueno, también podría ser Katniss Everdeen —dije, intentando que sonara como una broma, aunque en el interior solo buscaba una excusa para poder iniciar con mi confesión.
Mi padre se encogió de hombros, mientras sonreía de lado.
—O Carol de The Walking Dead —agregó él, siguiéndome el juego—. Uy, también podrías ser Legolas.
Una vez que llegamos hasta las bancas más cercanas, tomamos asiento y el silencio se hizo presente.
Sabía que ese era el momento. Podía sentirlo en mi pecho, como si algo en mi cabeza me gritara: "Debes hablar ahora".
—Papá —dije, sin poder evitar que mi voz temblara—. Necesito decirte algo.
La expresión de mi padre cambió a una de preocupación, pues seguramente mi actitud dejaba en evidencia que se trataba de algo importante.
—¿Qué sucede? —cuestionó, mirándome con detenimiento, mientras su ceño se fruncía levemente.
—Yo... yo no sé de qué manera decírtelo...
Era verdad; por más que había intentado pensar en qué palabras usar para hablarle de aquello, mi cerebro no lograba idear algo que ayudara a expresarme. Quería hacerlo en ese momento, pues si me esperaba al llegar a casa, tendría que enfrentarme también a mi madre, y si estaban los dos, solo incrementaría mi miedo, lo que haría que terminara por acobardarme.
—Reno, dime que no embarazaste a una chica —pidió con seriedad y negué rápidamente.
—No, claro que no, papá. No se trata de eso —aclaré— jugando con mis manos, mientras intentaba controlar mi respiración, pues comenzaba a agitarme.