El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO DIECISIETE. LAMENTOS SILENCIOSOS EN EL BOSQUE.

IVÁN.

Corrimos de forma frenética, sin detenernos a pensar o asimilar por un segundo lo que minutos atrás había sucedido. Como si de alguna forma el no mencionarlo lo hiciera irreal, pero no era así; mis manos aún temblaban y sentía el pulso acelerado.

Ya había presenciado la muerte de Natalia, pero esta vez todo fue mucho más aterrador. Además, el haber convivido por más tiempo con el señor Guillermo había hecho que perderlo pesara el doble. Lo que me hacía sentir angustiado, pues si el mundo seguía así. Si los infectados incrementaban, la posibilidad de ver morir a los que me importaban siempre sería alta, y no estaba seguro de poder soportarlo.

Hori parecía ser el más afectado, y una parte de mí quería hallar la forma de consolarlo. De poder cambiar esa expresión de desconcierto y pesar en su rostro. No soportaba verlo de esa manera, y no entendía la razón. No entendía todas esas nuevas emociones que poco a poco surgían en mi pecho. Acumulándose, haciéndome sentir sofocado, porque no tenía idea de cómo actuar sin creer que estaba perdiendo el control de mí mismo. Que estaba fallando a cada una de mis enseñanzas.

Miré mi brazo unos segundos, y un desagradable frío recorrió mi columna. Era como un terrible recordatorio de lo que se esperaba de mí. Lo que me mantenía dentro de mis cabales. Probablemente a otros les parecería algo patético, y quizás lo era, pero el miedo ya estaba aferrado a mi cuerpo, expandiéndose desde esa extremidad.

Suspiré profundamente un par de veces, intentando tranquilizarme. Volví a enfocar la mirada en el camino, y la imagen del bosque al frente me tomó por sorpresa. Ni siquiera había notado que habíamos dejado atrás la ciudad. Era terrorífico lo que el estar desconcertado podía provocar.

Seguimos andando un rato más, hasta que la noche cayó y nos fue imposible continuar entre la naturaleza.

—Debemos parar —habló Reno finalmente—, encontrar una manera de hacer fuego y resguardarnos. Aún queda demasiado bosque por delante y no creo que lo mejor sea seguir en la oscuridad.

Asentí, pues aunque la idea de pasar la noche a la intemperie no me hacía gracia. No teníamos más opción.

—¿Saben hacer una fogata? —preguntó Julia mirando con nerviosismo a su alrededor—. ¿Alguna vez durmieron en un lugar así?

Reno negó, pero dejó su mochila cerca de un árbol y comenzó a juntar algunas ramas que estaban esparcidas en el suelo.

Julia y yo nos miramos un momento sin tener muy claro lo que debíamos hacer, pero al final decidimos imitarla.

(...)

Tras un largo rato, el fuego finalmente creció hasta convertirse en una fogata que fuese capaz de proporcionarnos calor a todos.

Reno se dejó caer junto a Hori, con expresión cansada. El chico solo se dedicaba a observar las llamas. Parecía ido y, al notarlo, la más alta colocó una mano tras su espalda sin decir nada.

Julia me tomó por el brazo para que nos sentáramos más cerca del fuego, y después se descolgó su mochila para poder sacar algunas botellas de agua. Les tendió una a los menores, pero solo Reno aceptó.

—No, gracias —se limitó a decir Hori.

—Supongo que ya estamos más cerca de su casa, ¿verdad? —cuestionó Reno intentando aligerar el ambiente tan desolador que se sentía, pero las expresiones de todos solo podían reflejar miedo y agotamiento.

—Si continuamos mañana a primera hora, tal vez lleguemos antes del anochecer.—respondio Julia, pero sabía que aquello no era del todo cierto, pues había escuchado duda en su voz.

—Deberían aprovechar para descansar un poco —sugerí y ambas chicas asintieron.

El silencio nuevamente se hizo presente y apenas unos minutos después Julia y Reno ya habían cerrado los ojos. Ni siquiera me sorprendió la rapidez con la que se durmieron, pues su agotamiento físico y mental debía ser demasiado.

Los párpados también me pesaban. Sin embargo, sabía que alguien debía vigilar, y aunque Hori aún permanecía despierto, no me parecía que estuviera en condiciones de hacerlo.

—Deberías dormir, Hori —dije tras observarlo y levantó la vista hacia mí.

Sus ojos estaban llorosos y su rostro pálido.

—No puedo —respondió casi en un susurro—. Si cierro los ojos, estoy seguro de que veré su rostro y su muerte solo se repetirá en mi cabeza —añadió con voz temblorosa—. Fue mi culpa.

—No, no es cierto —respondí con firmeza.

—Yo le dije que viniera; él estaba a salvo en la escuela, pero yo le sugerí que nos acompañara —debatio y algunas lágrimas escurrieron por sus mejillas.

—Y que aceptara fue su decisión. Además, su muerte fue causada por los infectados que el sujeto dejó entrar y nadie podia saber que pasaría eso —respondí sin dejar de mirarlo. Una parte de mí queria levantarse y acercarse a él, porque verlo solo, llorando de esa manera, se sentía como un golpe directo en el pecho.

Ni siquiera entendía cómo alguien al que apenas conocía podia provocarme algo así.

—Nos buscaba a mí y a Reno. Quería vengarse de mí por enfrentarlos y mira cómo acabó todo —soltó con frustración.

—Hori, no puedes culparte por las cosas malas que hacen otras personas...

—Me culpo por ser un estúpido y un cobarde —me interrumpió, mientras se limpiaba con brusquedad las lágrimas. No pude evitar fruncir el ceño ante sus palabras. —¿Qué? —¿Vas a reprenderme por decir una mala palabra? —cuestionó tras ver mi actitud.

Me quedé en silencio por un momento y después negué con la cabeza.

—No, es solo que yo no pienso que seas cobarde, ni tampoco... tampoco estúpido —respondí, bajando la voz en la última palabra.

Hori no respondió al instante. Se pasó una mano por el cabello y respiró para tranquilizarse.

—¿Te han dicho lo atractivo que te ves cuando dices groserías? —soltó para molestarme y sonrió con cinismo.

Intenté mantener la calma ante sus palabras y entrecerré ligeramente los ojos para después desviar la mirada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.