ALEX.
El día que abandonó la heladería...
Una vez que salí de la plaza, corrí a toda velocidad por el estacionamiento trasero. Los pulmones y las piernas me ardían de forma insoportable, y el pitido en mis orejas no hacía más que incrementar. Toda mi ropa estaba llena de sangre a causa de las veces que me había caído y los zombies me atacaron. Para ese punto me sorprendía no haber recibido ninguna mordida y ser uno más de los infectados.
Ni siquiera noté cuando los muertos dejaron de seguirme; solo me detuve cerca de un contenedor de basura porque mis pies finalmente cedieron y casi vuelvo a desvanecerme. Estaba en un callejón; el olor a basura y excremento se mezclaba con la sangre. Miré hacia el frente y pude percatarme del cuerpo de un gato en descomposición. Sentí escalofríos al ver que le faltaban ambas patas y con rapidez aparté la mirada.
Intenté calmar mi respiración mientras ajustaba mi mochila. No pude evitar pensar en lo que haría después. ¿A dónde iría? Si bien no me había parecido buena idea quedarme a morir en la heladería, tampoco tenía un lugar al que realmente quisiera ir. A mi madre no recordaba haberla conocido y mi padre se encontraba al otro lado del mundo junto a su nueva familia. Solía vivir con mi hermano mayor, hasta que apenas una semana después de cumplir 18, un motociclista lo atropelló y murió, dejándome por mi cuenta.
La idea de ir a la universidad quedó descartada momentáneamente, pues las rentas en Carval eran realmente elevadas y apenas podía mantenerme. Por lo que planeaba trabajar durante todo un año, hasta lograr mudarme a una zona más rural donde mis estudios y alojamiento fueran mucho más baratos. Sin embargo, la infección dio inicio antes de que pudiera hacer algo, así que todos mis planes terminaron por irse a la basura. Ya no tenía motivos ni personas por las cuales luchar. Ya no tenía sentido seguir huyendo de los infectados, pero aun así me asustaba morir. Aun así, una parte en mi interior quería seguir viviendo. Esperando que alguna especie de milagro sucediera y yo pudiera dejar de estar tan solo y asustado.
Natalia había muerto. Había perdido a la única amiga que tenía, y aunque Julia e Iván aún se encontraban en la heladería, ni siquiera tenía sentido pensar en quedarme con ellos. Eran muy diferentes a mí. No había forma de que nuestros caminos fueran los mismos.
Sentí un nudo en la garganta. Sin embargo, antes de poder hacer o pensar algo más, un grupo de zombies salió desde la parte delantera del callejón. Intenté retroceder, pero más infectados llegaron desde el otro extremo. El corazón se me aceleró al darme cuenta de que todas mis salidas estaban bloqueadas. Comencé a respirar de forma acelerada y mi cuerpo tembló descontroladamente. No quería que todo acabara en ese momento. Miré a los lados desesperado por hallar alguna manera de huir. Los infectados acortaban cada vez más la distancia. Estirando los brazos, intentando atraparme, y derramando sangre de las heridas en su cuerpo y de sus bocas podridas y rojizas.
Sin más opción y sabiendo que tal vez estaba acelerando mi propia muerte, levanté la tapa del contenedor de basura y brinqué hasta estar adentro. Apenas tuve tiempo de cerrar, pues de inmediato, uno tras otro, los infectados golpearon frenéticamente el metal, intentando de alguna forma hacerme salir de mi escondite.
Me encogí entre la basura. Asustado ante el terrible ruido del exterior que los infectados provocaban. Me llevé ambas manos a las orejas y cerré los ojos. El olor a desechos y frutas podridas me revolvió el estómago. Los ojos me ardían, pero no me permití llorar. Sería patético hacerlo ahí.
Ni siquiera supe cuánto tiempo pasó, pero en cierto momento todo quedó en silencio. El cuerpo me dolía por la posición en la que estaba y el frío era incluso más intenso.
Me llevó unos minutos armarme de valor para intentar salir. Sin embargo, cuando levanté la mano, la tapa no se movió. Una desagradable sensación inundó mi pecho. Me removí inquieto, esforzándome por salir de ahí, pero fue inútil; la tapa parecía atorada. Levanté uno de mis pies y pateé con fuerza, pero nada cambió. Pronto la angustia dio paso a la desesperación y, para cuando me di cuenta, ya estaba gritando por ayuda. No dejé de hacerlo hasta que la garganta me ardió tanto que ya ni siquiera era capaz de hablar y tuve que toser un buen rato.
La espalda empezó a dolerme y me recargué contra una de las paredes de metal. No tenía idea de lo que pasaría si no lograba dejar el contenedor. Mi respiración se agitó y de pronto me sentí muy cansado. Ni siquiera me di cuenta de cuándo me quedé dormido. Solo desperté debido al dolor en mi cuello y porque una de mis piernas comenzaba a dormirse.
Estuve encerrado durante dos días. Dos días que parecieron una tortura interminable. Solo podía gritar y llorar con desesperación. Sabiendo que la posibilidad de que alguien vivo pudiera escucharme era baja. Con solo media botella de agua y un paquete de galletas, que ni siquiera pude comer, pues la peste era insoportable. Sumada al hecho de que, incluso cuando me esforcé por aguantarme, terminé haciéndome encima.
No solo sentía miedo y dolor, sino también humillación e ira. Por momentos pensaba que quizás hubiese sido mejor morir a causa de los zombies que pudrirme entre la basura. Así que comencé a rebuscar entre todos los desechos. Quería hallar algo con lo que dar fin a mi sufrimiento, y tras un largo rato logré encontrar una botella de vidrio. Observé algunos segundos su tono café o al menos así lucía en la oscuridad, y después la estrellé contra una de las paredes del contenedor. Los pedazos de vidrio salieron disparados, cortándome parte de la mano e hiriendo una de mis mejillas. Las lágrimas brotaron de mis ojos y, con lentitud, acerqué el trozo de botella hasta mi garganta. Apreté la mano para evitar que temblara. La punta afilada rozó mi piel y el ardor me causó escalofríos.