IVÁN.
En cuanto abrí los ojos, busqué a Hori con la mirada; necesitaba saber que realmente estaba bien. La mitad del camino había estado perdiendo la conciencia y la otra alucinando con su rostro. Con sus ojos y su sonrisa. La forma en que respiraba cuando estábamos tan cerca y la manera en que nuestros labios parecían encajar perfectamente al momento de besarnos. Cada vez me era más evidente lo mucho que me gustaba. Sin embargo, yo aún seguía siendo el mismo de siempre y eso me hacía pensar que jamás podría hacerlo feliz.
Nunca había hecho felices a mis padres.
Nunca había hecho feliz a Julia.
Así que lo más probable era que repitiera el mismo patrón, y Hori no se merecía algo así.
—Iván —la voz de Hori hizo que desviara mis ojos hasta él.
Su rostro ya no estaba cubierto de sangre, pero aun así resaltaban sus heridas. Me sentía culpable por no haber detenido a Barto antes, por permitir que Hori acabara de esa manera.
Quería levantarme y abrazarlo hasta que la preocupación y el cansancio en su rostro desaparecieran, pero eso no sería lo más sensato.
—¿Dónde estamos? —pregunté observando el sitio en el que nos encontrábamos.
—En casa de Reno —respondió Hori.
Casi al instante pude notar la presencia de las dos mujeres en el lugar. Intenté levantarme, pero el dolor en el abdomen me era insoportable. Aun así, la madre de Hori insistió en que permaneciera sentado y se presentó. Parecía alguien amable y, al igual que Hori irradiaba cierta calidez. La madre de Reno tenía una sonrisa encantadora y su voz era muy tranquila. Me era extraño conversar con gente tan acogedora, que casi sentía una urgencia por compensar su amabilidad.
Me sorprendió ver que Ukko también se encontraba ahí. Aún creía que era peligroso y explosivo, pero después de toparnos con Barto, me hacía una idea de lo que había tenido que pasar y entendía la razón de su comportamiento.
—Para tu boca —dijo la madre de Hori, tendiéndome algo de hielo envuelto en un trapo amarillo.
—Gracias —respondí aceptando el objeto y después lo acerqué hasta mi herida. Tuve que reprimir un quejido cuando la tela fría hizo contacto con mi labio.
—¡Julia ya salió!
Dos niños bajaron corriendo las escaleras con rapidez. Aunque eran altos, sus rasgos se veían demasiado infantiles y sus voces eran chillonas.
Julia caminaba tras de ellos. Tenía el cabello húmedo y ropa más limpia y colorida. Cuando vio que estaba despierto, su expresión se relajó y sonrió.
—¡El moribundo despertó! —exclamó el chico y su hermana le dio un codazo en las costillas.
—Renly, Reno dijo que no lo llamaras así —lo reprendió.
—No, no lo hizo —se defendió Renly, con expresión molesta, para después sacarle la lengua a su hermana.
Los observé en silencio, pues no estaba acostumbrado a tratar con niños. No tenía hermanos y mi infancia no había sido la más normal, así que no sabía cómo reaccionar. Si debía sonreír o pedirles que no discutieran o solo limitarme a saludarlos. Sin embargo, la más joven se adelantó.
—Soy Riley, la hermana menor de Reno —dijo y me tendió la mano con entusiasmo.
—Iván Velasco, es un placer conocerte —respondí correspondiendo su gesto.
La niña sonrió y después volvió a retroceder para estar junto a su hermano.
—Iván, le decía a los demás que hace unos días Renly y yo vimos una película y la protagonista...
—Riley —la interrumpió Reno—. Ahora no —pidió y observé a la mayor con curiosidad.
Riley parecía emocionada por platicarme aquello, pero Hori y Reno habían negado con rapidez en cuanto la menor empezó a hablar. Tal vez debían creer que me molestaría el hecho de que la niña me hablara con tanta confianza siendo que acabábamos de conocernos, pero aquello no era así. Yo sabía que a esa edad los niños eran mucho más hiperactivos, y si no fuese por las normas estrictas de mis padres, probablemente también hubiese dejado escapar mi energía de maneras similares cuando era más joven.
—Pero...
Riley estaba por quejarse cuando su madre se acercó a ellos y con delicadeza tomó a ambos niños por uno de sus hombros.
—Necesito ayuda para poner la mesa —dijo la mayor, caminando hacia la que parecía ser la cocina.
—Claro, mamá —dijeron al unísono y parecieron olvidarse del tema anterior.
—Veo que te quedó algo grande —dijo Reno desviando su atención hacia Julia, quien ya estaba más cerca de nosotros.
—No importa —respondió mirando el pantalón café que llevaba—. En realidad es muy cómodo, así que gracias.
—Bueno, es tu turno, Ukko —habló Reno, mirando al de negro, quien continuaba recargado en las escaleras.
Ukko asintió, pero se acercó hasta donde me encontraba, apartó un par de prendas y me tendió el resto de la ropa.
—Creo que esto va más contigo —dijo y tomé las prendas.
—Gracias—respondí y él subió por las escaleras.
—Me alegra que por fin despertaras —Julia se sentó a mi lado. —En serio nos preocupaste —admitió.
—Tranquila —respondí, mientras la observaba.—Ya estaré mejor.
—Supongo que también querrás darte un baño —intervino la madre de Hori.—Aunque dudo que tus heridas te permitan subir las escaleras con facilidad en este momento, lo mejor será que llenemos la tina del baño de abajo con agua caliente —dijo y se paró del sillón donde se encontraba.
—Yo la ayudaré —se ofreció Julia, pero la mayor negó.
—Lo haré yo, ustedes deberían descansar —respondió—. Hori, tendrás que ayudarlo a desvestirse —sugirió su madre y sentí la vergüenza expandirse en mi interior, pero luché porque no se notara.
No pude evitar desviar mi atención hacia el menor, quien también hizo lo mismo y, por un segundo, ambos nos miramos fijamente para después voltearnos con rapidez.
Reno dejó escapar una pequeña risa y Julia se le unió, pero nadie dijo nada.
(...)
Cuando la señora Violet regresó, Hori y Reno me ayudaron a ponerme de pie y me guiaron hasta el baño. Por suerte, no tuve que caminar demasiado. Me gustaba que en el hogar de Reno todo estuviera más cerca y fuera un sitio cálido. A diferencia de mi casa, que, a pesar de estar repleta de cosas, se sentía vacía y fría por lo grande que era. En cuanto estuvimos frente a la puerta, la de cabello café me dio unas suaves palmadas en la espalda antes de alejarse.