El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO DIECINUEVE. MARIONETAS.

JULIA.

De alguna manera para mí, la incredulidad y el frío siempre se habían relacionado. Esa sensación de no poder dar crédito a algo se mezclaba con el entumecimiento de mis extremidades. Una vez más me habían mentido, y se trataba de alguien importante para mí.

Desde mucho antes, era consciente de que Iván jamás me vería de manera romántica. Lo había aceptado e inclusive al terminar, una parte de mí se sintió mucho más ligera. Sin embargo, en mi cabeza nunca había cruzado la posibilidad de que fuera porque le gustaban los chicos. Yo no tenía absolutamente nada en contra de las preferencias de los demás, pero el hecho de que no me hubiese considerado alguien confiable como para decirme algo así, me dolía. Sobre todo porque, por un largo tiempo, solo había podido pensar en las razones por las que nunca fui suficiente para él. En lo que me hacía falta para ser perfecta ante sus ojos. Además, el haberme enterado de esa manera solo acentuaba en mi cabeza el irritante pensamiento de que todo lo que tenía era gracias a mis padres. Mi posición, mis logros, mis bienes e incluso mis amigos y quién se suponía que se casaría conmigo. Como si tampoco pudiera lograr por mi cuenta el agradarle a alguien. Ni siquiera a la persona que creí que le importaba genuinamente.

Era como retroceder en el tiempo hasta la preparatoria, cuando mis compañeras de clase susurraban a mis espaldas que Iván únicamente me había pedido salir con él por órdenes de su padre. Aunque había tratado de convencerme de que aquello no era verdad, y de que en realidad había algo en mí que le gustaba, o que las demás chicas decían aquello solo por envidia, pues todas ellas gustaban de él, yo era consciente de que verdaderamente nuestro compromiso solo era posible debido a un acuerdo entre nuestras familias.

Desde entonces, un desagradable vacío había surgido en mi pecho y solo podía preguntarme si algún día sería capaz de lograr algo por mi cuenta que pudiera llenarlo. Había ganado montones de premios y reconocimientos, terminado una carrera e inclusive abierto una galería para mostrar mi arte, pero aun así mi vida se sentía insípida, como si realmente fuera de alguien más. Mi mera existencia se basaba en cumplir un rol para el beneficio de todos los demás.

—Julia, espera —escuché la voz de Iván tras de mí.

Los hombres de negro con los que nos habíamos topado en el jardín aún nos seguían. Se trataba de algunos de los guardias que trabajaban para su padre. Ellos nos habían rescatado a Reno y a mí, y planeaban llevarnos hasta el refugio en donde nuestras familias se resguardaban.

Dejé de caminar, pues aunque había salido a toda prisa del almacén, en realidad no quería alejarme demasiado; aún debía haber infectados rondando el lugar, y no tenía sentido aplazar una conversación que tarde o temprano ocurriría.

—¿Desde cuándo lo sabes? —solté, pues fue lo primero que vino a mi mente.

—¿Saber qué? —cuestionó sin ocultar la angustia en su mirada.

—Dennos un momento, por favor —pedí observando a los guardias y estos le lanzaron una breve mirada a Iván, quien asintió con rapidez, y finalmente se alejaron. —Que te gustan los chicos —dije sin más preámbulos.

Iván me miró fijamente mientras su cuerpo parecía tensarse, y tardó algunos segundos en responder.

—No lo sé.

—¿Te ibas a comprometer conmigo sabiendo que nunca funcionaría? —volví a cuestionar con voz temblorosa, pues odiaba haber sido parte de una mentira. —¿Fue por eso que me terminaste?

—Tenía que funcionar —respondió, sin ocultar del todo su resignación. —Yo.. No sé qué es lo que me está pasando; últimamente no logro pensar con claridad, pero jamás he querido lastimarte. Yo... no debí hacer eso, no debí...

—Besarlo —completé, en cuanto guardó silencio—. Él te gusta, ¿cierto? Hori te gusta.

—No —respondió con rapidez, mientras negaba—. No debe; él no debe...

—Basta —lo interrumpí—. Sé honesto conmigo, al menos con esto, por favor.

La mirada de Iván cambió a una de culpabilidad, y después agachó la cabeza.

—Julia, no sé qué me pasa —admitió—. Estoy haciendo mal las cosas. Estoy fallando... Te fallé a ti.

—No, no quiero ser tu excusa, Iván —pedí sin ocultar mi molestia—. Me mentiste todo este tiempo, me mantuviste con la ilusión de que tal vez algún día lograría ser suficiente para ti.

—Eres suficiente —respondió. —Yo soy el que está mal, estoy haciendo todo mal —siguió insistiendo.

Aunque la mayor parte del rostro de Iván se mantenía impasible, sus ojos reflejaban la desesperación y el miedo que sentía en ese instante. Ver a alguien como él, que gran parte del tiempo se mostraba frío e indescifrable, actuar de esa manera hizo que la molestia que tenía fuese disminuyendo.

—Si dices eso por el hecho de que te gusten los chicos, te equivocas —contesté más tranquila—. Si estoy molesta contigo, es por no haberme dicho que esto te lastimaba así durante todo este tiempo. Por ocultarlo tantos años, y llevarlo al límite de casi comprometernos. Pensé que confiabas en mí —dije, observándolo a los ojos.

—Ni siquiera estoy seguro —respondió pensativo—. No me había puesto a pensar en ese tipo de cosas. Se suponía que gran parte de mi vida ya estaba planificada, pero ha pasado tanto últimamente. Cosas que ni siquiera fui capaz de considerar antes, y no sé cómo seguir dentro de mis cabales.

—No estás saliéndote de tus cabales, Iván, solo estás dejando de pensar como tu padre, y eso no es malo.

—Pero no siento que sea correcto, yo... tengo miedo —admitió y por un segundo su voz tembló—. Estoy asustado porque no sé quién soy y tengo miedo de descubrirlo, y Hori solo está sacando todo aquello que no quiero mostrar.

Escucharlo decir eso me hizo darme cuenta de mi egoísmo. No había considerado que Iván podía sentirse acorralado. Yo más que nadie tenía que tomar en cuenta el control que su padre poseía sobre él. Sobre sus pensamientos y decisiones, y el hecho de que él también era una especie de marioneta.




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