RENO.
A pesar de que mi cuerpo seguía moviéndose. Corriendo para intentar huir de los infectados, mi mente no podía parar de pensar en Hori. Me había apartado de él. Lo había dejado por su cuenta. Aunque Julia tenía razón, no podíamos ayudarlos sin antes deshacernos de los zombies. Sabía que Iván estaba con él y, aunque era alguien fuerte, aún no estaba segura de poder confiar en que haría lo necesario para protegerlo. Era claro que sentía algo por él, pero también que aún tenía demasiado miedo como para arriesgarse a seguir sus propios deseos.
—¡Reno! —gritó Julia, sacándome de mis pensamientos. Estuve corriendo sin prestar atención al camino y los infectados habían logrado acorralarnos.
Miré hacia los lados sintiéndome culpable ante la situación en la que nos encontrábamos. Intentaba buscar una salida, pero ambos extremos de la cuadra donde estábamos se encontraban infestados.
—Sube por aquí —dije, sintiendo cómo el corazón me latía descontroladamente, mientras señalaba las escaleras de caracol que daban hacia la puerta trasera del segundo piso de una de las casas. Sabía que era una idea peligrosa, pero necesitábamos ganar tiempo y con suerte no tendría seguro y podríamos entrar para resguardarnos.
Julia asintió y empezó a subir los escalones. Estaba pálida y nerviosa, pues se movía con torpeza. En cuanto llegamos a la parte más alta, giró la manecilla y su rostro reflejó miedo.
—Tiene seguro —dijo y ambas desviamos la mirada hacia abajo, donde algunos zombies comenzaban a acumularse.
Sentía la presión en mi pecho. Como si de repente algo invisible y pesado se hubiera adherido a esa zona.
—No vamos a morir —le aseguré y me descolgué el arco para empezar a disparar. Sabía que las flechas se acabarían pronto. Sin embargo, aproveché cada una de ellas y derribé a cuantos zombies me fue posible.
Aun así, un par de muertos comenzaron a acortar la distancia de forma torpe. Aunque resbalaban más veces de las que subían escalones, no desistían de sus planes. Julia se movió con nerviosismo y, sin pensarlo demasiado, lanzó una tras otra las macetas que estaban acomodadas cerca de la puerta. Sorprendentemente, todas dieron en la cabeza de los zombies, pero su fuerza no bastó para derrotarlos.
Finalmente, me quedé sin flechas. Sentí escalofríos al ver que aún había tres zombies intentando trepar por las escaleras. Tomé mi arco con fuerza por uno de los extremos y empecé a agitarlo en su dirección para hacer que retrocedieran. Al principio parecía funcionar, pues cayeron uno sobre otro, pero no me percaté de que uno de ellos había estirado el brazo y terminó por jalar una de mis piernas. No pude evitar la caída, y el golpe en mi cabeza y espalda hicieron que me sintiera aturdida.
Escuché a Julia gritar mi nombre y entonces, cuando creí que la boca ensangrentada del zombie se cerraría sobre mi hombro, este fue apartado con violencia.
Ukko lo tomó por su ropa sucia y desgastada hasta estrellarlo contra una de las paredes. Julia llegó a mi lado, pero antes de poder decir algo, se vio obligada a tomar un adoquín rojizo del piso para estrellarlo contra la cabeza del infectado que intentaba atacarnos. No se detuvo hasta que este finalmente dejó de moverse. Con las manos ensangrentadas y una evidente expresión de asco y miedo, caminó hasta donde el de negro se encontraba forcejeando con el otro muerto viviente y golpeó repetidas veces su cráneo hasta destrozarlo. Cuando ya no quedó en pie ningún zombie, Julia se llevó una mano al estómago y se dio la vuelta para vomitar.
Ukko caminó con lentitud en mi dirección. Llevé una mano a mi cabeza, pues el dolor de esa zona aún era molesto. En cuanto el chico estuvo frente a mí, me tendió una de sus manos.
—De nada —dijo y sonrió con cinismo—. Y aún espero una disculpa —añadió y señaló el vendaje en su otra palma.
Levanté una de mis cejas y resoplé, antes de tomar su mano para dejar que me ayudara, pues la espalda me dolía demasiado en ese momento.
—Te recuerdo que fue ella quien intercedió por ti —habló Julia, mientras comenzaba a acercarse. Aún tenía un semblante enfermo y se limpiaba las manos con la bufanda amarilla que antes yacía en su cuello. —Así que en realidad ella salvó tu vida primero.
—Bueno, aún me debes la disculpa —respondió Ukko ladeando la cabeza en mi dirección.
—Debemos ir por Hori —solté, ignorando sus palabras—. Él e Iván aún están en peligro; tenemos que ayudarlos.
—¿Qué? —dijo Ukko con tono incrédulo—. —¿En serio quieres regresar? —añadió, negando—. Barto ya debió atraparlos y además hay muchos más infectados en esa zona.
—Olvidas que es a ti a quien Barto quiere —respondí con impaciencia— y que fue Iván quien te llevó cargando hasta ponerte a salvo.
—¿Van a reprocharme por cada cosa que hicieron? —cuestionó irritado.
—Tú eres el que sigue reprochando lo de su herida —debatí y levanté ambas cejas.
—De acuerdo —accedió no muy convencido. —Pero solo porque uno de ellos me agrada.
—Bien —dije y me moví hacia donde yacían algunos cadáveres para retirarles las flechas y no seguir desarmada. —¿Puedes prestarme tu bufanda? —Miré a Julia y esta asintió extrañada.
Tomé la prenda y comencé a limpiar las flechas para que no estuviesen resbalosas.
—Igual ya no pensaba usarla —añadió Julia mientras me observaba.
—Lo siento —susurré y metí cuantas flechas pude al carjac. —Bien, hay que movernos —indiqué y regresamos por donde nos habíamos separado de Hori e Iván.
Tras caminar algunos metros, el ruido de disparos, gritos y vidrios rompiéndose hizo que nos ocultáramos con cautela tras una cerca.
—No creo que nos tome demasiado tiempo buscar —señaló Ukko hacia una casa gris.
Un montón de hombres eran atacados por los infectados y, aunque muchos de ellos les disparaban a la cabeza para poder eliminarlos, los zombies ya los superaban en número.