El día que llovieron zombies.

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES. AMAPOLAS.

HORI.

Intentar conciliar el sueño la noche previa a que Reno y su padre salieran fue todo un reto. No podía dejar de darle vueltas al asunto. Tenía mucho miedo de lo que pudiera pasarles.

El mundo seguía llevándome la delantera. Cambiando y cambiando, sin dejarme respirar. Para ese punto, estar recluidos ya debía ser algo normal, al igual que ver zombies rondar por las calles y vivir con el miedo constante de convertirme en uno de ellos. Sin embargo, era pésimo adaptándome y el pánico no hacía más que aumentar. Además, aunque me había esforzado, no podia evitar pensar en mi padre y el hecho de que, incluso con todo lo que sucedía, no había venido a buscarnos, aun cuando vivía en el mismo pueblo.

Estar con Iván era lo que me permitía seguir cuerdo, pero al mismo tiempo la inseguridad de que yo no sería suficiente para él se aferraba en mi interior. Aunque al final él siempre encontraba la forma de aliviar ese sentimiento.

Cada noche, Iván solía dormir del lado izquierdo de la cama, junto a la ventana. Su rostro daba hacia las cortinas, lo que me asustaba, pues me daba la sensación de que en algún momento estas podrían abrirse y una cara siniestra aparecería. Sin embargo, él siempre lucía muy tranquilo.

En esa ocasión, pudo darse cuenta de que yo estaba preocupado, pues se volteó hacia mí y me observó con expresión somnolienta. Sin previo aviso estiró los brazos y me atrajo hacia él. Al principio me quedé completamente quieto. Sintiendo el calor que emanaba su cuerpo. Su pecho subía y bajaba con calma. Cerré los ojos y, cuando me sentí más tranquilo, le correspondí el abrazo.

Aunque me había involucrado con muchas personas. Nunca habíamos llegado al punto de dormir de esa manera. Normalmente, solían irse después de cumplir el único propósito que les interesaba. Así que dormir entre los brazos de un chico por primera vez logró evaporar todos los pensamientos negativos en mi interior que rondaban en ese momento.

Por la mañana, Iván aún estaba a mi lado. Normalmente, él era el primero en levantarse, pero aún me rodeaba con sus brazos. Graciosamente, ambos dormíamos hacia la ventana. Yo estaba frente a él, por lo que me abrazaba por la espalda y su rostro descansaba sobre uno de mis hombros. Podía sentir su aliento cálido cerca de mi oído y sus pestañas me hacían cosquillas en el cuello.

Cuando me volteé para ver su rostro, él ya estaba despierto. Sonreí al ver su cabello despeinado y lo despreocupado que parecía usando la playera blanca que Reno le había obsequiado. Después de todo, solo pude pensar que verlo de esa manera cada mañana sería algo a lo que con gusto me acostumbraría. Por algún motivo, en esos instantes me daba la impresión de que solo él y yo existíamos. Como si el mundo decidiera obsequiarme algo así de bueno.

—¿Estás bien? —preguntó sin dejar de observar mi rostro.

—Estoy bien —respondí y me moví para poder besarlo.

—Espera, aún no me lavo los dientes —debatió, pero no me alejó, por lo que decidí ignorarlo y continuar.

—¿Saben lo incómodo que es dormir a solo unos metros de ustedes mientras se dan amor? —se quejó Ukko y gruñí por lo bajo para finalmente separarme de Iván.

Tomé una de las almohadas y la lancé en dirección a donde Ukko aún estaba acostado.

—Cállate —respondí con tono irritado.

Iván se incorporó y se acercó al cajón donde solía poner su reloj. Miró la hora y después lo abrochó en su muñeca.

—Lo mismo digo para ti —soltó Ukko con molestia.

—Son casi las ocho —habló Iván—. Igual ya estabas a punto de levantarte —añadió y Ukko se quitó las cobijas del rostro.

—Siempre eres tan cruel —soltó el de ojos azules con dramatismo y se puso de pie.

(...)

Después de desayunar y despedir al señor Lars y los chicos, la ansiedad volvió a mi pecho. Solo podía desear que regresaran lo antes posible para volver a respirar con tranquilidad.

Hacer las tareas diarias no ayudó a despejar mi mente como yo esperaba. Así que Julia decidió dibujarme y me dediqué a posar para ella. Mientras tanto, la señora Beca les daba clases de matemáticas a los mellizos e Iván ayudaba a mi madre a lavar algunas verduras para la comida.

A veces no podía evitar preguntarme qué pensaba Iván ante el cambio tan drástico al que se enfrentaba. Es que no solo tenía que lidiar con los zombies como el resto, sino que también había pasado de ser atendido en todo momento por su personal a tener que compartir cuarto y lavar papas y zanahorias.

—¿Crees que Iván se arrepiente de esto? —cuestioné, intentando no moverme. Solo estaba sentado de manera despreocupada, pero no quería alterar la posición que Julia me había pedido.

—¿A qué te refieres? —cuestionó Julia echándome un breve vistazo y haciendo nuevos trazos en su hoja.

—Es que yo... no puedo ofrecerle ninguna de las comodidades que antes tenía y no quiero que sea infeliz por eso —expliqué.

La mayor detuvo su mano un momento y después me observó, por lo que bajé la mirada.

—Él no es así de superficial —dijo con calma—. Además, te puedo asegurar que estos últimos días Iván ha sido más feliz que el resto de su vida.—sonrió con sinceridad. Ahora, por favor, vuelve a mirarme.

Asentí avergonzado y seguí su indicación en silencio. Sabía que me decía aquello no solo para hacerme sentir bien, sino porque era quien mejor conocía a Iván, así que no pude evitar sentirme culpable ante mis dudas.

Continuamos un par de minutos de esa manera. Aunque el sol estaba en lo alto, el aire era agradablemente fresco. Julia hacía su dibujo con mucha concentración, pero de vez en cuando me sonreía como si quisiera animarme, aunque yo solo podia enfocarme en el sonido de su lápiz al moverse o en la palabra "Sunny" escrita en su playera verde.

—Hay que tomar un descanso —sugirió después de un rato, mientras se levantaba de la silla y dejaba su cuaderno sobre esta.




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