RENO.
La mañana que saldríamos me sentía diferente, como si alguien hubiera sacado todos mis órganos, pero al mismo tiempo algo frío se moviera dentro de mi estómago. Algo que me hacía sentir inquieta. Ni siquiera había podido tocar mi desayuno y, al ver el rostro de mis compañeros, solo podía sentir nerviosismo. Aun así, mi decisión siguió siendo la misma. No permitiría que ninguno me acompañara. A excepción de Ukko, a quien parecía darle igual mis objeciones y quien además había hablado con mi padre hasta convencerlo de ir con nosotros.
—Por favor, regresen a salvo —pidió mi madre, cuando estuvimos por salir. Su rostro estaba más pálido de lo normal y la línea que se formaba entre sus cejas cuando estaba preocupada se veía más profunda.
—Tranquila, mamá —sonreí, intentando calmarla—. Volveremos antes de lo que crees.
—Se los encargó —mi padre observó a Iván y Hori.
—Vayan con cuidado —respondió el mayor tras asentir.
—No se te ocurra traicionarme —soltó Hori, mirándome con expresión enojada. Sin embargo, su voz denotaba preocupación y, cuando lo abracé, se aferró a mí con fuerza.
—Solo serán unas horas —le recordé y él asintió.
—Estamos alargando demasiado esto —intervino Ukko, intentando sonar despreocupado, pero miraba a todos como si quisiera abalanzarse sobre ellos.
—¿Por qué? —¿Otra vez te pondrás sentimental? —cuestioné y me miró con molestia.
—Cuídense mucho, por favor. —Esta vez fue Julia la que habló y me abrazó.
—Claro, Juls —sonreí—. Nos vemos en un rato —respondí y finalmente salimos.
(...)
Aunque las primeras calles estaban bastante tranquilas, todos íbamos atentos para evitar que algún infectado pudiera sorprendernos.
Había llegado a la conclusión de que nunca me acostumbraría al olor a putrefacción en el aire que desprendían las extremidades y trozos de carne esparcidos a lo largo del asfalto y la tierra. La sangre seca era visible en bastantes zonas, sobre todo en las banquetas y las puertas, como evidencia de todo el caos sucedido. Bastantes casas habían sido abandonadas y otras tantas tenían trozos de madera clavados en las ventanas o alambre de púas enredados en las cercas para evitar que otros se acercaran. También había demasiados automóviles en mal estado. Con los parabrisas o ventanas rotas y los asientos desgarrados.
Conforme nos acercábamos al centro del pueblo, los infectados se hacían más constantes, por lo que nos vimos obligados a escondernos mientras avanzábamos. No tenía caso asesinar a todos, pues sus gritos no harían más que atraer una horda y, al final, nuestra vida correría mucho más riesgo.
El silencio a nuestro alrededor era escalofriante. Todo parecía como un set de película de terror. A excepción del cielo, que se veía mucho más despejado.
—Retrocedan —susurró mi padre cuando estábamos a una calle de la zona de supermercados y negocios de Dumbra.
Un grupo grande de zombies se movía en nuestra dirección. Andaban con torpeza, pero todos seguían el mismo camino. Sus ojos inyectados en sangre nos veían fijamente y de sus bocas con dientes amarillentos salían chasquidos y gruñidos. La mayoría de ellos estaban incompletos, sin los brazos y con las tripas de fuera. Incluso muchos tenían que arrastrarse, pues la mitad de sus cuerpos se había desprendido. Era horrible el hecho de que hubiera infectados de todas las edades. Eso me hacía pensar que alguno de mis hermanos o padres también pudieron formar parte de ese horrible ejército.
—Hay que tomar otro camino —dije moviéndome con cautela.
—Por la derecha vienen más —nos advirtió Ukko, señalando a otro grupo de infectados. Debían ser menos de una docena, pero también representaban un peligro.
—Corran por aquí —nos ordenó mi padre, optando por la calle contraria.
En ese lado se encontraba una iglesia y varias oficinas donde se hacían los pagos de servicios. Más zombies nos interceptaron en el camino, así que comenzamos a disparar para abrirnos paso.
Sentía el corazón acelerado. Escuchar el silbido de las flechas y ver cómo se incrustaban en sus cabezas me hacía sentir escalofríos. Sobre todo cuando los infectados eran niños o personas que lucían mayores.
Aunque montones de zombies comenzaron a caer, otros más aparecían. Algunos corrían de forma violenta, intentando abalanzarse sobre nosotros. Lancé un proyectil tras otro, intentando derribar a cuantos muertos me fuera posible.
—Debemos resguardarnos —gritó Ukko, intentando abrir alguno de los negocios, pero estos tenían candado o se encontraban repletos de zombies.
—La iglesia —señalé.
A diferencia de otras ocasiones donde ambas puertas de madera estaban abiertas en su totalidad, en esa ocasión solo una de ellas nos permitía el acceso.
Con dificultad ingresamos al lugar, pero en cuanto llegamos al área donde estaban las bancas, no pude hacer nada más que arrepentirme. Me sentía como una tonta, pues no había considerado que todo el sitio pudiera estar infestado. Lo más escalofriante era que algunos de los infectados aún estaban sentados y, en cuanto notaron nuestra presencia, se levantaron con torpeza para atacarnos. Intentamos salir, pero las puertas ya eran bloqueadas por más zombies.
Estaba demasiado asustada, pero no cedí ante mis emociones y comencé a abatir a los muertos vivientes que se acercaban. Mis manos estaban un tanto temblorosas, así que un par de veces me vi obligada a usar más de una flecha por infectado. Mi padre se movía con rapidez. Su rostro lucía angustiado. Estaba pálido y sudoroso. Sin embargo, la actitud de Ukko era la que más me desconcertaba, pues en todo el día no había disparado ni una sola vez. Al principio creí que era para no atraer más zombies con el ruido, pero incluso cuando la situación lo ameritaba, ninguna bala salía de su pistola. Aun así, movía las bancas intentando hacer retroceder a los zombies y abrirnos un camino hacia el atrio. Sabía que detrás de esa zona había dos puertas; una daba a la oficina del padre, al lugar donde se vestían los monaguillos y al sitio donde se guardaban los objetos que usarían durante las misas, y la otra a un pasillo directamente al estacionamiento. Debíamos llegar hasta ahí si queríamos salir con vida.