El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO VEINTISÉIS. EL VIRUS DE LOS CRETINOS ES MAYOR QUE EL DE LOS ZOMBIES.

HORI.

Saber que cada vez estaba más cerca de poder ver a mi madre produjo un alivio en mi interior. Habían pasado más cosas en las últimas semanas que en el resto de los años de mi vida, que era consciente de que me llevaría mucho más de lo normal asimilarlo.

Volteé a mirar a Iván; aunque aún corría, fruncía ligeramente el ceño y sus mejillas poco a poco se tornaban rojas debido al esfuerzo que hacía al cargar a aquel sujeto. Sabía que debíamos encontrar un lugar cuanto antes, pues los zombies no parecían tener intenciones de dejarnos en paz, y sus quejidos no provocaban más que la horda incrementara.

Cruzamos las vías del tren que estaban en esa área del pueblo y pronto quedaron a la vista un par de casas ubicadas a unos metros de ahí. Estaban rodeadas por un montón de pequeñas flores amarillas y maleza. Debían estar desocupadas. Lo habían estado desde siempre, pues a nadie parecía gustarle demasiado el ruido provocado por el tren cuando pasaba.

Reno y yo solíamos ir ahí en secundaria, después de clases. Jugábamos fútbol o nos sentábamos en el pórtico de la casa de ladrillos rojos y madera. Me gustaba tanto que incluso la había recreado en Minecraft. Tomábamos jugo de uva y hablábamos sobre cualquier bobería que se nos ocurriera.

Si lográbamos llegar hasta ahí sin que los zombies lo notaran, estaríamos seguros.

—Reno, la casa roja —le dije y ella asintió. Se detuvo unos segundos para poder disparar un par de flechas y lograr que Julia e Iván avanzaran.

Derribó con éxito sus objetivos, pero aún había bastantes infectados corriendo hacia nosotros, y las flechas que le restaban no bastarían para todos.

Volvió a ponerse en marcha para alcanzarnos.

En cuanto llegamos a la casa, intenté abrir la puerta, pero esta estaba con candado.

—Creí que no lo tendrían —le dije a Reno con preocupación.

—Las ventanas —habló ella y se movió hasta la primera, esforzándose por abrirla. Sin embargo, también parecían tener seguro.

—Rompe el vidrio —solté con desesperación.

—Pero atraerá a los zombies—debatió

—Ellos ya vienen hacia aquí —respondí señalándolos. —No tenemos más opciones e Iván ya está lo suficientemente cansado como para seguir.

—De acuerdo —cedió finalmente y con ayuda de su arco rompió el vidrio y se aseguró de que no quedara ningún pedazo en la parte inferior del marco—. Entren ya —ordenó, tendiéndole una mano a Julia para ayudarle a pasar hacia el otro lado.

La chica aceptó el gesto y con nerviosismo ingresó a la casa.

—Vamos, Hori —habló Julia haciendo señas para que fuera con ella.

Voltee hacia Reno y ella asintió, así que me moví con rapidez para poder brincar hacia el interior. Reno entró tras de mí y estiró los brazos para poder ayudar a Iván con el sujeto de negro.

Apenas unos segundos después de que todos estuvimos en la casa, los zombies la rodearon y comenzaron a golpear y estrellarse por todas partes.

Iván analizó el lugar. Estaba casi vacío, a excepción de un sillón y un par de sillas en mal estado. Tomó el objeto de madera y se acercó hacia la ventana, donde los brazos y cabezas de los infectados se asomaban. Tras propinarles algunos impactos, estos retrocedieron, pero en apenas unos instantes volvieron a atacar.

—Por aquí —dijo Julia, abriendo una de las puertas de las habitaciones—. Hay que resguardarnos por si logran entrar.

Asentí y junto a Iván movimos al tipo inconsciente hasta el cuarto donde Julia se encontraba. No había nada. Solo la cortina blanca cubierta de polvo adornaba el lugar. Una vez que todos estuvimos a salvo, Julia colocó el seguro y, a excepción del mayor, todos nos dejamos caer al suelo.

—Creí que era nuestro fin —solté con cansancio.

Morir se había convertido en un pensamiento recurrente.

—Bueno, aún no estamos completamente a salvo —debatió Iván, escuchando todo el ruido del exterior.

—Su mano no deja de sangrar —dijo Julia mientras miraba al tipo de negro.

—Parece tener varias heridas —habló Reno observando la mancha roja en la playera azul del sujeto. —Quizás pueda curarlas, aún tenemos un botiquín —agregó y se quitó su mochila para poder buscar el estuche blanco.

—Eres demasiado amable con alguien que no lo merece —intervine observándola con detenimiento.

—Y tú demasiado malvado para ser tan pequeño —respondió con diversión, sacando algunas gasas y alcohol—. Además, es mi culpa que su mano esté así.

Reno se inclinó hacia el hombre y comenzó a desinfectar primero la herida en su sien. A pesar de estar inconsciente, el tipo frunció ligeramente el ceño. Reno hizo presión por algunos segundos, y al final colocó un apósito en su frente.

Estaba por terminar de vendar su mano cuando el sujeto abrió los ojos y se incorporó con brusquedad.

—¿Qué me estás haciendo? —preguntó a la defensiva, mirando a Reno con desconfianza—. No te me acerques —dijo y retrocedió aún sentado.

Todos nos pusimos de pie al ver lo alterado que estaba.

—Tranquilo —intervino Iván, intentando mediar la situación.

—¿Que me tranquilice? —cuestionó el sujeto. —Ella me atravesó la mano con una flecha —dijo señalando a Reno— y tú me diste un puñetazo en el rostro —apuntó a Julia—, así que no esperen que esté en buenos términos.

—Te recuerdo que me apuntaste con el arma primero —dije con indignación y el sujeto comenzó a buscar su pistola y su daga—. Ni siquiera te esfuerces, no somos tan estúpidos como para arriesgarnos a que nos ataques. Además, deberías estar agradecido con ellos dos —miré a Iván y luego a Reno—; si no fuera por su ayuda, seguirías tirado allá afuera o, peor aún, convertido en un zombie.

—Bueno, no recuerdo solicitar su apoyo —respondió con enojo.

—Qué tremendo idiota eres —solté estresado.

—¿Cómo me llamaste? —contestó, poniéndose de pie con agresividad—. Voy a matarte.

—¡Ya fue suficiente! —habló Iván con tono firme.




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