HORI.
Mi madre tomó un paño húmedo y se movió hacia mí para comenzar a limpiar la herida en mi rostro. Sin embargo, antes de que pudiese acercarse completamente, negué y moví la cabeza hacia Iván.
—Primero a él —pedí y mi madre me observó con curiosidad, pero asintió.
—De acuerdo —dijo y retiró la sangre seca del rostro de Iván con delicadeza.
—Está así por mí —admití, mientras me aproximaba al sillón y observaba más de cerca al mayor, quien para ese punto nuevamente se encontraba inconsciente—. Un maniático intentó torturarme, no teníamos escapatoria y él se ofreció en mi lugar.
Todos desviaron su atención hacia mí, pues ni siquiera el resto de mis compañeros sabían lo que había pasado realmente cuando Barto nos capturó. No tenían idea de que Iván había terminado así para que yo no tuviese que sufrir más.
—Parece que hicieron buenos amigos —habló el padre de Reno, quien observaba todo con atención.
—Sí —estuve de acuerdo sin dejar de mirar cómo mi madre curaba a Iván. Había empezado a aplicar un antiséptico para luego colocar una gasa.
—Cuando despierte buscaremos algo de hielo para que su labio pueda desinflamarse —dijo mi madre y asentí. —¿Tú estás bien, señorita? —añadió mirando a Julia, pues la madre de Reno se encargaba de Ukko.
—No estoy herida, pero muchas gracias —contestó con timidez—. Gracias por curar a Iván y dejar que nos quedemos.
—No hay porqué agradecer, sería una locura que siguieran allá afuera —respondió mi madre—. Así que este muchacho valiente se llama Iván —dijo mientras lo veía fugazmente y después acercaba una gasa para comenzar a desinfectar el corte en mi nariz.
Asentí, intentando ocultarle que el solo escuchar su nombre me alteraba tanto.
—Sí, es Iván —afirmé—, y ella es Julia —dije observando a la de cabello naranja—. Los conocimos un día después de que todo inició en Carval —expliqué—. Y el malencarado de allá es Ukko, nos lo topamos esta mañana —añadí observando al miembro más reciente y este solo entrecerró los ojos.
—Bueno, pues a pesar de las circunstancias, es un gusto conocerlos, muchachos —respondió mi madre.
—El gusto es nuestro —contestó Julia sonriendo.
—Gracias por la ayuda —dijo Ukko únicamente, desviando la mirada, casi como si estuviera avergonzado.
—Soy Violet, por cierto, la madre de Hori —se presentó.
—Beca —dijo la madre de Reno, concentrada en quitarle la venda de la mano a Ukko—. Y mi esposo es Lars...
—Lars Adkins, quien debería estar pensando en qué hacerles de cenar, antes de que su nivel de azúcar siga bajando —interrumpió el padre de Reno—. Todos son bienvenidos, ya veremos cómo nos acoplaremos, porque hoy nadie dejará esta casa —añadió y caminó hacia la cocina apresurado.
—Lars —lo reprendió la madre de Reno por un segundo, pero después ambos siguieron en sus asuntos. —Tal vez deberíamos suturarla —dijo la señora Beca, mientras observaba la herida de Ukko—. Esto en serio se ve mal, sí que tuvieron que enfrentarse a personas muy crueles —añadió, y Julia y yo nos miramos, mientras Reno abría la boca con indignación, y Ukko sonreía de manera burlona al ver su reacción.
—Sí, tiene razón, ella era demasiado cruel —añadió haciéndose la víctima.
—Reno, cariño. Tú deberías encargarte de esto —pidió la señora Beca, pues sabía que su hija tenía más experiencia, debido a algunas de sus prácticas de la universidad.
—Sí, tú deberías encargarte —habló Ukko con falsa inocencia.
Sabía que hacía aquello solo para molestar a Reno.
—Claro, solo me lavaré las manos —dijo la más alta, sin perder la calma.
Una vez que regresó de la cocina, se acercó a Ukko, que estaba en una silla junto a uno de los cajones blancos de la sala, y se hincó frente a él para después tomar su mano con delicadeza. Sin embargo, la sonrisa en el rostro del moreno fue sustituida por una mueca de dolor cuando Reno vertió un par de gotas de alcohol en la herida. Ukko soltó un pequeño quejido, y después frunció el ceño con enojo.
—Cariño, ya había limpiado la herida y recuerda que no deberías verter eso de esa forma —dijo la señora Beca con preocupación al ver la reacción de Ukko.
—Claro, es verdad —respondió Reno y esta vez ella fue la que fingió inocencia—. Perdón —le dijo a Ukko, mientras sonreía.
El de ojos azules miró a Reno de forma retadora, pero después sonrió, como advirtiéndole que eso no se quedaría así y no pude evitar entrecerrar los ojos en su dirección.
Ukko desvió la mirada mientras hacía gestos de dolor e intentaba suprimir algún sonido que indicara lo mucho que le estaba doliendo que la aguja entrara y saliera.
—¿Dónde están los pequeños demonios? —cuestionó Reno, sin inmutarse, volviendo a centrar la mirada en lo que hacía.
—Arriba, durmiendo —respondió su madre—. Tenían mucha energía, así que pasaron toda la mañana peleando, hasta que terminaron agotados.
—No poder salir debe estarlos afectando —intervine, pensando en lo que debían sentir los mellizos.
Aunque una parte de ellos ya era capaz de entender que estando afuera corrían un gran peligro. La otra debía anhelar los días en los que iban a la escuela y podían jugar en la calle.
Renly y Riley siempre fueron caóticos. Amaban gritar, correr y ensuciar cuanto podían. Peleaban más de lo que hablaban, pero ninguno podía pasar más de 10 minutos separado del otro.
—Pero si ellos siempre han sido así —habló Reno, mientras se levantaba y tomaba algunas pastillas del botiquín. Le tendió una a Ukko y luego se acercó para darme la otra.
—¿Tú te sientes bien? —cuestionó mi madre mirando a Reno y esta asintió, sonriéndole.
—¿Qué tal tu medicación? —cuestionó la señora Beca, pero Reno no respondió de inmediato.
Ella nunca había tenido problema con hablar respecto al tema frente a mí o a mi madre. Sin embargo, en ese momento, Ukko y Julia también estaban escuchando y Reno no era de las personas a las que les gustara que se dejara en evidencia cuando algo le preocupaba, y yo sabía que últimamente el tema de su tratamiento le causaba ansiedad, pues la repentina aparición de los zombies había dificultado todo en nuestras vidas.