El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO VEINTICINCO. LOS ZOMBIES Y LOS PROBLEMAS ABUNDAN EN EL APOCALIPSIS.

RENO.

Aunque habíamos logrado dejar el refugio con facilidad, no podía evitar sentirme intranquila. Desde que la infección había comenzado, tenía la impresión de que poco a poco me desbordaba. Todo había cambiado en tan poco tiempo. Antes nuestras preocupaciones eran banales, pero ahora debíamos huir, pensar en cómo sobrevivir y, en mi caso, evitar que mis emociones me consumieran. Había matado a un hombre. Lo había hecho con tanta rapidez que al principio incluso se sintió irreal. Mi flecha había perforado su frente. Atravesando la piel y el hueso, hasta llegar a su cerebro. A veces aún podía oír el silbido del proyectil al dispararse y ver el miedo en los ojos del señor Guillermo.

Me sentía extraña, como si estuviera vacía, pero al mismo tiempo tuviese que cargar con algo extra. Aun así, no podía perder la cordura. No cuando Hori viajaba a mi lado. Si de algo estaba segura, era de que haría todo lo posible porque él llegara salvo con su madre.

Deseaba demasiado estar en mi casa, junto a mi familia. Haber usado nuevamente el arco me había hecho sentir que otra vez era cercana a mi padre y solo queria poder abrazarlo y decirle que lo quería.

Aún me costaba asimilar que Iván y Julia hubieran decidido ir con nosotros. Su compañía era agradable, pero arriesgarse de esa manera no era un juego. Sin embargo, que lo hicieran solo había confirmado una cosa: los sentimientos de Hori sí eran correspondidos, o al menos hasta cierto punto. Pero era entendible; enamorarse de Hori era algo fácil, incluso yo lo había estado cuando íbamos en preparatoria, pues debajo de toda esa rebeldía e impulsividad, había alguien divertido, sentimental y comprensivo. Aunque bueno, al final lo mío terminó por transformarse en hermandad, así que solo podía alegrarme porque él también fuera feliz.

—En serio no debiste hacer eso —dijo Hori una vez que nos alejamos unos metros de la entrada del refugio.

—Tranquilo, de cualquier forma, creo que si la infección continúa, en poco tiempo el dinero ya no tendrá ningún valor —respondió Iván con tranquilidad, mientras seguíamos adentrándonos en la naturaleza. Ya solo nos restaba cruzar la parte boscosa de un pueblo pequeño para finalmente llegar a Dumbra.

No pude evitar pensar en las palabras de Iván. Era verdad; en poco tiempo, cosas como el dinero y la posición pasarían a segundo plano, y el salir de paseo, al trabajo, a la escuela o tener una simple cita serían más complicadas.

—¿Estás bien, Reno? —preguntó Julia, posicionándose a mi lado.

—Claro —respondí sonriendo. Aunque tenía un sinfín de preocupaciones, no quería que mis problemas hicieran más tenso el camino. —¿Y tú qué tal? Aparte de irracional. Creo que Hori contagió a todos con su fiebre de insensatez —bromeé.

—Tal vez —respondió devolviéndome la sonrisa—. Aunque en realidad creo que por primera vez solo queria hacer algo que me hiciera sentir viva; y ya sé que iniciar en medio de una invasión de muertos no tiene mucha lógica, pero quiero ver todo desde el lado positivo.

—Bueno, eso suena sumamente arriesgado, pero podría ser una aventura entretenida —solté, intentando no desacreditar su motivación.

Poco a poco los árboles se hicieron más constantes y me vi obligada a sacar la linterna que Alex nos había obsequiado minutos antes de que las luces fueran apagadas.

Hori e Iván andaban en silencio. Al parecer, aún no eran muy buenos para conversar si sus pláticas no implicaban algún desacuerdo, o quizás no estaban preparados para enfrentarse al hecho de que existía una tensión homoerótica entre ellos. Como fuera, en ese momento la tranquilidad era algo esencial si no queríamos correr el riesgo de que hubiese un zombie y nos atacara al escucharnos.

Los minutos pasaron con rapidez hasta convertirse en horas, y aunque había creído que sería capaz de llegar hasta el pueblo sin acabar totalmente agotada, me terminé equivocando. Incluso si me había recuperado y descansado de más en el refugio, el haber caminado tanto solo logró que el sueño me invadiera. Sentía los ojos pesados, y cómo a cada segundo mis parpadeos aumentaban.

Miré hacia los lados; Julia y Hori se veían en el mismo estado que yo, el segundo incluso más. Su rostro estaba muy pálido y sus mejillas y nariz rojas. Iván, por otro lado, era como un retrato, siempre; calmado y serio. Aunque al final seguía siendo humano, así que probablemente también le hacía falta descansar.

La luz del amanecer no tardó en llegar, permitiéndonos tener una mejor visión de lo que nos rodeaba, lo que fue un alivio, pues varias veces había estado a punto de caer debido a las ramas y rocas del camino.

—Hay sangre —soltó Iván observando una mancha rojiza que estaba cerca de uno de los troncos.

Todos nos detuvimos para poder observar lo que nos decía. Aunque no era una cantidad alarmante, sí era lo bastante como para percibirlo. Además, las gotas seguían esparciéndose a lo largo del camino.

—Hay que movernos, está fresca y seguramente corremos peligro —indicó el mayor con seriedad.

—¿Oyeron eso? —habló Hori, mirando hacia los lados con preocupación.

Todos volteamos con rapidez hacia la izquierda al escuchar pisadas y los gruñidos que solían emitir los infectados.

Un par de zombis se movían con torpeza en nuestra dirección. Su piel comenzaba a verse putrefacta, sus ojeras eran amoratadas y sus ojos de un rojo intenso al que aún no me acostumbraba. Su ropa estaba desgarrada casi por completo, por lo que quedaba a la vista un sinfín de heridas.

—¡Hay que correr! —soltó Hori alterado.

Los infectados estaban demasiado cerca, y una punzada de preocupación invadió mi pecho. No podía arriesgarme a que alguno de mis compañeros resultara herido o infectado, por lo que, sin dudarlo, tomé una de mis flechas y disparé directo a la cabeza de los zombies. Uno de ellos cayó, pero el otro continuó de pie, avanzando con desesperación. Sin embargo, Julia me tomó por el brazo para que me moviera, y ya no pude ejecutar el segundo tiro.




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