El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO VEINTISIETE. UKKO.

UKKO

Cuando tenía diez años, una tarde, mientras jugaba fútbol e intentaba frenar el balón para evitar que el gol rival entrara a la portería, me lancé sin pensar hacia el lado derecho del campo. No imaginé que entre el abundante pasto se encontrarían trozos de una botella de vidrio. Caí de cara al piso, por lo que aquellos objetos filosos terminaron por incrustarse en mi rostro, provocando una larga cicatriz que atravesaba mi mejilla.

Los primeros meses la gente me miraba con lástima y preocupación, sobre todo aquellos que estaban al tanto de lo que había sucedido. Sin embargo, conforme fui creciendo, los demás dieron por hecho que la condición en la que se encontraba mi rostro era a causa de ser alguien "agresivo y conflictivo". Las primeras veces intentaba explicar la situación. Hablarles sobre aquel torpe accidente de mi infancia. El como aquellos trozos de vidrio verde habían sido los culpables. No obstante, debido a la rapidez con la que mi estatura aumentó y a los demás cambios en mi cuerpo, sumados a aquella herida, mi imagen se alejó completamente de la de alguien pacífico, así que los demás ya ni siquiera dudaban en asumir que yo era alguien problemático.

Por lo que, apenas salí de la secundaria, adopté una actitud más apegada a mi exterior. Aunque yo no era quien buscaba problemas, cuando los tenía siempre me ponía a la defensiva. Manteniendo mi verdadero yo en secreto. Aquel chico asustadizo, cobarde y llorón.

Un par de semanas antes de que la infección se propagara, decidí postularme como aprendiz en una estación de policías. En realidad, siempre había querido estudiar teatro, pero mi economía mezclada con mi físico no ayudaban en cuanto a cumplir mi sueño se trataba. Así que después de salir de preparatoria, trabajé unos años en el almacén de un supermercado, hasta que un día, el hermano de mi madre me habló sobre un puesto en la policía. La idea no me entusiasma demasiado, pero el sueldo era mejor que cualquier otro que hubiese tenido, y de esa forma mi madre y hermana estarían aseguradas.

La primera semana no fue tan mala; básicamente me presentaron a todos los miembros de esa sección, que en realidad solo eran 7 personas, pues Gresland era un pueblo pequeño, y en caso de un problema mayor estaban las estaciones de los pueblos vecinos. Mis primeras actividades consistieron en aprenderme los códigos usados por el personal y su significado, así como clasificar expedientes y otros documentos de un cuarto pequeño del que parecía que nadie se había hecho cargo hasta que llegué.

Casi todos mis compañeros eran agradables, sobre todo el jefe Einar y Maggie, pues ellos dos se encontraban la mayor parte del tiempo haciéndome compañía en la estación. Luego estaban Óscar, Melda y Uda, quienes tenían rondas asignadas por las calles del pueblo y, por último, Bartolomeo y Luca, responsables de vigilar desde la patrulla y los primeros en llegar, en caso de que se necesitara la ayuda del departamento.

Barto siempre me pareció extraño. Aunque la mayor parte del tiempo cumplía con su trabajo de la forma en la que se le solicitaba, en ocasiones actuaba como un demente. Hubo una vez en la que un tipo al que habían llevado por robar en una tienda de conveniencia intentó escapar. Barto terminó por romperle una pierna y asestarle un fuerte golpe en la nariz con su macana, de forma que el tipo quedó inconsciente y tuvo que ser trasladado al hospital. Si bien el hombre era un criminal y merecía ser castigado, la manera en la que Bartolomeo se rio en ese momento y su mirada sádica me causaron escalofríos. Aunque nunca se había propasado con nadie inocente e inclusive era amable, solía tener actitudes o hacer comentarios cuestionables.

Una semana después de que la tragedia iniciara en Carval, el jefe nos mandó llamar a todos en la estación, para informarnos que, a excepción de ciertas instituciones, toda la demás población tenía que recluirse en sus hogares para evitar ser contagiados con la nueva enfermedad que se había desatado en la ciudad de Carval.

Los miembros de la policía y el hospital teníamos la obligación de seguir con nuestras jornadas laborales normales, con el fin de que los prisioneros y enfermos continuaran bajo vigilancia. Sin embargo, tampoco podíamos dejar la estación hasta las siete de la tarde, que era cuando debíamos volver a casa y el toque de queda iniciaba para nosotros, por lo que Barto, Luca y el resto de nuestros compañeros que solían hacer rondas en el exterior también se encontraban en la estación.

Aquella tarde el jefe y Maggie no habían asistido, pues después de tantas guardias requerían de un descanso. Uda y Melda hacían un inventario del armamento y munición de la estación; Ocar dormía por algún rincón del lugar, por lo que Luca y Barto estaban a cargo del departamento de policía de investigación, que era donde se encontraban los únicos dos prisioneros, quienes habían ingresado un día antes por venta ilegal de pirotecnia. Dentro de esa área había 4 pequeñas habitaciones, dos enfrente y una a cada lado. En una de las primeras estaba la celda y en ese momento Luca tenía en su poder las llaves.

Yo me encontraba en un escritorio pequeño del pasillo, ordenando por tercera vez los pocos documentos que había en los cajones.

Barto, quien había estado rodando por el resto de la estación, entró nuevamente al departamento y se detuvo a mi lado. Levanté la vista y me encontré con su tan común sonrisa maliciosa.

—¿Qué tal, Ukko? —cuestionó recargando sus dos brazos en el escritorio e inclinándose hacia mí.

Él era el único que me llamaba por mi nombre; todos los demás usaban mi apellido.

—Sartori —respondí con tono serio, mientras movía la cabeza a forma de saludo.

—Barto —me corrigió aún en la misma posición, por lo que comencé a incomodarme—. Dime, Barto.

—Creí que solo Varela te decía así —respondí, refiriéndome a Luca.

—También puedes hacerlo —dijo y me guiñó el ojo. Finalmente, se enderezó y pasó ambos brazos tras su cabeza mientras se estiraba. —¿Quieres divertirte un rato? —cuestionó levantando ambas cejas y con un tono que me provocó escalofríos.




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