JULIA.
Mientras caminábamos, mi preocupación solo aumentaba. Jamás había imaginado ver a Iván de esa forma. Ni siquiera parecía él.
Tenía muchas ganas de llorar o de que algo mágico pasara y él dejara de estar tan herido.
Era casi irreal la situación. Un mes atrás éramos protegidos por los guardaespaldas de nuestros padres. Solo podíamos pensar en el trabajo y el resto ya estaba solucionado. Todo era orden, limpieza y dinero, pero el presente de alguna forma me había abierto los ojos. Se trataba de sobrevivir entre sangre, violencia y miedo. Muy apartada de la burbuja donde antes me escondía.
—Seguimos juntos y estamos vivos —susurré, intentando calmarme.
Hori apretó una de mis manos al percatarse de lo ansiosa que estaba. Miré su rostro y le sonreí.
Hori a veces era una especie de tranquilizante. A pesar de ser una persona hiperactiva y ruidosa, de alguna forma me hacía pensar en el sol y eso a su vez apaciguaba todos los malos sentimientos que había en mi pecho en ese momento. Por eso, si tenía que imaginar a la persona perfecta para Iván, esa sería él. Eran tan diferentes que eso de cierta manera los complementaba.
Desvié la mirada hacia los lados. En comparación con las casas por las que antes habíamos pasado, las de esa calle parecían habitadas. Conforme avanzábamos, podía notar cómo algunas personas abrían ligeramente las cortinas para asomarse por sus ventanas o hacían ruidos en el interior.
Todo era diferente a la ciudad. Incluso aún más a la zona donde vivía Iván. Los hogares en Dumbra eran todos diferentes. Ninguno repetía su tonalidad o estructura y emanaban cierta calidez incluso en medio de tanta destrucción.
En cuanto pasamos frente a una pequeña casa pintada de amarillo pastel, los ojos de Hori brillaron. Tenía un bonito porche de madera decorado con luces. En él reposaba un sillón de color menta claro. Todo el lugar estaba rodeado de arbustos y flores, y había un árbol en el lado izquierdo del cual colgaba un columpio hecho con una llanta.
—Esa es mi casa —soltó el más joven con nostalgia.
—¿No deberíamos detenernos? —dije al ver que pasábamos de largo, pero Hori negó.
—Dudo que mi madre esté ahí —respondió, sin dejar de mirar la estructura.
—Es verdad —intervino Reno—. Todos deben estar en mi casa.
—Luce acogedora —dije con sinceridad observando al menor.
—Lo es —respondió sonriendo y seguimos caminando.
Apenas unas cuadras después, el asfalto fue sustituido por pasto. Algunas flores moradas y amarillas se intercalaban entre el verde. Un camino de rocas pintadas de diferentes colores apareció frente a nosotros. Nos detuvimos cuando llegamos a la casa que estaba justo en la esquina. La última de esa calle. A diferencia de la de Hori esta era grande y azul claro. Aunque también estaba rodeada de árboles. Incluso una hamaca colgaba de dos de ellos. Bastó con solo echarle un vistazo para saber que la parte trasera daba directo al bosque del pueblo.
Casi al instante en que dejamos de caminar, el ruido de la puerta hizo que nos sobresaltáramos. Un hombre alto, de piel morena y anteojos, salió con cautela de la casa. Sostenía una ballesta, pero en cuanto se percató de que no éramos infectados, bajó el arma.
Su expresión se relajó un instante y después se llevó una mano al rostro, intentando cubrirse, pues había comenzado a llorar. Debía tratarse del padre de Reno, pues era muy parecido a ella y eso sumado al artefacto en sus manos lo dejaba claro.
Reno apenas pensó un momento y corrió para acortar la distancia y abrazarlo. Su padre soltó la ballesta y la envolvió con fuerza.
—Yo creí... creí
—No, ya estoy aquí. —Reno interrumpió a su padre mientras negaba. Su voz se oía temblorosa, casi como si ella también estuviera llorando. —Te quiero, papá.
—¡Hori! —Una nueva voz se escuchó en el lugar y una mujer de cabello café llegó corriendo hasta donde Hori y yo nos encontrábamos. Ni siquiera le importó no conocerme. Estaba tan conmocionada que me abrazó junto con Hori mientras lloraba. Volteé la cabeza hacia donde Ukko e Iván esperaban, sin saber cómo reaccionar, pero el primero solo se encogió de hombros con semblante incómodo e Iván estaba tan herido y cansado que apenas parecía saber lo que ocurría.
—Pensé que iba a enloquecer. No sabes cuántas veces estuve a punto de ir a buscarte —habló la mujer separándose de nosotros—. Estás herido —dijo tocando el rostro del más bajo, mientras lo miraba con preocupación—. Dios, miren cómo están todos —añadió desviando sus ojos al resto.
—Luce peor de lo que es —mintió Hori, en cuanto su madre centró su atención nuevamente en él.
—Debemos tratar tus heridas y las de los demás —respondió la mujer y acarició la mejilla de Hori—. No sé qué hubiera hecho si algo te sucedía —dijo y sus ojos nuevamente se llenaron de lágrimas.
Esta vez fue Hori quien la abrazó y acarició su cabeza, intentando tranquilizarla.
—Todo estará bien ahora, mamá —dijo Hori con calma—. Te amo.
—Te amo aún más —respondió su madre tras separarse.
Era la primera vez que presenciaba ese tipo de interacción entre madre e hijo. A pesar de que mi familia era mucho menos estricta que la de Iván, las muestras de afecto entre nosotros no eran tan constantes, por lo que ver a Hori y Reno con sus padres me hizo sentir algo melancólica. Aunque, para ser sincera, si en ese punto de mi vida recibiera ese tipo de palabras por parte de alguno de mis familiares, no se sentiría real. Incluso sería incómodo.
—Violet, será mejor que entremos. No es seguro estar aquí —dijo el padre de Reno y la madre de Hori asintió.
—Claro, entren ya, chicos —indicó la señora Violet, mientras se hacía a un lado para cedernos el paso.
Ukko caminó con Iván, quien definitivamente ya no estaba en sus cinco sentidos, pero cuando estuvo cerca de la puerta, se detuvo. Parecía querer hablar, pero Reno tomó la palabra antes de que él pudiera hacerlo.