El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS. CAÓTICOS.

RENO.

Últimamente, la vida era como dormir. La mayor parte del tiempo me daba la impresión de que estaba en una pesadilla, y la otra solo eran sueños que reflejaban las cosas que anhelaba. Así que estar en casa en ese momento se sentía irreal, y me asustaba, porque llegar ahí y estar con mi familia era lo único que quería, y sin embargo aún me aterraba que solo fuera algo creado por mi cabeza, ante la desesperación de todo lo que había sucedido.

—Bueno, pasen —dije abriendo la puerta de mi habitación.

El lugar estaba como la última vez que había visitado a mis padres. Decorado como a mi yo de preparatoria le gustaba.

Ukko y Julia entraron y observaron todo a su alrededor. Las paredes moradas, repletas de pequeñas nubes blancas que mi padre había dibujado. Los cuadros esparcidos por todo el lugar con imágenes de mis artistas favoritos o de las portadas de películas que más me gustaban. El más grande era de Heath ledger y estaba justo encima de la cabecera de mi cama. Algunas chamarras y playeras colgaban enfrente a modo de exhibición. Dos de las cuales ni siquiera había usado. La primera que estaba a la derecha tenía estampado de un anime, la de en medio, de una Virgen, y la última de la izquierda era de una banda de rock.

Junto a la cama, que estaba en una de las esquinas, había un pequeño tocador negro. La parte de arriba estaba repleta de lentes de diferentes formas y colores, algunas figuras de colección, libretas y tazas abarrotadas de lapiceros. Y abajo había varios libros que en su mayoría eran de misterio y fantasía.

Por último, del lado derecho estaba mi closet y cerca de él un sillón pequeño de color gris. En esa área colgaban desde el techo una serie de estrellas arcoíris.

—Linda habitación —habló Julia, siguiéndome con la mirada, pues me había movido hasta el closet para poder abrirlo.

—Gracias —dije sonriendo y le señalé los ganchos con ropa ordenada por colores; en su mayoría era morada.—Toma lo que quieras.

—Tal vez sea mejor que tú elijas lo que desees prestarme —respondió con expresión apenada.

—Cualquier cosa que te agrade puedes usarla —dije haciendo un gesto para que se acercara. —Y Ukko, creo que tengo algo de ropa de Hori por aquí, en caso de que no te agrade usar la de mi padre —añadí, esforzándome por no reírme—. O puedes solo seguir observando el cuadro de David Tennant.

—Definitivamente prefiero usar la ropa de tu padre —respondió, volteando a verme— y es mucho más interesante observar a David Tennant que a ustedes dos eligiendo qué ponerse.

—Creo que esto me agrada —intervino Julia mostrándome un pantalón café y un suéter amarillo con los puños marrones.

—Sí, se te vería lindo —estuve de acuerdo y voltee hacia la puerta, pues fue abierta con brusquedad y apenas unos segundos después mis hermanos menores entraron entusiasmados.

—¡Hermana mayor! —soltó Riley mientras corría a abrazarme. Renly no habló, pero también se acercó a mí e imitó el gesto de su melliza.

Les correspondí el abrazo sin evitar sonreír y sintiendo un agradable alivio en el pecho. Acaricié sus cabellos cobrizos por un momento y después ambos se separaron al mismo tiempo.

—No eres un zombi —habló Renly finalmente, casi con decepción.

—Claro que no —respondí frunciendo el ceño.

—Trajiste amigos —intervino Riley, mirando a Julia y Ukko.

Julia sonrió ampliamente mientras los saludaba con la mano; Ukko, por otra parte, solo los observó con curiosidad.

—No pensé que tuvieras más amigos aparte de Horio —admitió mi hermano y levanté las cejas en su dirección—. ¿Qué? —Se encogió de hombros—. Jamás habías traído a nadie diferente.

—Es un buen punto —respondí, analizando la situación, pues aunque sí hablaba con algunos compañeros de la universidad, nunca había sido lo suficientemente cercana a nadie como para presentarlo a mi familia. Hori había sido el único en entrar a mi habitación hasta ese día. —Como sea, son Julia y Ukko.

—¿Y cuántos años tienen? —respondió Riley con curiosidad. Sabía que en su cabeza ya rondaban decenas de interrogatorios para Julia y Ukko.

—Bueno, en un par de semanas cumpliré 25 —dijo Julia al darse cuenta de que la menor esperaba su respuesta.

—¿Y tú? —preguntó, mientras se acercaba a Ukko. El más alto pareció tensarse. Sin embargo, no se mostró desagradable.

—También tengo 24 —respondió. —¿Tú cuántos años tienes? —cuestionó mirando a Riley—. Apuesto a que ya tienen más de 10 —habló y esta vez desvío su mirada hacia Renly.

—Tenemos 11 —respondió mi hermano y levantó los dedos de ambas manos. Riley se acercó a él y alzó su dedo índice.

—Once —repitió la de overol café. Hasta ese momento me percaté de que iban vestidos iguales. A pesar de que eran mellizos, rara vez optaban por usar ropa similar. Llevaban unas playeras verde claro debajo y botas marrones. —En 97 días cumpliremos doce —explicó.

—Mi hermana tiene esa edad —respondió Ukko pensativo.

—¿Ella vino contigo? —indagó Riley, entusiasmada.

—Ah, no... ella no.

Ukko parecía incómodo y algo me decía que no quería hablar al respecto, así que opté por intervenir.

—Será mejor que salgamos —dije empujando con delicadeza a los mellizos—. Julia debe darse un baño. —Me volteé hacia la de cabello naranja—. Puedes usar cualquier cosa que necesites sin dudarlo. —Ukko, deberíamos ir con mi madre para que te dé algo de ropa —añadí, y este comenzó a caminar hacia la puerta sin decir nada.

—Claro, gracias —escuché decir a Julia, antes de salir de la habitación.

—No corran —ordené al ver cómo los menores bajaban las escaleras apresurados; sin embargo, ninguno de los dos me hizo caso. —¿Estás bien? —no pude evitar preguntar al ver el semblante del mayor.

Ukko me observó a los ojos y después levantó su mano vendada.

—Tengo un hoyo en la mano, un moretón en el ojo y un terrible dolor de cabeza. Jamás había estado mejor —respondió con sarcasmo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.