El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO TREINTA. COSAS QUE SE PROPAGAN.

JULIA.

—Barto es un desquiciado, que toma y hace lo que quiere a su antojo, y ahora que el mundo se fue a la mierda no hay nadie que lo detenga, así que si logra dar conmigo y ustedes están aquí, les aseguro que será malo —soltó Ukko, acercándose a la ventana y levantando la cortina.

Un montón de polvo se desprendió debido al movimiento y el de negro movió su mano sana, intentando alejar la suciedad de su rostro.

—¿Y cómo sabes que te seguirá? —cuestionó Hori, observándolo con detenimiento—. ¿Acaso hiciste algo para fastidiarlo?

Ukko se volteó hacia el más bajo y lo miró con desagrado.

—Es obsesivo y no le gustan los desertores —respondió—. Además, es increíblemente bueno pelando y, como es un policía, tiene armas y sabe usarlas a la perfección.

—¿Es policía? —indagó Hori con asombro—. Lo estabas describiendo como un criminal.

—Bueno, Barto entra en ambas categorías.

—¿Tú eres policía? —intervine, recordando las armas que portaba.

Ukko asintió, mientras desviaba su atención hacia mí.

—Así que lo mejor sería que me devuelvan mis armas, y una disculpa no estaría nada mal; ya saben que es lo mínimo que pueden hacer por agredir a una autoridad —respondió con expresión de superioridad.

—Qué bien, ahora serán dos los que nos lancen sermones sobre no romper las reglas y leyes —soltó Hori con ironía e Iván frunció el ceño, mientras lo observaba.

Me costaba demasiado entender la forma en que ellos dos se gustaban, pero al mismo tiempo parecían rechazarse. Por un lado, la boca de Hori soltaba frases insultantes hacia Iván, pero por el otro lo observaba como si fuera lo único en el universo que fuese digno de su atención. Los ojos le brillaban, sus pupilas se dilataban, y casi se podían leer las palabras "deseo" y "amor" en su interior. En el caso de Iván, incluso cuando parecía casi imposible saber lo que pensaba, si uno prestaba atención, era claro que la seguridad de Hori le importaba; por eso había vigilado cada movimiento suyo y de Ukko desde que este había amenazado con matarlo.

—Bueno, te haría bien de vez en cuando escuchar a la voz de la razón —le sugirió Ukko como si aquello fuese lo más sabio del mundo.

—¿La voz de la razón? —se rió Hori—. Qué ridículo autoproclamarse así.

Ukko frunció el ceño con enojo, mientras se llevaba el brazo izquierdo a la cintura.

—Ridículo es tener el cabello como si te hubiesen vaciado magnesio encima...

—Mercurio —interrumpió Iván—. Sería mercurio líquido.

—¿Lo estás ayudando? —cuestionó Hori indignado—. ¡Qué bien! Prefieres estar del lado del extraño.

—Alto, alto, alto —habló Ukko—. No le grites, él solo estaba siendo amable —añadió y todos volteamos a verlo.

Era la primera vez que alguien aparte de mí llamaba a Iván "amable". La mayoría de la gente siempre elegía "frío" o "serio" para referirse a él. Además, estaba segura de que cualquier otra persona hubiese tomado aquella intervención como un regaño o una forma de hacerlos quedar en ridículo, en lugar de lo que era: una simple corrección.

—¿Qué les pasa? —cuestionó Ukko extrañado, al notar nuestra reacción.

—¿Cuál es tu nuevo destino? —habló Iván, cambiando de tema, pues seguramente se sentía incómodo.

—Claramente, mucho más lejos que aquí —respondió Ukko—. Así que en serio quiero mis armas.

—No somos tan tontos como para armarte sabiendo que nos asesinarías —soltó Hori, demostrando lo tonta que le parecía su sugerencia.

—Te dije que soy un policía —se defendió Ukko y Hori levantó una ceja, para demostrarle que aquello no hacía una diferencia—. No voy a matar a nadie solo porque me parezca desagradable, así que puedes quedarte tranquilo; tal vez solo imagine escenarios ficticios donde un zombie te muerde el trasero o caes por un precipicio, eso me sería más terapéutico —se burló y Hori entrecerró los ojos en su dirección. —Además, ni siquiera siento mi mano.

El de cabello plateado estaba a punto de responder, pero Iván se adelantó.

—Ya no hay más ruido —dijo. Su expresión parecía cautelosa.

—¿Qué sucede? —cuestioné, al notar su preocupación.

—Cuando te asomaste por la ventana, ¿aún había infectados? —cuestionó mirando a Ukko.

—Algunos aún rondaban por aquí —respondió el más bajo, mirando a Iván con confusión.

—Algo no está...

Iván fue interrumpido, pues un objeto atravesó la ventana, haciendo añicos el vidrio, que salió disparado en varias direcciones. En cuanto la cosa en llamas tocó el suelo, terminó por explotar, haciendo que todos nos sobresaltáramos. Algunas llamas lograron alcanzar mi abrigo y este se incendió de la parte inferior, por lo que me lo quité con rapidez. Sin embargo, nadie pudo decir ni hacer nada más, pues más botellas entraron al lugar. Como la habitación estaba casi vacía, por mi cabeza cruzó la idea de que solo bastaría con que ninguno de los proyectiles nos diera y con poder llegar hasta la puerta para dejar la casa. No obstante, al salir hacia la sala, esta ya se encontraba envuelta en fuego.

—¡Carajo, Barto ya me encontró! —soltó Ukko con tono desesperado.

—Tenemos que salir —dijo Iván mirando hacia los lados—. Intenten no inhalar el humo.

—No podemos usar la entrada principal, el techo en esa zona parece estar por caerse —gritó Reno. Ni siquiera me había dado cuenta de que todos habíamos empezado a levantar la voz, pues el sonido que provocaban las llamas al devorar todo a su paso era en verdad fuerte y aterrador.

A pesar de que había llevado mi brazo hacia mi rostro, no pude evitar toser al sentir un intenso ardor en mi garganta.

—La cocina... ahí puede haber una puerta y el fuego aún no la ha alcanzado —señalé la parte trasera de la casa e Iván asintió.

—Tenías razón. —Hori tosió repetidas veces; su cabello blanquecino comenzaba a llenarse de ceniza—. Ese tipo está loco; si no salimos, moriremos, y no quiero. No estando tan cerca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.