HORI.
Pasaron casi tres semanas desde nuestra llegada al refugio, y cada día la desesperación incrementaba en mi pecho, haciendo que no pudiese respirar con normalidad. No podía dejar de pensar en mi madre y en lo mal que seguramente se la estaba pasando. Estar lejos de ella en esas circunstancias era una tortura, pero Reno recién se recuperaba de su torcedura, y haber intentado irnos antes solo la habría puesto en peligro. Además, después de que nos asignaran una habitación, no habíamos vuelto a saber nada de Iván, y Julia solo nos había visitado una vez, para pedirnos que fuésemos pacientes y permitiéramos que nos ayudaran a volver en cuanto las cosas estuvieran más tranquilas con la familia de Iván. Incluso si hubiésemos querido hacer lo contrario, las salidas al exterior del refugio estaban prohibidas, por lo que solo podía vagar angustiado en el patio de aquel lugar. Por si fuera poco, le habían retirado el arco a Reno, alegando que, al ser un arma, podia presentar un peligro para los otros residentes, por lo que nos encontrábamos indefensos.
Apenas podía comer o dormir. Tenía pesadillas sobre mi madre siendo infectada o sobre el señor Guillermo y la forma en que fue devorado. Escuchaba sus gritos en mi cabeza. No podia dejar de pensar en que ya jamás se reuniría con su familia y ellos nunca más sabrían sobre él.
Reno intentaba animarme, mostrándome fotos desde su teléfono, que gracias a la energía de aquel lugar había podido cargar. En ocasiones también me recordaba algunas de nuestras aventuras de cuando éramos adolescentes, intentando hacerme reír, pero poco a poco ella también se iba sumiendo en sus propios sentimientos negativos. Lo podía ver en su mirada. Tenía una especie de oscuridad y sus sonrisas comenzaban a ser forzadas. Aun así, sabía que se empeñaba en mantenerse firme. Que lo hacía por ambos.
La señal no había regresado, por lo que la posibilidad de contactar a mi madre quedaba descartada.
La única forma de llegar a casa era huyendo de aquel lugar...
—Lo haremos esta noche —le dije a Reno, quien estaba recostada en la parte inferior de la litera que nos habían asignado.
El cuarto en el que estábamos era diminuto, igual que el de todos los miembros del personal de los Velasco. Apenas había espacio para la cama y el baño, y un pequeño anaquel donde podíamos poner las pertenencias que nos habían otorgado, y eso era todo. Si queríamos pasar el tiempo, solo teníamos dos opciones: la biblioteca o el patio.
—¿Estás seguro de eso? —preguntó incorporándose, y me senté junto a ella.
—Sí, necesito saber que mi madre está bien —suspiré con preocupación—. ¿Acaso tú no quieres ver a tus padres y a los mellizos?
—Claro que sí —respondió de inmediato—. Cada día de mi vida; es solo que pensé que esperabas poder hablar con él —dijo refiriéndose a Iván, y no pude negarlo porque en parte era verdad.
—Da igual —me resigné—. No creo que lo que sucedió le importara tanto como a mí. Después de todo, en realidad no nos conocemos —suspiré—. Soy un tonto, no tendría por qué afectarme.
—Pero lo hace —dijo mirándome a los ojos con preocupación, y me mantuve en silencio por algunos segundos.
—Tenías razón —solté finalmente. —Él me gusta —admití—. Y me preocupa lo rápido que logró alterar mis sentimientos, porque nunca nadie me había hecho sentir así.
Reno sonrió de lado y se apresuró a abrazarme. Ni siquiera intenté apartarla. Necesitaba aquello, después de todo lo que había sucedido. Permanecimos así por un largo tiempo. Aunque seguía muy preocupado, de alguna forma el estrés había disminuido y todo era gracias a su presencia. Era bueno que ambos siguiéramos juntos.
—Gracias por estar conmigo —expresé con sinceridad.
—Siempre, Horio —respondió usando el apodo que sus hermanos menores me habían puesto, y no pude evitar sonreír. —Vayamos a casa entonces —añadió y asentí.
—Eso será lo mejor —me dije más para mí mismo—. Me gusta, pero no puedo esperar para siempre en este lugar; debo llegar con mi madre.
—Él se lo pierde, tú eres un dolor de cabeza muy valioso, Hori —bromeó, y simulé golpear su brazo—. Debemos hacerlo después de las 9:30, que es cuando las luces se apagan. En estos días he estado recorriendo cuanto de este lugar me fue posible, y aunque sí es algo difícil entrar, encontré una manera de salir. Hay una abertura en uno de los muros traseros. Creo que, como son muy altos, no les parece un gran riesgo. Deben pensar que, en el estado que se encuentran los infectados, no podrán escalar hasta ahí.
—Sí, no creo que sean capaces de usar una escalera —bromeé.
—Qué suerte que nosotros no estemos infectados —dijo con tono optimista.
—Aun así, dudo que podamos conseguir una escalera sin que nos descubran —debatí.
—Una escalera no, pero una cuerda sí —dijo la mayor, mientras miraba debajo de la cama y sacaba una soga gruesa de color café—. Son unos tres metros. Si te cargo, puedes llegar hasta la abertura y lanzármela.
—Creí que después de lo del hotel cosas como estas quedarían descartadas —admití con preocupación—. ¿Y de dónde la sacaste?
Reno estaba por responder cuando alguien llamó a la puerta. Me levanté un tanto confundido mientras la más alta escondía de nuevo el objeto.
Sabía que no podían ser Julia ni Iván. Sin embargo, no esperaba encontrarme a Alex al abrir.
—Hola —saludé aún sin saber por qué el pelirrojo estaba ahí. Apenas habíamos cruzado un par de palabras el día en que llegamos.
—¿Qué tal?—respondió. Parecía un poco incómodo.
—¿Quieres pasar? —cuestioné haciéndome a un lado y él asintió mientras ingresaba a la habitación.
—Alex —dijo Reno una vez que el menor estuvo cerca de las literas.
—Hola. —Le devolvió el saludo y de nuevo me miró. —Iré al grano, estoy aquí por Iván.
—¿Por Iván? —cuestioné asombrado, sin poder evitar sentir un vuelco en el estómago.