HORI.
Había pasado casi una semana desde que llegamos a Dumbra y las cosas transcurrían lo más tranquilamente posible que se podía. Sin embargo, había estado evitando a Iván desde aquella vez en el baño. Sabía que estaba siendo dramático e injusto con él. No podía solo esperar a que, tras despertar, se arrojara a mis brazos y me declarara su amor. Él estaba herido y cansado. Además, no debía dar por sentado que sintiera lo mismo que yo. Tal vez yo me había apresurado. Probablemente, mi error fue no buscar ser primero su amigo. Había muchas cosas que no sabía de él. Sus pasatiempos favoritos, la comida que le gustaba o la música que odiaba. No obstante, para ese momento ya me sentía lo suficientemente avergonzado como para disculparme, aunque era consciente de que tarde o temprano tendría que hacerlo.
Por otro lado, Ukko había decidido quedarse por más tiempo. Era irritantemente amable con mi madre y los padres de Reno, quienes ya lo apreciaban al igual que al resto, y para mi sorpresa y quizás también la de las chicas, parecía ser que Iván era con quien mejor se llevaba. Aunque este continuaba igual de silencioso y distante que siempre. Por suerte, sus heridas habían sanado con rapidez y le costaba mucho menos moverse. El descanso y la comida nos habían ayudado a recuperar las fuerzas, lo que era necesario, pues las provisiones de los Adkins comenzaban a acabarse y pronto nos veríamos obligados a salir por más. Mientras tanto, nos dividíamos las tareas. La limpieza de la casa y la recolección de madera en el bosque ubicado en la parte trasera. Normalmente, eso siempre lo hacía el señor Adkins, pues era algo peligroso, aunque la última vez Ukko y Reno se habían ofrecido a ir con él. También habíamos comenzado a escombrar el ático y el patio trasero, pues la señora Beca y mi madre creían que sería buena idea tener hortalizas.
Julia era quien mejor se adaptaba. Parecía gustarle la cocina; se la pasaba observando a los mayores cuando estos preparaban los alimentos y de vez en cuando ella misma ayudaba con los postres. Siempre sonreía y hasta les había prometido a los mellizos que les daría algunas clases de dibujo, pues habían quedado fascinados cuando les obsequió un dibujo de los padrinos mágicos. Hablar con Julia era relajante, así que de vez en cuando me quedaba con ella y Reno hasta tarde en su habitación conversando de nuestra vida antes del apocalipsis; casi siempre eran historias mías y de Reno, pues a la mayor le parecía emocionante todo lo que hacíamos. Aunque probablemente era porque nos portábamos como unos tontos.
Sin embargo, ese día las cosas cambiaron. Recién habíamos terminado de comer. Aún nos encontrábamos sentados, escuchando la historia de cómo el señor Adkins se había inscrito a clases de arquería solo porque la señora Beca trabajaba como recepcionista en ese club deportivo. El padre de Reno amaba esa historia porque decía que así había conocido a los amores de su vida. Estaba por llegar a la parte donde le declaraba sus sentimientos a la madre de Reno, cuando la casa se sumió en la oscuridad. Los mellizos no pudieron evitar soltar un grito y levantarse de su lugar para acercarse a Ukko e Iván, quienes eran los que estaban más cerca.
Tras casi dos meses de que diera inicio la infección, la luz finalmente se había ido.
—Tal vez sean los fusibles —dijo el señor Adkins con la esperanza de que aquello solo fuera una falla pequeña y no algo a largo plazo como con la señal. —Debería ir a revisar.
—Está muy oscuro, papá, iré contigo —se ofreció Reno.
—Creo que hay un par de velas en la cocina, te daré una para que puedas alumbrar a tu padre —habló la señora Beca—, pero no serán suficientes para toda la casa, así que tendremos que buscar el resto en el sótano.
—Puedo ayudarla con eso si quiere —se ofreció Julia.
—Iré con ella al sótano mientras tú te encargas de la cocina —sugirió mi madre mirando a la señora Beca.
—Mamá, tengo miedo —se quejó Riley y su hermano la tomó de la mano.
—¡Qué chillona eres! —se burló, pero no se apartó de su lado.
—Cállate, Renly, sé que tú también tienes miedo —se defendió la otra.
—Claro que no —debatió Renly.
—Sí, y sabes que lo sé...
—Basta, chicos, no es el momento —habló la señora Beca, buscando en uno de los cajones de la cocina y tendiéndole una caja de cerillos y una larga vela a Reno.
—Pero no quiero estar aquí, mami, me da miedo la oscuridad —insistió Riley. —Horio, llévanos arriba, ahí la luz entra por las ventanas —pidió acercándose a mí y jalando a su hermano.
Era verdad; el segundo piso aún debía estar iluminado por la luz natural.
—Está bien —accedí, pues podía ver en sus rostros que realmente estaban asustados.
—Entonces creo que nos toca recoger la mesa, Iván —dijo Ukko y no pude evitar observarlo con enojo. Sabía que no era su culpa que yo estuviera ignorando a Iván, pero mentiría si dijera que no sentía celos porque cada vez fueran más cercanos.
—De acuerdo —respondió Iván únicamente y empezó a recoger los vasos.
Me sorprendía mucho lo atractivo y elegante que se veía haciendo cualquier cosa. Incluso usando la ropa del señor Lars. Es que nunca imaginé que alguien se vería bien con el extraño traje verde del señor Adkins, pero Iván había destrozado esa suposición, como si la prenda hubiese sido hecha exclusivamente para él.
—Vamos, Horio—insistió Renly y asentí para tomarlos de las manos y dirigirme hacia las escaleras.
Cuando estuvimos en el último escalón, nuestra visión se volvió más clara.
Renly soltó mi mano y se apresuró a abrir la puerta de su cuarto. De inmediato quedaron a la vista las paredes celestes llenas de estrellas neón que brillaban debido a que la luz estaba apagada.
—Mejor vayamos al cuarto de visitas, está más iluminado porque la ventana es más grande —sugirió Riley.
—La ventana no es más grande, solo que en nuestro cuarto el árbol impide que entre la luz, tonta —dijo Renly.