El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO VEINTIOCHO. LA FORMA EN QUE EL APOCALIPSIS MATA A LAS PERSONAS.

UKKO.

Tras casi dos horas, fui capaz de llegar a la calle donde se encontraba mi casa. Me había costado demasiado evitar a los infectados, por lo que varias veces tuve que permanecer escondido en callejones o algunos locales y casas que parecían haber sido abandonados de forma frecuente.

Mucha gente corría despavorida por todo el pueblo, gritando e intentando lidiar con los enfermos, quienes solo se mostraban agresivos. A varios los conocía desde la infancia, pero no podía permitirme parar, pues en mi cabeza solo se repetía la imagen de mi madre y Cora.

Cuando estuve a solo un par de casas, el pecho comenzó a dolerme, el corazón se me aceleró y un terrible escalofrío invadió mi cuerpo. La puerta estaba abierta y cerca de los rosales de la entrada un infectado estaba sobre otro cuerpo. Emitía sonidos extraños, mientras parecía morderle el cuello y rostro.

La persona a la que se encontraba atacando debía estar muerta, pues ya no producía ningún quejido que indicara lo mucho que sufría ante los ataques de su agresor.

Sentía un horrible sabor subiendo por mi garganta y las manos y piernas me temblaban. Caminé con cautela, suplicando que no se tratara de nadie de mi familia. Para cuando finalmente pude ver la ropa de la víctima, algunas lágrimas ya se acumulaban en mis ojos. No era mi madre ni Cora, sino la vecina de al lado.

Mi mirada se desvió hasta el suelo, donde un rastro de sangre se extendía hasta el interior de la casa. Con cautela lo seguí, esperando no atraer la atención del infectado.

Finalmente, entré, guiado por la línea rojiza en el suelo. Llegué hasta la cocina y me percaté de una mujer hincada cerca de uno de los cajones. Como si estuviera a punto de sacar algo; sin embargo, se mantuvo quieta en esa posición por algunos segundos. Se trataba de mi madre. Llevaba el mismo suéter café con el que la había visto esa mañana.

—Vamos, sal de ahí—susurró. Su voz se escuchaba extraña, como si ocultara malicia en sus palabras.

—¿Mamá? —cuestioné con tono tembloroso. Esperaba que se diera la vuelta y me dijera que todo estaba bien. No obstante, cuando se giró hacia mí, sentí como si alguien me golpeara en el estómago hasta sacarme todo el aire.

Mi madre estaba pálida, tenía la mirada perdida. La mitad de su rostro estaba cubierto de sangre, al igual que sus manos y pecho. En cuanto se percató de mi presencia, se levantó con rapidez.

—¡Mamá! —solté más alterado ante la forma tan violenta en la que se movía hacia mí.

No obtuve una respuesta, pues de su boca solo salió algo parecido a un grito y se abalanzó sin pensarlo hacia mí. Ambos caímos al suelo, mientras ella intentaba morderme. La sostuve de ambos brazos para alejar su rostro de mí. Parecía un animal rabioso, salivando y gruñendo.

—Mamá, basta. —Soy Ukko —pedí, mirándola a los ojos, pero ella no parecía reconocerme. —Por favor —solté con esfuerzo.

—Ukko, ¿estás ahí?

Una voz al frente hizo que me sobresaltara. Se trataba de Cora y parecía venir desde el cajón.

—¿Cora?

No pude evitar soltar un quejido, pues la fuerza que mi madre ejercía solo aumentaba.

Cora golpeó el cajón con desesperación como si temiera que la dejara ahí.

—¡Ukko, sácame de aquí, tengo mucho miedo! —sollozó y el dolor en mi pecho solo aumentó.

—Perdón, mamá —dije con culpabilidad y levanté una de mis piernas para poder apartarla. Intentaba no ser brusco, pero ella no aminoraba su fuerza.

Cayó a un par de metros de mí, y pude oír cómo su cabeza golpeaba contra el suelo. Sin embargo, al escuchar cómo se quejaba, me sobresalté y me acerqué a ella.

—¿Ukko? —cuestionó mi madre y la esperanza regresó a mi cuerpo. Aún parecía combatir la infección. Las pupilas de sus ojos volvieron a la normalidad y me observó con culpabilidad y miedo.

—Mamá —solté, sintiendo las lágrimas bajar por mis mejillas. Estaba por acercarme a ella, pero retrocedió. Se miró las manos ensangrentadas y su cuerpo comenzó a temblar con fuerza.

—No, no debes acercarte a mí —dijo asustada—. No sé qué está sucediendo, pero esto está alterando mi cabeza... Yo no recuerdo mucho de lo que sucedió hoy; mi cuerpo parece estar cediendo a la infección.

—Lo arreglaremos —solté, aunque hasta donde sabía aquello aún no tenía cura.

—No, Ukko, tienes que salir de aquí con tu hermana. —Negó con la cabeza y luego abrió los ojos alterada. —¡Dios, Cora! —soltó atemorizada—. —Tienes que sacarla ahora —señaló el cajón donde se encontraba mi hermana y asentí para moverme hacia ahí.

En cuanto abrí la puerta, Cora se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza, mientras lloraba asustada.

—Ukko, tenía mucho miedo —dijo con voz temblorosa—. La señora Garner atacó a mamá —añadió separándose de mí ligeramente—. Y después ella cambió, estaba agresiva.

—Cora, perdóname —lloró mamá, mientras nos veía derrumbada en el suelo—. No quería hacerte daño.

—¿Mamá? —Cora desvió su mirada—. ¿Estás mejor? —cuestionó con intenciones de moverse hasta mi madre, pero esta negó con rapidez.

—No, mantente cerca de tu hermano, no es seguro que estén a mi lado —dijo mi madre, y finalmente se puso de pie con lentitud. —Ukko, necesito que hagan sus maletas y salgan de aquí; el pueblo ya no es seguro.

—¿Qué? —cuestioné incrédulo—. ¿Y qué hay de ti? ¿Vas a quedarte aquí?

—¿Vas a dejarnos, mamá? —preguntó Cora, con pánico en su voz.

Mi hermana se veía más pálida de lo normal. Su rostro parecía cansado y tenía algunos raspones. Su vestido blanco con flores azules estaba manchado de sangre y polvo, y su largo cabello rubio, despeinado.

A diferencia de mí, Cora era idéntica a mi madre. Los mismos ojos verdes y con un montón de pecas por el rostro.

—Tranquila, Cora, no vamos a separarnos —intervine, esforzándome por mantenerme en calma—. Será mejor que te limpies un poco y te cambies la ropa. Mamá y yo aseguraremos la casa.




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