UKKO.
No supe cuánto tiempo estuve llorando con la mirada perdida en dirección a sus cuerpos.
Todo había sido culpa mía, por mi cobardía.
Pero no hubiera podido hacer algo así.
¿Cómo hubiera podido matar a mi madre?
Mi cuerpo empezó a temblar. Tenía demasiado frío, como si de repente toda la habitación se estuviera congelando. Miré el arma con la que mi madre había puesto fin a su vida y la tomé entre mis manos. ¿Qué sentido tenía seguir si estaba solo?
Cerré los ojos mientras apretaba con fuerza el mango de la daga y lo acercaba a mi pecho; al final solo grité con frustración. Ni siquiera era capaz de acabar con mi propio sufrimiento.
Finalmente, me puse de pie. Mis piernas comenzaron a moverse para salir de la habitación. No tenía claro qué hacer o a dónde ir, así que solo seguí caminando hasta salir de la casa.
En realidad, hubo un lapso de tiempo que mi cabeza es incapaz de recordar. El cómo logré sobrevivir a la multitud de zombies hasta poder llegar a la estación. Para cuando me di cuenta, ya estaba siendo apuntado por al menos una docena de armas, y Barto me miraba con una amplia sonrisa en el rostro.
—Así que regresaste —dijo y pasó uno de sus brazos tras mis hombros para llevarme adentro.
Pidió que me llevaran ropa limpia y comida a una de las oficinas de la estación y después se dedicó a observarme, esperando a que yo hablara.
—Están muertas —solté aún desconcertado.
—Lo supuse —respondió con tranquilidad—. Estarás bien aquí, Ukko —añadió mirándome a los ojos. —Todos estarán bien aquí.
De alguna forma, escuchar esas palabras salir de su boca me hizo volver en sí. Me di cuenta de que en realidad había más gente de la que imaginaba. Al menos unas 100 personas y todas parecían seguir las órdenes de Barto.
—¿Cómo lograste que tanta gente se te uniera? —cuestioné receloso.
—Pasó casi una semana, Ukko. Ellos necesitaban protección y yo se las di, así funciona esto.
(...)
Al principio, las cosas surgieron con tanta normalidad como se podía estando en medio de un apocalipsis. Barto organizaba equipos para que aquella estación funcionara como un refugio. Unos se encargaban de conseguir provisiones, otros limpiaban los alrededores para evitar que los zombies traspasaran la puerta principal. Se hacían rondas para la vigilancia, y de alguna forma todos ahí respetaban a Barto, quien se había autoproclamado su líder, y a Luca, su segundo al mando.
Fue hasta el final de mi segunda semana ahí cuando supe que Barto no le había disparado a aquellos chicos en la celda solo por impulso. Estaba en la entrada de la estación, vigilando la zona delantera, cuando cuatro de los hombres que se encargaban de limpiar los alrededores llegaron con Foster, el sujeto que ayudaba a cocinar. Foster forcejeaba, tenía el pómulo izquierdo hinchado y la boca le sangraba.
—¿Qué pasa? —cuestioné, analizando la situación. Todos en el refugio creían que mi relación con Barto era más profunda de lo que en realidad se trataba, así que no dudaron en responder a mis preguntas.
—Intentaba huir. Robó comida y medicamentos, pero pudimos alcanzarlo —respondió Sigi, quien sujetaba a Foster por el brazo derecho. —Lo llevaremos con Barto.
—Entiendo —dije únicamente y los seguí, pues no tenía idea de lo que Barto sería capaz de hacerle.
Cuando llegamos a la oficina que antes pertenecía al jefe, Sigi tocó y, tras unos segundos, Luca abrió la puerta, para después mirarnos con indiferencia. Barto apareció pronto a su lado y, al ver la situación, sonrió de forma extraña.
—¿Qué robó? —cuestionó el más alto, mirando a Foster.
—Comida y medicamentos —respondió con rapidez el sujeto de cabello rizado.
—Comida y medicamentos —repitió el de ojos verdes. —Bien, irá a la celda —soltó sin más y aquellas palabras provocaron que el rostro de Foster palideciera y forcejeara nuevamente con los hombres.
—¡No, por favor! —gritó—. Sé que no debí hacerlo, pero las necesitaba. Te dije cuando vine a pedir ayuda que mi esposa estaba sola y enferma.
—Y yo te dije: "Ambos son bienvenidos aquí, tráela", —respondió Barto con tranquilidad—. Lo recuerdo bien, así que no esperaba que decidieras robar las cosas que otros también necesitan. —dijo caminando con lentitud hacia el tipo golpeado—. Sabes que estuvo mal lo que hiciste.
—Tú nunca ibas a dejar que me fuera de todos modos —respondió Foster con una mezcla de enojo y miedo.
—Bueno, ahora tus palabras se hacen realidad —dijo Barto deteniéndose a solo unos pasos de él e inclinándose hacia enfrente—. Llévenselo.
—No, Barto, ¡por favor! —pidió el hombre—. Te prometo que no volveré a hacer algo así.
—Ya lo sé —respondió el de cabello claro, y se dirigió hacia donde estaban ubicadas las celdas—, seguido de Luca y Sigi. El resto de los hombres se alejaron de ahí con rapidez, en cuanto tuvieron oportunidad.
No entendía por qué parecía causarles tanto temor el ser llevados hasta esa área. No había puesto un pie en esa oficina desde mi regreso, pues Luca tenía las llaves de casi todas las puertas, pero una vez que entramos, el temor de Foster se volvió claro.
Al otro lado de los barrotes, un par de infectados gruñía y caminaban de forma extraña. Cuando escucharon nuestras pisadas, estiraron los brazos en nuestra dirección de forma frenética, intentando atraparnos.
Me cubrí la nariz un momento, pues el olor a descomposición era demasiado evidente.
Caminé con rapidez hasta estar junto a Barto y lo tomé por uno de los hombros.
—¿Qué crees que haces? —indagué con preocupación.
—Asegurándome de que cumpla su condena —respondió con calma. Ni siquiera pareció molestarle mi tono o el hecho de que lo estuviera tocando, contrario a Luca, quien desenfundó su arma y la acercó al lado derecho de mi cabeza.
Aparté las manos de Barto y me tensé al instante.