HORI.
Iván finalmente quedó inconsciente. Yo no podía dejar de temblar y las lágrimas seguían escurriendo por mi rostro. La imagen de él siendo arrastrado, con la sangre goteando desde su ceja y boca hasta su ropa. Cubierto de polvo y con los moretones haciéndose más evidentes en su piel, me hacía sentir que no podía respirar.
Yo era el culpable. Había resultado así de lastimado por mí. Quizás si no hubiese abierto la boca, Barto no lo habría golpeado, pero el miedo se apoderó de mi cuerpo y salió sin control a manera de réplicas e insultos. Ni siquiera consideré las consecuencias de atacarlo, pero ahí estaba el resultado, y no podría aborrecerme más por eso.
Aun así, una parte de mí no lograba dejar de sentirse incrédula. No podía creer que Iván ni siquiera había titubeado al ofrecerse en mi lugar. Ningún otro hombre había hecho algo así por mí.
—En esa —escuché la voz de Barto y desvié la mirada hacia donde señalaba. Era una casa gris de dos pisos. La estructura era alargada y la parte de enfrente del jardín no estaba cercada, por lo que teníamos acceso directo hacia la entrada. Reconocía la estructura de las veces que había pasado por ahí. Sin embargo, nunca me pregunté cómo era al interior.
Los hombres siguieron sus indicaciones y pronto nos encontramos al interior. Las luces estaban apagadas, por lo que no lograba distinguir muy bien lo que había alrededor. Solo la figura de los sillones y del mueble donde reposaba la televisión. Una vez que la mayoría de los tipos estuvieron dentro, Luca comenzó a rondar por el lugar. Los dueños no parecían estar en casa, pues el polvo en el interior pronto llegó hasta mis fosas nasales, al igual que el olor a humedad y a comida echada a perder.
Al haber tantos sujetos que se movían de un lado a otro y se agrupaban en las ventanas para seguir disparando a los infectados, comencé a abrumarme. Tanto, que apenas sentí cuando el de anteojos volvió a sujetarme por el brazo y me arrastró hasta las escaleras que parecían conducir al sótano.
Una vez que estuvimos abajo, me dejó caer al suelo nuevamente y dos tipos más soltaron a Iván cerca de una de las paredes, pues, al seguir semiconsciente, era incapaz de sostenerse por su cuenta.
El lugar era frío, y el ardor en mi estómago y rostro, insoportable. Podía sentir cómo mi playera blanca se pegaba a mi piel debido a la sangre que se había escurrido, y con apenas moverme, el malestar no hacía más que incrementar en las zonas lastimadas. Sin embargo, me arrastré unos metros con torpeza para poder llegar al lado de Iván. Sus ojos permanecían cerrados y la sangre de la herida sobre su ceja escurría por su rostro, hasta llegar a su cuello.
—Iván —susurré al estar hincado frente a él.
Quería que despertara para poder sacarlo de ahí y buscar la forma de curar todas sus heridas.
—Despierta, por favor —pedí al no obtener respuesta. Sentía como si una mano invisible atravesara mi pecho, hasta tomar mi corazón y estrujarlo con fuerza. Como si intentara exprimir toda la sangre o desboronarlo. —Lo siento.
—Hori —respondió finalmente; su voz era incluso más baja que la mía, y reflejaba el dolor que sentía.
—¿Por qué diablos lo hiciste? —solté con una mezcla de culpabilidad y enojo—. Mira cómo estás —añadí, sin poder dejar de observar la sangre en el cuello de su camisa. —No debiste hacer algo así de tonto.
—Tú siempre haces cosas así —debatió y lentamente abrió los ojos—. No podía dejar que siguieran haciéndote daño —dijo mirándome fijamente. El corazón me latió con más fuerza y, casi sin poder evitarlo, llevé una de mis manos hasta su mejilla ensangrentada para poder acariciarla.
—No tienes que preocuparte por mí —respondí, sin poder sostenerle la mirada. Sin embargo, mis ojos terminaron por desviarse hasta su boca y eso empeoró mi nerviosismo.
Habían transcurrido casi tres semanas desde que nos besamos, y seguíamos sin hablar respecto al tema, y con el pasar de los días, en vez de poder borrar la imagen y la sensación de sus labios sobre los míos, estas solo se repetían de forma constante en mi mente.
Iván debió notar a dónde observaba, pues su cuerpo se puso tenso y su mirada se volvió más fría.
No tenía idea de qué pasaría con nosotros. Aunque Julia y Reno no habían sido capturadas, nada aseguraba que Ukko no las hubiese traicionado o abandonado. Así que existía la posibilidad de que ese fuese el final de nuestro camino. Comenzaba a hartarme de la forma tan constante en la que estábamos a punto de morir.
Iván se enderezó con lentitud, de modo que la distancia que nos separaba disminuyó. Arrugó la nariz por apenas un segundo debido al dolor, pero continuó observándome.
Era increíble lo débil que me volvía cuando él estaba tan cerca de mí, y lo mucho que mi cuerpo y mi corazón lo deseaban.
Sentí mi respiración volverse más pesada, y mi mano que antes acariciaba su rostro bajó hasta su cuello. A pesar de la situación en la que nos encontrábamos, quería que me besara. Sabía que no era el momento y que estaba siendo egoísta, pero aun así opté por acercarme. Su mirada se volvió más profunda y su ceño se frunció ligeramente, pero no se apartó. Lentamente fui acercando mi rostro hacia el suyo, sin dejar de mirarlo a los ojos, dándole la oportunidad de oponerse. Sin embargo, Iván permaneció de la misma forma. Pronto nuestras narices se rozaron y nuestras respiraciones se mezclaron.
—Hori —susurró y escuchar mi nombre salir de sus labios solo fue el incentivo que necesitaba para finalmente besarlo.
Moví mis labios de forma lenta, sintiendo cómo el nerviosismo hacía que mi cuerpo temblara. Mi corazón se aceleró al instante, y cuando Iván decidió corresponderme, el hormigueo aumentó en mi vientre y piernas.
—Hori —volvió a repetir, sin alejarse de mi boca.
Lo besé por un par de segundos más y decidí separarme ligeramente.
—¿Te estoy haciendo daño? ¿Quieres que me aparte? —susurré, mirándolo a los ojos.