El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO DIECIOCHO. ESTAR EN PELIGRO DE MUERTE SACA A RELUCIR LOS DESEOS.

HORI.

El sonido que producían los zombies al estrellarse contra las puertas de aquella habitación solo conseguía acelerar mis pulsaciones. Estaba casi seguro de que moriría en ese lugar. Lo sabía al ver las bisagras de la puerta a punto de quebrarse.

Iván soltó mi mano, y hasta ese momento pude percatarme de que habíamos estado de esa forma por más tiempo del necesario. Miró a su alrededor, intentando encontrar algo, seguramente para poder usarlo como una barrera y retrasar lo que parecía inevitable.

En ese momento, un montón de cosas vinieron a mi cabeza.

Mi madre y el hecho de que quizás ya no volvería a verla, y lo mucho que eso me asustaba, pues sabía que ella no se quedaría de brazos cruzados, y saldría a buscarme. Lo último que queria era que se expusiera. No deseaba que tuviera que escapar de los zombies de forma constante.

El señor Guillermo, a quien, a pesar de haber conocido por tan poco tiempo, no lograba olvidar. Solo podía pensar en la forma tan horrible en la que había muerto. En el hecho de que ya no pudo saber si su familia aún seguía con vida, y quiénes, de ser ese el caso, probablemente continuarían con la esperanza de que él volviera.

Y por último, Julia y Reno, que aún estaban afuera, y no teníamos idea de si había zombies persiguiéndolas, y no quería que ellas murieran.

—Iván, necesito decirte algo —hablé, saliendo de mi desconcierto, mientras observaba cómo tiraba todos los objetos y herramientas que había sobre una pequeña mesa de madera y se dirigía hacia la puerta.

Quería disculparme con él por lo que le había hecho en la secundaria. Era probable que esa fuese mi última oportunidad y no deseaba desperdiciarla. Por algún motivo incomprensible, no queria que Iván se fuera con una mala imagen de mí. Mucho menos después de que intentara animarme la otra noche.

—Hori, no creo que este sea el momento adecuado —soltó con esfuerzo, mientras colocaba el mueble para obstruir la puerta.

—Tal vez sea el último momento que tengamos juntos —respondí un tanto alterado, pues el sonido de los zombies intentando entrar solo incrementaba.

—Hori, ¿por qué siempre eliges los peores momentos para esto? —cuestionó con seriedad.

—¿Sabes qué? ¡Olvídalo! —solté irritado.

Había pensado que después de lo de la fogata nos llevaríamos un poco mejor, pero terminé por equivocarme.

Desvié la mirada hacia el otro lado del pequeño cuarto, donde estaban esparcidas las herramientas, algunos tubos de tela, frascos de pintura y varias latas de aerosol.

Mi corazón siguió latiendo con una rapidez preocupante y pronto sentí el frío invadiendo mi cuerpo. Tenía miedo, no quería morir. No quería hacerlo sin saber que Reno y mi madre estaban bien.

Di un par de pasos y me hinqué para poder recoger una de las latas. Volví a ponerme de pie y agité el envase por unos segundos.

Iván me observaba con desconcierto, sin decir una palabra.

Finalmente, le quité la tapa e hice un trazo en una de las paredes. La pintura era de un tono rosa fosforescente. Poco a poco escribí mi nombre. Las primeras letras estaban un tanto chuecas, pero lograban ser entendibles.

—¿Qué crees que haces? —cuestionó Iván, acortando la distancia entre nosotros y tomándome del brazo donde sostenía el aerosol para poder quitarme el objeto.

—Siempre quise hacer eso, y ahora que estamos a punto de morir, solo aproveché la oportunidad —solté con una mezcla de sinceridad e irritación, mientras apartaba mi mano con brusquedad.

—Me sorprende que ni siquiera en momentos así puedas actuar con madurez —soltó con tono alterado, lo que me tomó por sorpresa, pues desde que lo conocía nunca lo había visto perder la calma. —Es que no te entiendo, Hori, pareciera que nunca piensas las cosas antes de hacerlas.

— ¿A sí? —dije con enojo—. Pues tal vez tú deberías hacer eso. Dejar de querer controlar cada aspecto de tu vida, porque mira nuestra situación ahora —añadí, señalando la puerta y acortando la distancia entre ambos—. ¿No te parece ridículo querer seguir siendo recto y pulcro, cuando en cualquier momento entrarán a comernos el maldito cerebro? Así que si lo último que puedo hacer es cumplir uno de los pocos caprichos que tenía en la vida, lo haré.

Iván no respondió de inmediato; se dedicó a observarme con el ceño fruncido. Su aura era gélida en ese instante. Apenas un paso nos separaba, y eso solo aumentó la irritación en mi interior.

—No sé por qué logras alterarme tanto —susurró con frustración sin apartar la mirada de mí.

—Quizás sea porque yo no me reprimo todo el tiempo, y apuesto a que tú te mueres cada segundo de tu vida por dejar de ser el tipo perfecto que aparentas ser todos los días —solté de manera desafiante.

—Ya basta, Hori —me pidió intentando retomar la seriedad, pero su respiración pareció acelerarse.

—Dime que miento —lo reté; podía sentir cómo mis ojos se llenaban de lágrimas debido al pánico y lo alterado que estaba en ese momento.

—Hori —volvió a repetir, cerrando los ojos un instante.

—¡Vamos a morir, Iván! Así que por una sola vez en tu vida sé sincero contigo mismo y haz algo sin pensar en las conse...

Mi discurso fue interrumpido, pues Iván colocó una de sus manos sobre mi pecho, para empujarme hasta acorralarme contra una de las paredes del lugar. Sus penetrantes ojos grises me miraron fijamente por apenas un segundo, y cuando estaba a punto de reclamarle, acercó su rostro al mío y me besó, logrando dejarme sin palabras.

Aquello me tomó tan por sorpresa que por un instante me sentí paralizado. Me dio la impresión de que el aire había dejado de pasar hasta mis pulmones y de que mi mente se había quedado en blanco, pero cuando el calor en mi cuerpo incrementó, subiendo hasta mi rostro, y mi corazón latió con tanta rapidez como para salirse de mi pecho, finalmente cerré los ojos y le correspondí.

No podía ser de otra manera. No hubiese habido forma de que me negara. No cuando desde mucho antes yo había querido hacer eso. Cuando llevaba días pensando en la sensación que tendrían sus labios contra los míos. Finalmente lo sabía; eran mucho más suaves de lo que esperaba, pero se movían de una forma agresiva. Algo inesperado tratándose de Iván.




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