El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO. FELICES 25.

JULIA.

Durante 24 años y 11 meses me había estado preguntando cuál sería mi propósito en la vida o qué sería aquello capaz de hacerme sentir satisfecha. Había creído que se tratarían de cosas como la fama (que mi galería terminará por ser una de las más reconocidas) o ser la pieza esencial para unir a dos de las familias más importantes. (La encargada de procrear a los nuevos herederos Velasco). Sin embargo, nada de eso resultó cumplirse, y en el fondo no lo lamentaba.

El último mes fue totalmente diferente. No solo por los infectados, que hicieron replantearme el valor de cada momento de mi vida, incluso los que parecían insignificantes, sino también porque empecé a ser genuinamente feliz. Era curioso que el caos estuviera invadiendo la ciudad y los pueblos cercanos, pero aun así me sintiera segura y apreciada junto a la gente que me rodeaba.

Yo era de las personas que creían que, a pesar de las circunstancias, los lazos familiares no podían romperse, así que echaba de menos a mis padres y hermano, pero sabía que ellos estaban lo suficientemente protegidos como para sobrevivir, por lo que no me sentía culpable al darme cuenta de que finalmente había encontrado mi lugar. Ya no me sentía sola. Sabía que por primera vez tenía amigos genuinos y personas que me querían, y el hecho de que todos hubiesen organizado una fiesta sorpresa para mí solo reforzaba esos pensamientos.

—¡Gracias de verdad! —exclamé conmovida después de que Reno, la madre de Hori y la señora Beca terminaran la canción de cumpleaños.

Los demás se encontraban alrededor del comedor observando mi reacción. Aquello era mucho más de lo que esperaba. Lograba entender por qué Riley y Renly me habían retenido por horas en la guarida, y Reno y los chicos se habían negado a que los acompañara a la tienda de conveniencia que estaba a unas cuadras de la casa cuando fueron por más provisiones.

Había un pastel circular decorado con espirales amarillos y chispas de colores que la madre de Reno y la de Hori habían hecho. Algunas estrellas de papel colgaban del techo. Todas eran de diferentes tonos y en algunas de ellas se podía leer "feliz cumpleaños".

—¡Es hora de nuestro regalo! —habló Riley acercándose a mí y abrazándome.—Espero que te guste, Juls.

—Elegimos el más bonito que teníamos —añadió Renly cuando su hermana me entregó un oso de peluche color naranja con un gran moño del mismo tono en el pecho.

—Gracias, pero no tenían que hacerlo, seguro les gustaba mucho —dije observando con cariño el objeto entre mis manos. Tenía un olor dulce. Una mezcla del aromatizante que utilizaba la señora Beca para la ropa y el perfume de fresa de Riley.

—No importa, Renly tiene uno igual, solo que es rojo y le tiró la nariz —explicó la más joven y no pude evitar sonreír.

—Ya es el turno de papá —dijo Renly, mientras tomaba a Riley del brazo para que retrocediera.

El señor Lars asintió y fue hasta la cocina para regresar con un caballete. No pude evitar abrir la boca con sorpresa.

—Lo hice yo, así que no es de muy buena calidad, pero espero que te sirva —explicó el mayor mientras acercaba el objeto hacia mí.

—Señor Lars —solté con emoción—. Es un regalo perfecto, gracias por esto —dije abrazándolo.

—Papá, acabas de hacer que mi regalo luzca miserable —se quejó Reno, mientras me tendía algo parecido a un ramo, solo que en vez de flores tenía plumones de diferentes colores y diseños. —Hori y yo saqueamos la papelería que estaba enfrente de la tienda —me explicó antes de abrazarme.

—Y mira lo que encontré —intervino Hori dándome una pequeña pintura de una vaca con manchas rosadas y anteojos verdes en forma de estrella.

—Muy original —sonreí con sinceridad.

—Supongo que el mío será un poco más sencillo —dijo Ukko y me dio un objeto pequeño envuelto en papel blanco. Cuando lo abrí, pude percatarme de que era un llavero de esponja con forma de zanahoria.

Negué con la cabeza mientras me reía por lo bajo.

—Gracias, Ukko —respondí con honestidad, pues me alegraba mucho que todos hubieran pensado en mí.

Ukko asintió y volvió a alejarse, por lo que Iván quedó a la vista.

—¿Recuerdas cuando teníamos 9 y entramos a una plaza y vimos ese puesto de dulces con las paletas enormes? —habló con tranquilidad, mientras me observaba.

—No recuerdo mucho el lugar, pero sí las paletas —sonreí.

—Tú querías la rosada porque tenía una estampa de unicornio enfrente —me recordó.

—Pero mi madre no me dejo—añadí con nostalgia—, dijo que mis dientes se pudrirían.

Iván levantó finalmente su mano para mostrarme el objeto que había estado escondiendo tras su espalda. Era una gran paleta rosada.

—En tus cumpleaños siempre era mi madre quien elegía los regalos extravagantes, así que hoy quería darte algo especial, aunque puede que tal vez sea pequeño en comparación...

—Es especial —le aseguré y lo abracé.

Aunque la mayoría no podía notarlo, sabía que el hecho de que Iván estuviera hablando más de lo normal frente a otros lo ponía nervioso. Le costaba demasiado expresar sus sentimientos, así que quería que supiera que realmente apreciaba su esfuerzo.

—¡Bien, ahora comamos pastel! —exclamó Reno y los mellizos asintieron entusiasmados.

(...)

Después de una gran cena hecha por la señora Beca y la señora Violet y de que conversáramos bastante sobre la juventud de estas y del señor Lars, la noche finalmente cayó. Los mellizos fueron los primeros en sucumbir al sueño, así que al final su madre subió con ellos a dormir. La siguiente fue la señora Violet, quien recogió algunos trastes y luego se despidió de nosotros; por último, el padre de Reno se paró de su silla y se acercó a uno de los cajones de la sala para sacar una botella de vino.

—Sean adultos responsables —dijo poniendo el objeto en el centro de la mesa—. Y no se duerman tan tarde —añadió despidiéndose para después verificar que todas las puertas estuvieran cerradas y subir a su habitación, dejándonos a los cinco solos.




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