El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO CUARENTA. MANOS DE COLORES.

RENO.

Vivir recluidos a causa de los zombies nos dejaba bastante tiempo libre, y gracias a la ayuda de todos, las tareas pendientes que creíamos que nos llevarían meses se habían completado en apenas unos días. Por lo que, después de varios años, volvía a practicar arqueria junto a mi padre.

Esa mañana era realmente calurosa, como casi todas las demás en Dumbra. Julia dibujaba junto a los mellizos en una especie de guarida que mi padre les había construido. Solo eran algunas tablas, sábanas pintorescas y series de luces que ya no encenderían, pues desde que la luz se había ido, no volvió a regresar.

La guarida contaba con una hamaca, un viejo sillón y varios cojines. Todo ubicado en el patio trasero. Aunque este daba directo al bosque, mi padre había decidido cercarlo años atrás, pues temía que mis hermanos menores pudieran escaparse y perderse en la inmensidad de los árboles. Era una suerte que hubiese tomado esa decisión, pues aunque era más probable ver hordas de zombies en las calles delanteras, no podíamos descartar la opción de que algún infectado rondara en la naturaleza. Por esa razón Hori e Iván revisaban que las tablas aún estuvieran en buenas condiciones. Aunque en realidad era el mayor quien las estudiaba y Hori se dedicaba a parlotear a su lado. Parecía que finalmente habían cedido a la atracción que existía entre ellos, y eso me ponía muy feliz, porque Hori sonreía de forma más constante.

Ukko, por otra parte, se dedicaba a leer en la silla mecedora de mi madre que estaba cerca de la puerta trasera. Parecían gustarle las historias de misterio, y se había tomado la libertad de usar mis gafas moradas con forma de corazón en la cabeza. Rara vez cruzábamos palabra, lo que me hacía creer que aún estaba molesto conmigo por haberle disparado cuando nos conocimos.

(...)

Mi padre soltó la flecha y esta dio en el centro de la diana que estaba colgada en uno de los árboles. En cuanto se movió, me posicioné para imitarlo y mi proyectil se incrustó justo al lado del suyo.

—Siento si te hice creer que ya no tenía interés en pasar tiempo contigo —me disculpé finalmente.

—No tienes porqué disculparte, solo creí que la arquería no te gustaba y que no habías tenido la suficiente confianza para decírmelo. Nunca he querido que te sientas obligada a nada —respondió volviendo a disparar—. Además, sé que la escuela consume la mayor parte de tu tiempo y que debías darle prioridad.

—Es cierto que entrar a la universidad influyó en que dejara de practicar, pero en realidad, la razón principal fue que sentía que no era yo a quién habrías querido enseñar —admití y mi padre volteó a verme sin entender.

—¿Qué quieres decir con eso? —cuestionó confundido.

—Dijiste que siempre habías deseado tener ese tipo de momentos con tu hijo mayor —respondí, recordando la conversación que habíamos tenido minutos antes de confesarle que era trans—. Tal vez para ti no sea lo mismo que se trate de mí y no quería arruinar eso.

Sabía que él no había dicho aquello para herirme, pero no podía evitar pensar que de alguna forma interferí en sus planes.

—Tú eres mi hija mayor, Reno —habló, soltando el arco y poniendo una de sus manos en mi hombro—. Eso nunca ha cambiado, ni el deseo de que confíes en mí para decirme lo que te sucede. Sé que seguirás creciendo y más adelante tendrás tu propia familia, pero siempre serás mi primera hija. Siempre querré protegerte, enseñarte y tener momentos como estos contigo. —dijo y me abrazó con ternura—. Quiero que sepas que tú y tus hermanos son de lo que más me siento orgulloso; no habría forma de que pudieran arruinar nada en mi vida.

Lo miré mientras sentía cómo mis ojos se humedecían y lo abracé con más fuerza.

—Te quiero, papá —solté con sinceridad—. Y... hay algo más que me gustaría contarte. —Mi padre asintió y nos separamos. Sentía un dolor terrible en el pecho de solo recordar lo que había sucedido en la secundaria Da Vinci, pero necesitaba contárselo. —Al hombre que me dio el arco... yo... yo lo asesiné —solté, intentando ignorar el nudo en mi garganta.

Mi papá alzó las cejas con sorpresa, pero mantuvo la calma.

—¿Qué sucedió? —cuestionó con tono angustiado.

—Fue horrible. —Solté. —Varios infectados se fueron contra él, sufría mucho y Hori no quería que lo dejáramos ahí de esa manera, así que disparé una flecha a su cabeza —dije esforzándome para respirar y evitar llorar, pues de hacerlo no podría parar.

La preocupación aumentó en el rostro de mi padre y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lamentó que hayas tenido que pasar por eso, hija —respondió y esta vez fui yo quien lo abrazó.

—Me siento como una persona horrible —confesé, aún aferrada a él.

—No eres una persona horrible, el mundo lo es. Todo lo que está sucediendo nos obliga a hacer cosas que nunca antes pensamos, solo para poder sobrevivir —dijo acariciando mi espalda—. Sé que con el tiempo aprenderás a sobrellevarlo; siempre has sido muy fuerte.

—¿No crees que soy un monstruo? —pregunté asustada y él negó.

—Sé que no lo eres —respondió con seguridad.

(...)

Después de conversar con mi padre, me sentía más relajada, pero también un poco desanimada, por lo que decidí acercarme a Hori e Iván, quienes observaban la pared que estaba cerca de donde Ukko leía. Llegué hasta ellos y sacudí el cabello del más bajo para después abrazarlo por los hombros. De alguna forma, pasar tiempo con Hori siempre lograba reconfortarme.

—¿Qué miran tanto? —cuestioné moviendo mis ojos hasta el punto que observaban. Había dos manos azules y junto a ellas un par de iniciales.

—R.A y H.K. —leyó Iván.

—Reno Adkins y Hori Keppler —expliqué—, las pintamos cuando teníamos como 10 años —dije recordando la ocasión.

—Keppler. —dijo Hori, señalando su espalda, donde resaltaba su apellido sobre el número 26 en la camiseta de basquetbol que había vuelto a usar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.