IVÁN.
Mi padre me miraba con seriedad. Estaba más que claro que le molestaba el hecho de que hubiese intentado contradecir una de sus indicaciones. Pensaba que tal vez, con todo lo que sucedía, tendría la guardia baja y sería más empático con los demás, pero no era así. Debí notarlo cuando, al vernos después de más de una semana sin saber de mí, su rostro no reflejó nada. Algo que demostrara que estaba aliviado o feliz de que yo siguiera con vida.
—¿En serio creíste buena idea invitar a dos desconocidos a quedarse con nosotros cuando este lugar apenas es lo suficientemente grande como para que estemos cómodos? —preguntó, mientras fruncía el ceño.
No pude evitar pensar en lo exagerado de aquel cuestionamiento, pues el departamento en el que estábamos en ese momento era ideal para resguardar a al menos 15 personas, y si comparábamos nuestra situación con la de otros refugiados, en realidad los privilegios de los que gozábamos eran algo injustos; sin embargo, me abstuve de hacer algún comentario al respecto.
—Tienes razón, no lo fue —dije sin ánimos de iniciar una discusión. —¿Ya hay alguna versión oficial de lo que está sucediendo? —cuestioné, intentando cambiar el tema.
—Los infectados cayeron del cielo —comenzó a decir, sin cambiar su expresión de seriedad—. Obviamente, esto es cosa del gobierno. La mayoría de los enfermos aterrizaron en el centro de la ciudad; sin embargo, algunos descendieron en las orillas, y por esa razón, incluso las zonas privadas como la nuestra terminaron infestadas. Hasta donde mis hombres pudieron averiguar, todo esto es causado por una falla en un proyecto que intentaba amplificar la fuerza y habilidades de los miembros del ejército. Su versión es que, debido al aumento de temperatura en el planeta, la fórmula terminó por alterarse y eso provocó los grotescos cambios en los sujetos —mi padre negó con la cabeza—. Claramente, gran parte de esta teoría es una mentira y ni siquiera explica la razón por la cual llegaron desde el cielo.
Me sorprendía la facilidad con la que mi padre era capaz de obtener información, incluso si en esta ocasión no era del todo certera.
—Entonces los primeros infectados son...
—Soldados —completó mi padre—. Al parecer su experimento dio frutos, pero no los que ellos esperaban, pues aunque sí se volvieron más fuertes, también pudrió sus cerebros.
—Y terminó siendo contagioso —agregué con preocupación.
—Tanto que se está considerando el uso de armas nucleares para evitar que esto se propague y se convierta en una catástrofe mundial —explicó y pude entender por qué alguien como mi padre había accedido a resguardarse junto al resto de la población. —Lo más probable es que planeen limpiar el centro de la ciudad —continuó hablando—. Las pérdidas económicas serán catastróficas, pero sería imprudente arriesgarse. Además, aunque solo Carval esté infectado, para este punto ya debe ser casi imposible dejar el país, así que lo mejor será esperar un tiempo aquí.
—Quizás la infección aún no se propague a los pueblos más alejados de la ciudad —dije recordando lo esperanzado que estaba Hori porque su madre se encontrara bien.
—Eso qué importa, ya estás aquí —respondió, y por un momento creí que mostraba preocupación por mí; sin embargo, siguió hablando—. La continuidad de nuestro apellido está asegurada.
—Así que sería bueno que, mientras estamos encerrados en esta pequeña jaula, te comprometas con Julia para que puedan comenzar con los planes de la boda —intervino mi madre, quien hasta ese momento había permanecido en silencio. Se levantó de su lugar y me dio un corto abrazo a modo de bienvenida. —Quizás este lugar no sea romántico, pero ya sabemos cuál será su respuesta; que se lo pidas, más bien será una formalidad.—añadió tras separarse.
—Terminamos —dije sin pensar.
Quería que supieran cuanto antes que Julia y yo no seguiríamos adelante con esos planes.
—¿Qué? —cuestionó mi madre con incredulidad y mi padre me miró con enojo.
—Julia y yo nos dimos cuenta de que no funcionaría. No hay sentimientos románticos entre nosotros —expliqué.
—¿Sentimientos románticos? —preguntó mi madre con ironía—. ¿Eso qué importa, Iván? Sé que para el año en el que estamos, los matrimonios arreglados son algo anticuados, pero también hay algo en claro, y es que el amor verdadero no perdura. Los sentimientos románticos, como tú los llamas —dijo, observándome con detenimiento— desaparecerán con el paso del tiempo, así que lo importante aquí es asegurar tu descendencia, y qué mejor que con alguien como Julia. Quizás no la ames, pero ambos se llevan bien; es inteligente y muy linda también.
—No creo poder hacerle algo así —respondí con honestidad, pues Julia merecía a alguien que la hiciera verdaderamente feliz. Alguien que no estuviera a punto de perder la cabeza por haber besado a un chico.
Desde que aquello había ocurrido, sentía el corazón acelerado. La imagen no dejaba de aparecer en mi cabeza y era como si las rodillas estuvieran a punto de fallarme cada vez que lo recordaba. Solo quería que aquel momento se repitiera y poder detener el tiempo en ese preciso instante.
—¿Hacerle qué? —mi madre levantó una de sus cejas—. Que ella se case contigo es un gran privilegio. Te hemos educado para que seas una mejor versión de tu padre, así que no veo de qué pueda quejarse.
—Ya se los dije, fue un acuerdo mutuo, así que no voy a obligarla a nada —dije, esperando que dejaran aquel asunto. Aunque conocía a mis padres y ellos jamás cederían ante algo como eso. —Además, aún no creo que sea el momento; yo no estoy listo...
—¿No estás listo? —interrumpió mi padre—. Tienes 25 años; para este punto yo esperaría que estuvieras más que preparado para ese tipo de responsabilidades. No me hagas pensar que estoy a punto de dejarle todo mi patrimonio a un incompetente.
—No es incompetencia —dije, intentando no empeorar la situación—. He seguido cada uno de tus pasos, pero esta vez creo que será mejor si...